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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 138

Al día siguiente, la luz de la mañana entraba suavemente por las ventanas del hospital.

Omar ya no estaba conectado a tantos monitores como la noche anterior.

Su cuerpo seguía débil, pero el médico había sido claro: podía continuar el tratamiento desde casa bajo estricta supervisión.

Aun así, su rostro seguía pálido.

Cansado. Demasiado consciente de todo lo que estaba ocurriendo en su vida al mismo tiempo.

El doctor cerró la carpeta clínica y lo observó con seriedad profesional.

—Está estable, señor Al-Sabah. Pero necesito que entienda algo importante: su enfermedad no espera.

Omar asintió lentamente.

—Lo sé.

El médico respiró hondo antes de continuar.

—El director del programa oncológico en Suiza ha revisado su caso. Está interesado en verlo personalmente. Incluso está dispuesto a asistir a su residencia si es necesario.

Omar levantó la mirada por primera vez con algo parecido a esperanza. Su voz fue firme, aunque cansada.

—Puedo verlo hoy mismo.

El doctor lo observó en silencio unos segundos.

—Está seguro de que quiere verlo tan rápido después de lo ocurrido?

Omar soltó una leve exhalación.

—El tiempo es lo único que no puedo perder.

Hubo una pausa. Una de esas pausas en las que la vida parece pesar más de lo normal.

Finalmente, el médico asintió.

—Entonces lo organizaré.

Cuando el doctor salió, Omar permaneció sentado en la cama unos segundos más.

Miró sus manos.

Eran las mismas manos de siempre.

Pero sentía que su vida ya no le pertenecía del todo.

***

En otro pasillo del hospital, Nassira caminaba lentamente.

Llevaba el cabello recogido de forma sencilla.

Su rostro todavía mostraba rastros de la noche anterior, pero ya no había desesperación en sus ojos.

Había algo distinto.

Algo frágil. Pero más consciente.

Al fondo del corredor, lo vio.

El doctor que la había detenido en la azotea.

El mismo que no la había juzgado. El mismo que no la había dejado caer.

Nassira dudó un segundo antes de acercarse.

—Doctor…

Él levantó la vista y sonrió con calma.

—Nassira. Me alegra verla caminando.

Ella bajó la mirada por un momento.

—Quería agradecerle… por ayer.

Su voz tembló ligeramente.

—Yo… estaba perdida. Pensaba cosas que no eran correctas. Pero usted me detuvo.

El doctor la observó con atención, sin interrumpirla.

—He estado pensando en lo que me dijo —continuó ella—. Sobre el valor de la vida. Sobre que no todo termina en el dolor.

Tragó saliva.

—Y creo que tiene razón.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayó en el colapso de la noche anterior.

Era distinto. Más consciente.

—No voy a morir por amor —dijo finalmente—. No voy a destruirme por alguien que no supo amarme.

El doctor asintió suavemente.

—Me alegra escuchar eso.

Nassira respiró profundo.

—¿Cómo se llama usted?

—Alim Zuhair.

Ella repitió el nombre como si lo guardara en la memoria.

—Doctor Zuhair… gracias. De verdad.

Antes de irse, él le extendió una tarjeta.

—No tiene que hacer esto sola. Una colega mía es psicóloga especializada en trauma emocional. No es un castigo, Nassira. Es una herramienta.

Ella observó la tarjeta en silencio. Esta vez no la rechazó.

Solo la guardó con cuidado.

—Lo pensaré.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso no fue una excusa.

Fue una posibilidad real.

***

Más tarde, Omar y Nassira regresaron a la mansión Al-Sabah.

El silencio del lugar parecía más pesado que de costumbre.

El abuelo Mustafa los esperaba en el despacho principal.

Cuando vio a Omar entrar, su expresión cambió de inmediato.

—Hijo… no deberías haber salido tan pronto del hospital.

Omar negó suavemente.

—Necesitaba estar aquí.

Se sentaron. El aire en la habitación era tenso.

Demasiadas cosas no dichas. Demasiadas verdades esperando salir.

Omar respiró hondo.

—Abuelo… abuela… tenemos que hablar.

La abuela se llevó una mano al pecho.

Algo en su interior ya lo sabía. Algo malo.

Omar no tardó en decirlo.

—Estoy enfermo.

El silencio fue inmediato.

—Cáncer.

La palabra cayó como una piedra.

La abuela se cubrió la boca.

—No…

Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—No, no, no…

Mustafa no habló.

Solo bajó la mirada lentamente. Como si el peso de la noticia lo hubiera envejecido en segundos.

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