Al día siguiente.
Mohamed permanecía de pie frente a la mansión Al-Sabah.
Todavía no podía creer lo que estaba ocurriendo.
Había llegado temprano, convencido de que todo se resolvería con una conversación.
Después de todo, aquella había sido su casa durante años.
Era el esposo de Nassira.
El yerno de una de las familias más influyentes del país.
Nadie podía impedirle entrar. O al menos eso había creído.
Sin embargo, los enormes portones permanecían cerrados.
Dos guardias custodiaban la entrada.
Sus expresiones eran frías. Indiferentes.
Como si Mohamed fuera un desconocido. Como si jamás hubiera pertenecido a aquel lugar.
—¡Déjenme pasar! —gritó, perdiendo la paciencia—. ¡Soy Mohamed Sahamsi!
Los hombres ni siquiera reaccionaron.
Aquello lo enfureció aún más.
—¡Nassira!
Su voz resonó por toda la propiedad.
—¡Nassira, sal! ¡Tenemos que hablar!
Nadie respondió.
Mohamed apretó los dientes. Sentía cómo la desesperación comenzaba a invadirlo.
Por primera vez desde que todo había ocurrido, comprendió que estaba perdiendo el control.
Y eso lo aterraba.
—¡Nassira!
Volvió a gritar.
Entonces la vio.
Una figura apareció caminando lentamente por el sendero principal de la mansión.
Mohamed sintió alivio.
Durante un instante creyó que todo se arreglaría.
Pero cuando ella se acercó, la sonrisa desapareció de su rostro.
La venda seguía cubriendo parte de su nariz. Las sombras moradas bajo sus ojos todavía eran visibles.
Los hematomas en sus mejillas aún no desaparecían.
La evidencia de lo que él había hecho seguía allí.
Su estómago se contrajo.
Por primera vez sintió vergüenza.
Una vergüenza real.
—Nassira...
Ella se detuvo frente al portón.
La distancia entre ambos era de apenas unos metros.
Y aun así parecía imposible de cruzar.
Mohamed tragó saliva.
—Habibi...
Nassira no respondió.
Aquella ausencia de emoción lo puso nervioso.
Porque estaba acostumbrado a verla llorar.
A verla suplicar. A verla discutir. Pero nunca la había visto tan tranquila. Tan distante.
—Perdóname —dijo rápidamente—. Me arrepiento de lo que hice.
Ella siguió observándolo.
—Estaba fuera de mí.
Mohamed respiró profundamente.
—Lo sé, no debí golpearte.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Pero tú también debes entenderme.
Los ojos de Nassira se oscurecieron.
—¿Entenderte?
—Intentaste matar a mi hijo.
Nassira esbozó una sonrisa amarga. Èl aun creía lo peor de ella, ¿Acaso la conocía?
Ella nunca dañaría a un bebé nonato, porque siempre soñó con ser madre y cuidar a su hijo, pero ahora entendía, Mohamed nunca la conoció realmente.
—Ese niño también va a ser tu hijo —continuó Mohamed—. Si estabas molesta por Nayla, podías hablar conmigo.
Su tono se volvió acusador.
—No actuar como una asesina.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Nassira sintió que algo terminaba de romperse en su interior.
No porque él la hubiera llamado asesina. Sino porque seguía sin comprender. Seguía culpándola a ella.
Seguía justificando sus propios actos. Seguía creyéndose la víctima.
Y entonces lo entendió. Lo entendió todo.
Durante años había pensado que su infelicidad era culpa de otras mujeres. De Samyra. De su hermano, de todos.
De cualquiera que pareciera más amada que ella.
Pero la verdad era mucho más dolorosa.
Había pasado la vida mendigando amor de un hombre incapaz de dárselo.
Había permitido que su valor dependiera de la atención de Mohamed.
Había construido su identidad alrededor de un matrimonio que nunca fue feliz.
Las lágrimas llenaron sus ojos. No por él. Por ella misma. Por la mujer que había sido.
Por todas las veces que se había traicionado para conservar un amor que no existía.
—Alá... —pensó—. Qué equivocada estuve.
Abrió el documento. Comenzó a leer. Una vez. Dos veces. Tres veces.
No podía entenderlo. No quería entenderlo.
Su respiración se aceleró. El mundo pareció girar a su alrededor.
—No...
Volvió a leer el encabezado.
Khula. Solicitud formal de divorcio. No. Eso era imposible.
Nassira jamás haría algo así. Ella siempre regresaba. Siempre lo perdonaba. Siempre cedía. Siempre permanecía a su lado.
—No...
El documento cayó de sus manos.
Dio un paso atrás. Luego otro. Hasta perder el equilibrio.
Cayó de rodillas sobre el pavimento.
—¡No puedes hacerme esto!
Levantó la mirada hacia Nassira.
Desesperado. Furioso. Aterrado.
—¡No puedes divorciarte de mí!
Los ojos de Nassira se llenaron de lágrimas.
Pero no retrocedió. No vaciló. No cambió de opinión.
Aquella era la primera decisión verdaderamente libre que tomaba en años.
—Ya lo hice.
Mohamed sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¡Nassira!
Ella lo observó por última vez. Y en esa mirada no había odio. Solo tristeza. La tristeza de alguien que finalmente acepta una verdad dolorosa.
—Que Alá te conceda la paz que nunca encontraste conmigo.
Después dio media vuelta. Fadia caminó a su lado.
Y ambas atravesaron el portón. Sin mirar atrás.
Mohamed permaneció inmóvil. Solo. Abandonado.
Con los documentos arrugados entre las manos.
Su mente era un caos. No pensaba en el amor. No pensaba en el matrimonio.
No pensaba en los recuerdos compartidos. Pensaba en otra cosa.
En los negocios. En la reputación. En las reuniones. En el prestigio.
En los Al-Sabah.
El horror se apoderó de él.
—Sin Nassira...
Apretó los puños.
—Lo perderé todo.
Y mientras observaba las puertas cerrarse frente a él, todavía era incapaz de comprender que aquello era precisamente la razón por la que la había perdido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...