Esa misma noche, Omar no pudo dormir.
Por más que cerraba los ojos, el sueño se negaba a llegar.
La mansión estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Un silencio que solo le recordaba una cosa.
Samyra ya no estaba allí.
Se levantó de la silla donde llevaba horas sentado revisando documentos sin realmente leerlos.
Sus pasos lo condujeron de manera inconsciente hasta la habitación que había pertenecido a Samyra.
La puerta seguía exactamente igual.
Durante unos segundos permaneció inmóvil frente a ella.
Después giró el pomo.
Al entrar, sintió que el corazón le dolía.
Todo seguía en orden.
Demasiado orden.
Como si ella simplemente hubiera salido a trabajar y fuera a regresar en cualquier momento.
Pero no iba a volver. Al menos no por él.
Omar caminó lentamente hacia la cama.
Su cama. La cama donde ella durmió y él de forma estúpida, no compartió con ella, ahora moría por hacerlo.
Se sentó en el borde.
Luego se recostó en el lado donde ella solía dormir.
Cerró los ojos. Todavía podía imaginarla allí.
Su cabello oscuro extendido sobre la almohada.
Su respiración tranquila.
Su voz adormilada preguntándole por qué seguía trabajando a esas horas.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
—Te extraño tanto... Samyra.
Su voz se quebró. Giró la cabeza y abrazó la almohada.
El perfume de Samyra prácticamente había desaparecido, pero él seguía aferrándose al recuerdo. Porque era lo único que le quedaba.
Durante tanto tiempo creyó que siempre la tendría.
Pensó que el amor era algo seguro. Algo que nunca desaparecería.
Qué equivocado había estado.
El amor también podía romperse. Podía cansarse. Podía rendirse.
Y él había sido quien lo destruyó.
Se incorporó lentamente. No soportaba seguir allí.
Caminó hasta la ventana.
La inmensa ciudad de Dubái brillaba bajo las luces nocturnas.
Los edificios parecían tocar el cielo.
Miles de personas seguían viviendo sus vidas.
Riendo. Amando. Soñando.
Mientras él sentía que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.
Apoyó una mano contra el cristal.
—¿Cómo llegamos a esto, Samyra?
La pregunta escapó de sus labios en un susurro.
No obtuvo respuesta. Solo silencio. Solo culpa. Solo arrepentimiento.
Solo amor. Un amor que seguía vivo incluso cuando ella había decidido marcharse.
Y quizás precisamente por eso dolía tanto.
***
A la mañana siguiente, Omar estaba listo para partir.
No quiso hacer una despedida grande.
No tenía fuerzas para eso.
Su enfermedad había cambiado demasiadas cosas.
Su perspectiva. Sus prioridades. Su forma de ver la vida.
Por primera vez comprendía que el tiempo no era infinito.
Que podía acabarse. Y que había desperdiciado demasiado.
Su familia acudió a despedirlo.
Los abrazó uno por uno.
Intentando transmitir tranquilidad.
Aunque por dentro estuviera aterrado.
Finalmente se encontró frente a Anur.
Su mejor amigo. Su hermano.
El hombre que había permanecido a su lado incluso en sus peores momentos.
Anur lo observó durante varios segundos.
Sus ojos estaban enrojecidos. Todavía no lograba aceptar la noticia.
Cuando Omar le había confesado que tenía cáncer, el mundo pareció detenerse.
—No puedo creerlo —había dicho Anur aquella noche—. No tú.
Omar simplemente había sonreído con amargura.
Como si él tampoco pudiera creerlo. Ahora ambos se encontraban frente a frente. En silencio.
Hasta que Anur lo abrazó.
Con fuerza. Como si temiera perderlo.
Omar le devolvió el abrazo.
Y durante unos segundos ninguno habló.
—Vas a volver —dijo finalmente Anur.
—Eso espero.
—No.
Anur negó con firmeza.
—Vas a volver.
Omar sonrió.
Aquella era exactamente la clase de respuesta que esperaba de él.
—Mientras tanto, la empresa queda en tus manos.

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