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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 133

En el hospital

El trayecto hasta el hospital había sido un caos.

Mohamed condujo a toda velocidad mientras Nayla lloraba en el asiento trasero, sosteniendo su vientre con ambas manos.

Cada uno de sus gemidos parecía clavarse en la conciencia de Mohamed.

Por primera vez en mucho tiempo, sentía miedo.

Miedo real.

No por Nayla. Por el bebé.

Por la posibilidad de perder a un hijo antes siquiera de verlo nacer.

Cuando llegaron, los médicos la llevaron inmediatamente al área de urgencias obstétricas.

Mohamed tuvo que esperar afuera.

Los minutos se volvieron eternos.

Caminaba de un lado a otro. Recordaba la escena en la cocina.

El té derramado.

Nassira de pie.

Nayla en el suelo.

Y una pregunta que no dejaba de perseguirlo.

¿Por qué?

¿Por qué Nassira haría algo así?

Pero cada vez que intentaba dudar, aparecía la imagen de Nayla sujetando su vientre y llorando.

Las horas parecieron pasar lentamente.

Finalmente, un médico salió de la sala.

—¿Familiar de la paciente?

Mohamed se acercó de inmediato.

—Soy el padre del bebé.

El médico asintió.

—La paciente presentó contracciones uterinas prematuras y un ligero sangrado.

Mohamed sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Mi hijo está bien?

—Por ahora, sí.

Mohamed cerró los ojos unos segundos.

Una parte de la tensión abandonó su cuerpo.

Pero el médico continuó.

—Debemos ser honestos. Encontramos indicios compatibles con la ingesta de una sustancia que pudo estimular las contracciones.

Mohamed levantó la cabeza.

—¿Está diciendo que alguien intentó provocar un aborto?

El médico dudó.

—No puedo afirmarlo con certeza. Necesitamos más análisis. Pero sí podemos decir que hubo algo fuera de lo normal.

Aquellas palabras fueron suficientes.

La duda desapareció.

La rabia ocupó su lugar.

En ese momento la puerta se abrió y Nayla apareció en una silla de ruedas.

Su rostro estaba pálido.

Sus ojos estaban hinchados por el llanto.

Parecía frágil. Indefensa.

—Mohamed... —sollozó.

Él corrió hacia ella.

—¿Cómo te sientes?

Nayla comenzó a llorar nuevamente.

—Lo sabía... ella me odia.

—No hables ahora.

—No... déjame hablar.

Se aferró a su brazo.

—Nassira nunca aceptó este embarazo. Nunca aceptó que tuvieras un hijo conmigo.

—Basta.

—No... debes escucharme.

Sus lágrimas aumentaron.

—Si me odia tanto, entonces repúdiame. Déjame marcharme. Al menos así mi hijo podrá sobrevivir lejos de ella.

Mohamed sintió cómo la sangre hervía en sus venas.

La idea de que alguien pudiera dañar a un niño inocente le resultaba insoportable.

Especialmente porque conocía las dificultades que había atravesado Nayla para quedar embarazada.

Sin embargo...

Una pequeña voz dentro de él seguía preguntando si realmente conocía toda la verdad.

Era una voz débil. Demasiado débil.

Y Nayla lloraba demasiado fuerte.

La madre de Nayla llegó poco después.

Al verla, Mohamed dio un paso atrás.

Necesitaba aire. Necesitaba respuestas.

Y sobre todo... Necesitaba enfrentar a Nassira.

***

Mas tarde

Nassira llevaba horas esperando.

No había podido comer. No había podido sentarse.

No había podido pensar con claridad.

Seguía intentando comprender qué había sucedido.

Ella no había hecho nada.

Nada. Podía ser orgullosa. Podía ser dura.

Podía incluso desear que Nayla desapareciera de sus vidas.

Pero jamás dañaría a un bebé. Jamás.

¿Acaso la gente creía que no temía a Alá?

¿Que no conocía el peso de un pecado semejante?

Cuando escuchó la puerta abrirse, corrió hacia el vestíbulo.

—¡Mohamed!

Sintió alivio al verlo.

—¿Qué pasó? ¿El bebé está bien?

Pero entonces lo vio.

Y comprendió que algo estaba mal.

Muy mal.

Los ojos de Mohamed estaban llenos de una rabia que nunca había visto.

Una rabia oscura. Descontrolada.

—Mohamed...

No terminó la frase.

La bofetada llegó con tanta fuerza que la hizo perder el equilibrio.

El golpe resonó en toda la entrada.

Nassira cayó al suelo.

Por un segundo ni siquiera sintió dolor.

Solo incredulidad.

La habitación giró lentamente.

El mundo parecía distante. Irreal.

Se llevó una mano a la mejilla. Y levantó la vista.

—¿Por qué...? —susurró.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—¿Por qué me hiciste eso?

Mohamed respiraba con dificultad.

—¡Porque intentaste matar a mi hijo!

Aquellas palabras atravesaron el corazón de Nassira.

—¡No!

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