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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 134

Cuando el abuelo y la abuela volvieron a casa, se enteraron en seguida de que algo malo sucedió con Nassira.

Mustafa vio a su nieta, sintió que algo se rompía dentro de él.

Nassira estaba sentada en su casa, temblando. Tenía el rostro hinchado, el labio partido y la nariz cubierta de sangre. Sus ojos estaban rojos por el llanto y el miedo.

Por un momento, el anciano fue incapaz de hablar.

Aquella era la misma niña a la que había cargado en brazos cuando nació.

La misma niña que corría por los jardines de la mansión llamándolo abuelo.

Y ahora estaba allí, golpeada por el hombre que había jurado protegerla.

Una furia fría comenzó a apoderarse de él.

Mohamed había sido expulsado de la residencia sin contemplaciones.

Nadie se había atrevido a detener al abuelo cuando ordenó que lo sacaran de la propiedad.

La abuela, en cambio, caminaba de un lado a otro, nerviosa, incapaz de controlar la ansiedad.

—Esto será terrible... —murmuró llevándose una mano al pecho—. La prensa se enterará. Toda la ciudad hablará de esto. Será el peor de los escándalos.

Mustafa giró lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de indignación.

—¡Ya basta!

La mujer se sobresaltó.

—Mustafa...

—¡Mira a tu nieta!

El anciano señaló a Nassira.

La joven estaba sentada en silencio, sosteniendo una compresa contra su nariz mientras las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.

—¿Crees que en este momento importa lo que digan los demás?

La abuela bajó la mirada.

—Yo no quise decir...

—Nuestra nieta acaba de ser golpeada por su esposo.

Su voz tembló por la rabia.

—¿Y tú preocupación son los rumores?

La mujer sintió vergüenza.

Observó nuevamente a Nassira.

Por primera vez dejó de pensar en los periódicos, en las redes sociales y en las críticas.

Solo vio a una muchacha rota.

Una muchacha que estaba sufriendo.

Los ojos de la abuela comenzaron a llenarse de lágrimas.

Se acercó lentamente.

—Mi niña...

Nassira levantó la mirada.

Aquello fue suficiente para romperle el corazón.

La joven ya no parecía arrogante ni orgullosa.

Parecía una persona completamente derrotada.

—Lo siento, abuela...

—No tienes que disculparte.

La mujer se arrodilló frente a ella.

—Nada de esto es tu culpa.

Nassira cerró los ojos.

Aquellas palabras la hicieron llorar todavía más.

Porque durante mucho tiempo había cometido errores.

Había manipulado. Había mentido. Había hecho sufrir a otras personas.

Pero nada justificaba lo que Mohamed acababa de hacer. Absolutamente nada.

—Vamos al hospital —ordenó el abuelo.

Nadie discutió.

***

Mientras tanto, en el hospital, Omar Al-Sabah acababa de firmar los documentos para recibir el alta médica.

El médico había sido claro. Su condición estaba estable.

Pero estable no significaba curado. Mucho menos significaba que estuviera bien.

Omar observó los papeles sobre la mesa. Su mente estaba lejos de aquella habitación.

Lejos de los medicamentos. Lejos de los diagnósticos.

Pensaba en Samyra. Pensaba en Suiza. Pensaba en la posibilidad de volver a verla.

Era la primera vez en mucho tiempo que sentía una pequeña esperanza.

La puerta se abrió.

El director del hospital entró acompañado por uno de sus asistentes.

—Señor Al-Sabah.

Omar levantó la vista.

—director.

—Tengo noticias.

El hombre sonrió ligeramente.

—He logrado comunicarme con el director del programa oncológico Mundial en Suiza.

Omar se incorporó un poco más.

—¿Y?

—Estará mañana en la ciudad por asuntos médicos.

El corazón de Omar comenzó a latir más rápido.

—¿Mañana?

—Así es.

El director asintió.

—Está dispuesto a reunirse con usted para una entrevista privada.

Por primera vez en días, Omar sintió que podía respirar.

Aquello era exactamente lo que necesitaba.

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