—¿Samyra? ¿Estás bien?
La voz de Lewis la alcanzó como si viniera desde muy lejos.
Samyra parpadeó, todavía con la vista nublada. El aire frío del exterior le golpeaba la cara, pero no lograba despejarle el pecho.
Estaba apoyada cerca de la terraza, con los hombros tensos y las manos ligeramente temblorosas.
Se obligó a respirar. Una vez. Dos veces.
Y entonces giró.
—Sí… estoy bien —respondió, aunque su voz no sonó completamente firme.
Lewis la observó con atención. No era una mirada acusadora, sino preocupada. De esas que no exigen explicaciones, pero las reconocen igual.
—¿Lo conoces? ¿Verdad?
El silencio cayó entre ambos.
Samyra bajó la mirada. Sus dedos se cerraron lentamente sobre el borde de su bata. Podía mentir. Podía negarlo. Pero no tenía fuerzas para sostener otra máscara más.
—Sí… lo conozco —admitió al fin, casi en un susurro—. Pero eso no importa. Incluso si lo conozco… aquí solo es un paciente. Uno que tiene que sobrevivir.
Levantó la vista de nuevo. Esta vez, más firme.
—Nada más.
Lewis la observó unos segundos más, como si midiera el peso real de esas palabras.
Luego dio un paso hacia ella y apoyó una mano suave sobre su hombro.
—No tienes que contarme nada si no quieres —dijo con calma—. Pero escúchame bien: sea quien sea, es tu paciente. Y aquí lo más importante es salvar vidas. Yo confío en ti, Samyra. Eres la mejor que tenemos.
Esas palabras no curaron nada.
Pero sí sostuvieron algo dentro de ella que estaba a punto de romperse.
Samyra cerró los ojos un instante.
“Soy una doctora.”
Repitió la frase en su mente como un ancla.
Cuando los abrió, su expresión había cambiado. No completamente fría… pero sí contenida.
—Volveré a verlo —dijo.
Lewis dudó.
—¿Estás segura?
El viento movió suavemente el velo en el cabello de Samyra cuando giró la vista hacia el exterior del hospital.
El cielo estaba gris, pesado, como si cargara una tormenta que no terminaba de caer.
—Sí —respondió al fin—. Lo haré. Soy una profesional.
Lewis no insistió más. Solo asintió lentamente.
—Entonces ve.
Esta vez no la detuvo. Y Samyra caminó sola.
***
El pasillo del hospital parecía más largo de lo normal.
Cada paso era más lento de lo que debía ser. Cada latido, más fuerte. Como si su propio cuerpo intentara sabotearla.
Respiró profundo antes de llegar a la puerta.
Se detuvo. Un segundo. Dos.
Luego empujó.
La puerta se abrió lentamente.
Y allí estaba él. Omar Al-Sabah.
Sentado en la cama, con la espalda ligeramente apoyada, la mirada fija en ella como si no hubiera existido nada más en el mundo durante meses. Como si la hubiera estado esperando desde siempre.
Y entonces… sonrió.
Esa sonrisa. La misma que una vez la desarmó.
—Hola… —dijo él, suave.
Samyra sintió cómo algo dentro de su pecho se tensaba peligrosamente. Pero no bajó la guardia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe