—¡Usted no entiende!
Las lágrimas corrían sin control por el rostro de Nassira.
El viento agitaba su cabello mientras permanecía a pocos pasos del vacío.
—Mi esposo me odia... —sollozó—. Soy una mala persona. No puedo darle hijos a nadie. No sirvo como mujer. ¿Qué valor tengo? ¡No tengo ninguno!
Intentó apartarse. Intentó volver a acercarse a la cornisa.
Pero el médico la sostuvo con firmeza.
No con violencia. No con brusquedad. Simplemente se negó a dejarla caer.
—Mírame.
—No.
—Mírame, por favor.
Nassira negó con la cabeza.
—Déjeme ir.
—No puedo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque mañana podría arrepentirse de esta decisión.
Ella soltó una amarga carcajada.
—No me arrepentiré.
—Eso dicen muchas personas cuando están sufriendo.
Nassira cerró los ojos.
—Estoy cansada.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
Su voz se quebró.
—Usted no sabe lo que es despertar cada mañana sintiéndose insuficiente.
—Quizás no.
—No sabe lo que es ver cómo el hombre que amas elige a otra mujer. No sabe lo que es escuchar que nunca podrás tener hijos.
Las lágrimas seguían cayendo.
—No sabe lo que es sentir que no sirves para nada.
El médico guardó silencio unos segundos. Luego habló.
—Dime tu nombre.
Nassira parpadeó.
—¿Qué?
—Tu nombre.
—Nassira.
El hombre asintió lentamente.
—¿Sabes qué significa?
Ella negó con la cabeza.
—La protectora.
Nassira soltó una risa amarga.
—Qué ironía.
—¿Por qué?
—Porque no pude proteger nada.
Su voz se volvió más baja.
—No protegí mi matrimonio. No protegí a mi familia. Ni siquiera pude protegerme a mí misma.
El médico la observó atentamente.
—Estás confundiendo una derrota con toda tu vida.
—Mi vida es una derrota.
—No. No, Nassira.
Su voz fue firme.
—Tu vida es mucho más grande que el peor momento que estás viviendo.
Ella bajó la mirada.
—No lo creo.
—Entonces déjame preguntarte algo.
—¿Cuántos años tienes?
—veintiséis
—¿Y quieres definir veintiséis años por los últimos meses?
Nassira permaneció en silencio.
—¿Quieres decidir quién eres únicamente por el hombre equivocado del que te enamoraste?
Aquellas palabras la golpearon.
—No es tan simple.
—Nunca lo es.
El médico suavizó el tono.
—Pero tampoco es tan simple como creer que tu valor depende de tu esposo.
Nassira sintió un nudo en la garganta.
—Él era todo para mí.
—Y ese fue el problema.
Ella levantó la vista.
—Ningún ser humano debería convertirse en el centro absoluto de nuestra existencia.
El viento volvió a soplar.
—Solo Alá merece ocupar ese lugar.
Nassira comenzó a llorar otra vez.
—He cometido demasiados errores.
—Has cometido errores.
—Soy una mala persona.
—No.
—Pero...
—Las personas buenas también cometen errores.
La mirada del médico se volvió comprensiva.
—La diferencia está en lo que hacen después.
Nassira sintió que algo se rompía dentro de ella.
—He sido cruel. He sentido envidia. He lastimado personas. ¿por qué me está ayudando? No valgo la pena.
El médico sonrió levemente.
—Porque todavía estás aquí llorando por ello.
Nassira lo miró confundida.
—Las personas verdaderamente malas rara vez sienten culpa.
Aquellas palabras atravesaron directamente su corazón.
—No soy buena.
—Tal vez no hayas sido la mejor versión de ti misma. Pero eso no significa que no puedas convertirte en ella.
Nassira rompió en llanto.
Llevó ambas manos al rostro.
Por primera vez alguien le estaba diciendo la verdad sin juzgarla.
Sin odiarla. Sin humillarla.
—No sé cómo seguir.
—Un día a la vez.
—Tengo miedo.
—Todos tenemos miedo.
El médico dio un paso más cerca.
—Pero no puedes abandonar este mundo sin descubrir para qué te envió Alá.
Las lágrimas siguieron cayendo.
—¿Y si nunca encuentro la respuesta?
—Entonces pasa el resto de tu vida buscándola.
La joven cerró los ojos. Y por primera vez aquella noche dejó de mirar el vacío.
De pronto la puerta de la azotea se abrió violentamente.
—¡Nassira!
La voz de Omar resonó entre el viento.
Nassira giró la cabeza. Su hermano corría hacia ella.
La abuela venía detrás. Llorando. Desesperada.
Omar llegó primero. La abrazó con fuerza.
Como si temiera perderla. Como si todavía no pudiera creer que seguía viva.
—No vuelvas a hacerme esto.
Su voz estaba rota.
—Hermano...

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