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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 143

Samyra se quedó completamente inmóvil.

El tiempo pareció detenerse.

Sus ojos se abrieron lentamente mientras observaba al hombre sentado junto a la ventana.

No. No podía ser. Era imposible.

Miles de kilómetros. Meses de distancia.

Lágrimas. Dolor. Recuerdos.

Todo aquello que había intentado enterrar volvió a golpearla de repente.

Omar Al-Sabah. Estaba allí. Frente a ella.

Vivo. Real. Mirándola.

El expediente resbaló ligeramente entre sus dedos.

Mientras tanto, Omar tampoco podía moverse.

Durante meses había imaginado aquel momento.

Había soñado con volver a verla. Con escuchar su voz. Con contemplar nuevamente aquellos ojos que jamás había conseguido olvidar.

Pero la realidad era mucho más intensa. Mucho más cruel. Mucho más hermosa.

Samyra estaba allí.

Y se veía aún más hermosa de lo que recordaba.

Más madura, fuerte y luminosa.

Y entonces sus ojos descendieron hacia el vientre de la mujer.

Su respiración se detuvo. Su corazón dio un vuelco tan fuerte que incluso sintió dolor en el pecho.

Samyra estaba embarazada, no era fantasía, era realidad.

Una mezcla de emociones explotó dentro de él.

Sorpresa. Alegría. Nostalgia. Dolor.

Esperanza y miedo.

Todo al mismo tiempo.

Durante un instante tuvo el impulso de levantarse.

De correr hacia ella. De abrazarla. De decirle cuánto la había extrañado.

Cuánto la amaba. Cuánto lamentaba todo lo que había sucedido.

Pero se obligó a permanecer quieto.

Ya no tenía derecho a eso. No después de todo el daño que le había causado.

No después de haber roto el corazón de la única mujer que había amado de verdad.

—Samyra...

Su voz salió apenas como un susurro.

Ella sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

Aquella voz. Dios.

Había pasado tanto tiempo.

Y aun así la reconocería entre millones.

Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que sintió que le faltaba el aire.

Entonces recordó. La última vez que lo vio.

Los momentos en que creyó que jamás lograría superar aquel amor. Todo regresó de golpe. Como una avalancha.

Como una herida que nunca terminó de cerrar.

—¿Se conocen?

La voz de Lewis rompió el silencio. Pero ninguno respondió.

Samyra ya no podía pensar. No podía respirar. No podía permanecer allí ni un segundo más.

Dio media vuelta. Y salió corriendo.

Prácticamente huyendo.

La puerta se cerró detrás de ella.

Lewis tardó varios segundos en reaccionar.

Miró la puerta. Luego miró a Omar. Y después volvió a mirar la puerta. Confundido.

Jamás había visto a Samyra perder el control.

Nunca. Ni siquiera durante las operaciones más complicadas.

Ni cuando un paciente moría.

Ni cuando alguien la atacaba.

Samyra siempre mantenía la calma. Siempre.

Por eso aquella reacción resultaba tan impactante.

—Yo...

Lewis aclaró su garganta.

—Una disculpa, señor Al-Sabah.

Intentó sonreír.

Las lágrimas nublaban su visión.

Su respiración era irregular. Y su corazón parecía querer escapar de su pecho.

No sabía a dónde iba. Solo necesitaba alejarse.

Alejarse de aquella habitación. Alejarse de Omar. Alejarse de todo.

Finalmente llegó a una terraza exterior.

El aire helado de Zúrich golpeó su rostro con fuerza.

Se apoyó contra una pared. Temblando.

Una mano se aferró al barandal. La otra fue directamente hacia su vientre.

Como si buscara protección. Como si necesitara recordar quién era ahora.

—Omar...

Susurró. Y volvió a llorar.

Porque era él. No una ilusión. No un sueño.

Era Omar.

El hombre que había amado más que a nadie. El hombre que había destruido su corazón.

Y ahora estaba allí. Frente a ella.

Enfermo. Muy enfermo.

Samyra recordó las placas. Los análisis. Los estudios.

Aquellas imágenes aterradoras que había revisado apenas una hora antes.

Sintió un nudo en la garganta. Porque ahora todo tenía un nombre.

Todo tenía un rostro. Todo tenía una historia. Y esa historia era Omar.

—Alá...

Las lágrimas continuaron cayendo. No quería sentir compasión. No quería seguir amándolo.

Pero tampoco podía apagar lo que sentía.

Porque una parte de ella jamás había dejado de amarlo.

Y eso era lo más doloroso de todo.

Se llevó una mano al pecho. Intentando controlar los latidos. Intentando recuperar el aire. Intentando recuperar el control.

Pero era imposible. Porque ahora entendía algo terrible. Si fracasaba como médica... Omar moriría.

Y si lograba salvarlo... Tendría que enfrentar al padre de sus hijos.

Ninguna de las dos opciones parecía soportable. Y por primera vez desde que llegó a Zúrich... Samyra Hassan sintió verdadero miedo de su corazón.

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