La casa estaba en silencio cuando la empleada lo encontró.
El pasillo era largo, frío, y la luz tenue de la madrugada hacía que todo pareciera aún más irreal. Omar estaba tendido en el suelo, inmóvil, con el rostro pálido y la respiración casi imperceptible.
—¡Señor Al-Sabah! —gritó la mujer, llevándose las manos a la boca.
El pánico la paralizó por un segundo, pero luego reaccionó.
Sacó el teléfono con manos temblorosas y llamó a emergencias.
—¡Es urgente! El señor Omar Al-Sabah no responde… está en el suelo… por favor, rápido.
Minutos después, la casa se llenó de movimiento.
Paramédicos entrando, voces rápidas, pasos apresurados. El ambiente que normalmente era de lujo y control ahora estaba dominado por la urgencia.
Omar fue estabilizado en el lugar antes de ser trasladado.
Nadie entendía del todo qué había pasado.
Solo sabían una cosa: su estado era delicado.
***
Cuando los abuelos fueron informados, el impacto fue inmediato.
La abuela se llevó una mano al pecho.
—No… esto no puede estar pasando…
El abuelo no dijo nada al principio. Solo tomó su bastón con más fuerza de la habitual, como si necesitara sostenerse a algo más que al objeto.
—Llévennos al hospital —ordenó finalmente.
***
Horas después, Omar estaba en una habitación blanca, rodeado de máquinas que emitían sonidos constantes.
El ambiente era demasiado limpio, demasiado silencioso, demasiado frío.
Había pasado de la oscuridad absoluta a un estado confuso de conciencia.
Abrió los ojos lentamente. Parpadeó varias veces.
—¿Dónde… estoy? —murmuró con voz débil.
Su garganta estaba seca. Su cuerpo pesado.
A su lado, la abuela tomó su mano de inmediato.
—Estás en el hospital, hijo… nos diste un gran susto.
Omar intentó incorporarse, pero el cuerpo no respondió como quería.
La puerta se abrió.
Nassira entró junto a la abuela.
Su rostro no mostraba drama exagerado, pero sí una preocupación contenida, de esas que no necesitan palabras.
—Te desmayaste —dijo ella con firmeza suave—. Los médicos dijeron que estabas completamente agotado.
Omar frunció ligeramente el ceño, como si intentara recordar.
Y entonces… la imagen volvió.
Samyra. El sueño. El dolor en el pecho. La oscuridad.
—No fue nada… —murmuró él.
La abuela apretó su mano.
—No digas eso. Casi nos das un infarto.
Su voz tembló ligeramente.
—Estás vivo de milagro. Esto es culpa de tu obsesión y de Samyra que te abandonó sin piedad —dijo la abuela.
Omar giró el rostro lentamente.
—No fue culpa de Samyra —dijo con voz baja, pero firme.
Nassira lo observó en silencio.
No lo contradijo.
Pero su mirada decía más de lo que sus palabras podían expresar.
—Mi hermano tiene razón, no es culpa de Samyra —respondió finalmente ella.
Omar cerró los ojos un segundo, como si eso le diera alivio.
Pero la tensión no desapareció.
La enfermera entró poco después.
—Necesitamos llevarlo a realizar algunos estudios adicionales.
Omar frunció el ceño.
—¿Qué tipo de estudios?
—Tomografía general —respondió con calma profesional.
El silencio en la habitación cambió, el tono del personal médico era demasiado serio para ignorarlo.

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