Al día siguiente, la tensión en la villa de Mohamed y Nassira era distinta a cualquier otra.
No era el silencio habitual de una casa grande. Era un silencio cargado, como si algo estuviera a punto de romperse en cualquier momento.
Mohamed se encontraba en el despacho, revisando documentos.
En su mesa estaba la decisión que había estado evitando durante días: la prueba de paternidad del bebé de Nayla.
Finalmente lo había aceptado.
No por confianza. No por tranquilidad. Sino porque la duda ya le estaba destruyendo por dentro.
Nassira entró en la habitación sin hacer ruido. Su presencia siempre era discreta, casi cuidadosa, como si aprendiera a no ocupar demasiado espacio en una vida donde ya no se sentía completamente segura.
—¿De verdad lo vas a hacer? —preguntó con calma.
Mohamed levantó la vista.
Había cansancio en sus ojos.
—Es lo mejor para todos —respondió—. Nos dará paz. A ti… no te afectará. Y Nayla podrá estar tranquila también.
La forma en que mencionó a Nayla fue breve, pero suficiente.
Nassira asintió lentamente, sin discutir.
—Si eso te da paz… entonces hazlo.
Mohamed la observó. Había algo en ella que le preocupaba.
No era enojo. Era distancia.
Una distancia emocional que crecía cada día más.
Él intentó acercarse y tomó su mano, pero Nassira la retiró instintivamente.
Ese gesto fue pequeño, pero significativo.
—Nassira… —su voz bajó un tono—. Te siento lejana.
Ella lo miró por un segundo.
—No estoy lejana —respondió—. Solo estoy cansada.
El silencio volvió a instalarse.
Mohamed dudó.
—Dime la verdad… ¿me odias?
Esa pregunta quedó suspendida en el aire.
Nassira lo miró con calma. Y luego negó suavemente.
—No te odio.
Se giró ligeramente, rompiendo el momento.
—¿Cómo sigue Omar?
—Iré a verlo luego de desayunar.
Y salió del despacho.
***
La cocina era su refugio.
Ahí podía respirar sin sentir que todo se derrumbaba.
Mientras preparaba té, intentaba convencerse de que todo estaba bajo control.
Que la prueba de paternidad aclararía las cosas. Que el caos terminaría.
Pero en el fondo… algo no encajaba.
Desde hacía días, Nayla estaba demasiado segura de todo.
Demasiado tranquila.
El sonido de pasos la sacó de sus pensamientos.
No tuvo que girarse para saber quién era, esa mujer entraba a su casa sin pedir permiso, y aunque muchas veces la expulsó, Mohamed le suplicó que fuese comprensiva por el embarazo de Nayla.
—Qué curioso verte tan tranquila… después de todo lo que has hecho —dijo una voz detrás de ella.
Nassira cerró los ojos un segundo antes de girarse.
—No tengo tiempo para provocaciones —respondió con firmeza.
Nayla estaba apoyada en la puerta, con una expresión suave, casi débil. Una de esas expresiones que no parecían peligrosas… pero lo eran.
—No vine a pelear —dijo.
Avanzó lentamente hacia la cocina.
Nassira la observó con desconfianza.
—Habla.
Nayla bajó la mirada hacia el té que estaba preparando.
—Vine a beber un poco de té
Nayla sonrió apenas. Pero no era una sonrisa tranquila, bebió un sorbo del té que Nassira sirvió y ella volvió a servir otra taza para ella.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe