Por un instante, Samyra no pudo moverse.
El mundo pareció detenerse.
Sintió aquellos brazos rodeando su cintura desde atrás y todo su cuerpo se tensó de inmediato. Era como si el tiempo hubiera retrocedido meses.
Como si de pronto volviera a ser aquella mujer que había amado a Omar Al-Sabah con toda el alma.
Pero ya no era esa mujer.
Ahora era la doctora Samyra Hassan.
Y también la madre de dos bebés que crecían dentro de ella.
—Samyra... —la voz de Omar se quebró contra su espalda—. Mi amor...
Aquellas dos palabras atravesaron cada una de sus defensas.
Samyra cerró los ojos con fuerza.
No. No podía permitirse escuchar aquello.
No después de todo lo que había sufrido. No después de las noches llorando sola. No después de reconstruirse pieza por pieza.
—¿Por qué me dejaste? —susurró Omar—. Cometí errores... lo sé. Me equivoqué muchas veces... pero al final te elegí a ti. Siempre te elegí a ti.
Su voz comenzó a temblar.
—No me casé con nadie. Renuncié a todo por ti.
Samyra sintió algo húmedo sobre su hombro.
Y entonces comprendió. Omar estaba llorando.
Omar Al-Sabah. El hombre que siempre había parecido invencible. El hombre que nunca mostraba debilidad frente a nadie.
El hombre que había gobernado empresas enteras con una sola mirada. Estaba llorando.
Aquella revelación la golpeó con fuerza.
Durante tanto tiempo había pensado que Omar era incapaz de quebrarse.
Y sin embargo allí estaba. Desmoronándose.
Llorando contra ella.
Entonces sintió una mano descender lentamente hasta su vientre.
Instintivamente quiso apartarse.
Pero antes de hacerlo... Sintió una pequeña patadita. Y después otra.
Samyra se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron.
Una emoción indescriptible atravesó su pecho.
Los bebés. Sus bebés acababan de reaccionar.
Como si reconocieran aquella presencia. Como si sintieran algo que ella misma no podía explicar.
Durante una fracción de segundo sintió deseos de llorar.
Porque era hermoso. Y doloroso. Demasiado doloroso.
Pero finalmente reunió fuerzas. Se apartó bruscamente.
—¡Omar, no me toques!
Omar soltó el abrazo.
Cuando ella se giró para enfrentarlo, sintió un nudo en la garganta.
Los ojos de Omar estaban completamente rojos.
Las lágrimas descendían libremente por sus mejillas.
No parecía el poderoso empresario que todos conocían.
Parecía simplemente un hombre roto.
—Lo sé —dijo él con voz ronca—. Sé que te perdí.
Bajó la mirada.
—Y me arrepiento todos los días.
Samyra apretó los puños. No podía escuchar aquello.
Porque una parte de ella todavía quería creerle. Y precisamente por eso era peligroso.
—Escúchame, por favor.
—No.
La respuesta salió más suave de lo que pretendía.
—No puedo tener esta conversación.
Omar levantó la cabeza.
—Samyra...
—Aquí soy tu doctora.
Sus ojos se encontraron.
—Y tú eres mi paciente.
El silencio llenó la habitación.
—No puedo mezclar las cosas.
—Pero yo sigo amándote…
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Samyra latiera con fuerza.
Durante un segundo tuvo miedo de que Omar pudiera escucharlo.
—Por favor... —continuó él—. Solo dame una oportunidad para explicarme.
Samyra tragó saliva.
—No.
Dio un paso hacia atrás.
—Ahora mismo necesitas concentrarte en tu tratamiento.
—¿Y tú?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—¿Qué pasa contigo?
Ella apartó la mirada. No respondió.
Porque no tenía respuesta.
La puerta se abrió de golpe.
—¿Todo está bien aquí?
La voz de Lara resonó en la habitación.
Samyra casi sintió alivio. Necesitaba aquella interrupción. Necesitaba escapar.

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