Omar observó cómo Mohamed intentaba liberarse de los guardias.
—¡Suéltenme!
Su voz resonó por el pasillo del hospital.
Estaba descompuesto. La camisa arrugada.
El rostro golpeado. La desesperación reflejada en cada uno de sus movimientos.
Pero nadie sintió compasión por él.
No después de lo que le había hecho a Nassira.
Los guardias de la familia Al-Sabah lo sujetaron con firmeza mientras intentaba resistirse.
—¡Tengo derecho a verla!
—Ya no —respondió Omar con frialdad.
Mohamed lo miró.
—Es mi esposa.
—Por poco tiempo.
Aquellas palabras fueron como una sentencia.
Mohamed palideció.
—Mi hermana jamás volverá contigo.
—¡No puedes decidir eso!
Mohamed abrió la boca para responder.
Pero los guardias ya lo estaban arrastrando hacia la salida.
—¡Nassira!
Su voz terminó perdiéndose por el corredor.
Segundos después desapareció.
El silencio regresó.
Omar soltó un largo suspiro. Sentía una presión insoportable en el pecho.
Y no era únicamente por Mohamed.
Era por todo. Por absolutamente todo.
La enfermedad. Samyra. Nassira. Su familia. Su posible muerte.
De pronto sintió que el peso del mundo entero descansaba sobre sus hombros.
La abuela se acercó.
—¿Estás bien, hijo?
Omar forzó una sonrisa.
—Sí, abuela.
Pero era mentira. Estaba lejos de estar bien.
***
Una hora después, Omar permanecía sentado junto a sus abuelos en una pequeña sala privada del hospital.
La noche había caído sobre Dubái.
A través de las enormes ventanas podían verse los rascacielos iluminados.
La ciudad seguía viva. Como si el sufrimiento de las personas no existiera.
Omar observó las luces en silencio.
Pensaba.
Pensaba demasiado.
No sabía cómo decirles la verdad.
¿Cómo podía mirar a sus abuelos y decirles que tenía cáncer?
¿Cómo podía decirles que quizás le quedaban pocos años?
¿O pocos meses?
Ni siquiera él lo sabía.
Todavía recordaba la expresión del médico cuando le mostró los resultados.
Todavía recordaba la palabra que había cambiado todo.
Cáncer. Aquella palabra seguía persiguiéndolo. A veces todavía le parecía imposible.
Porque él se sentía vivo. Se levantaba.
Trabajaba. Respiraba. Caminaba.
Pero su cuerpo estaba librando una batalla silenciosa.
Una batalla que podría terminar derrotándolo.
Bajó la mirada. Sus manos temblaban ligeramente.
Entonces volvió a pensar en Samyra.
Y una sonrisa triste apareció en sus labios.
Qué extraña era la vida. Durante años había dado por sentado que siempre tendría tiempo.
Tiempo para disculparse. Tiempo para cambiar. Tiempo para amarla correctamente.
Ahora comprendía que el tiempo era lo único que realmente no poseía.
Y la ironía era cruel.
La única esperanza que tenía provenía precisamente del campo médico que Samyra había dedicado años a estudiar.
Era como si el destino estuviera burlándose de él.
O quizás dándole una última oportunidad.
Una oportunidad para sobrevivir. Una oportunidad para encontrarla. Una oportunidad para decirle todo aquello que nunca tuvo el valor de confesar.
Omar cerró los ojos.
—Si voy a morir...
La frase quedó suspendida en su mente. No logró terminarla.
Porque aún no estaba preparado para aceptar esa posibilidad.
Sin embargo, sí tenía algo claro.
Si la muerte realmente estaba acercándose...
Debía dejar todo en orden. Debía proteger a su familia.
Debía asegurarse de que Samyra y su hijo estuvieran a salvo. Debía resolver aquello que llevaba años destruyéndolo.
La voz acelerada de una enfermera interrumpió sus pensamientos.
—¡Señor Al-Sabah!
Omar abrió los ojos. La mujer corría por el pasillo.
Su expresión era de alarma.
—¿Qué sucede?
—La paciente Nassira Al-Sabah...
La abuela se puso de pie inmediatamente.
—¿Qué ocurre con mi nieta?
La enfermera respiró agitadamente.
—Ha desaparecido de su habitación.
El corazón de Omar se detuvo.
—¿Qué?

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