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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 146

En Dubái.

Mohamed estacionó frente al edificio donde vivía Nayla y permaneció varios segundos dentro del automóvil.

No tenía fuerzas para subir. No tenía fuerzas para explicar lo que acababa de ocurrir.

Durante todo el trayecto había intentado convencerse de que existía una solución. Que Nassira se calmaría. Que todo aquello era una discusión más.

Pero en el fondo sabía que no era así.

Esta vez era diferente. Esta vez Nassira había tomado una decisión.

Y parecía irreversible.

Finalmente salió del vehículo y entró al edificio.

Cuando Nayla abrió la puerta, una enorme sonrisa apareció en su rostro.

Corrió hacia él con aparente entusiasmo.

—¡Habibi!

Intentó abrazarlo.

—El médico me dio de alta esta mañana. Tu madre me trajo a casa. Pensé que vendrías al hospital.

Mohamed apenas reaccionó.

Su rostro estaba demasiado serio. Demasiado pálido.

Nayla percibió inmediatamente que algo iba mal.

—¿Qué ocurre?

Mohamed la observó.

—Necesito que me digas la verdad.

La sonrisa de Nayla vaciló.

—¿Qué verdad?

—¿Nassira te dio un abortivo?

El corazón de Nayla dio un salto. Por fuera fingió sorpresa.

Por dentro sintió miedo.

—¿Acaso no te explicó todo el médico?

Mohamed se pasó una mano por el cabello. Parecía agotado.

—Lo explicó.

La miró fijamente.

—Pero necesito escucharlo de ti.

Nayla bajó la mirada. No respondió.

Aquello fue suficiente.

Mohamed soltó una amarga carcajada.

—Dios mío...

Retrocedió varios pasos.

—¿Qué pasa? —preguntó Nayla.

Entonces llegó el golpe.

—Nassira me pidió el divorcio.

El silencio llenó el departamento.

Nayla abrió los ojos con aparente sorpresa. Por dentro, sin embargo, sintió una satisfacción oscura.

"Bien." "Muy bien."

"Que sufra."

"Omar me destruyó."

"Nassira me humilló."

"Si yo no soy feliz, ellos tampoco lo serán."

Pero ocultó aquellos pensamientos.

Corrió hacia Mohamed y tomó sus manos.

—Lo siento mucho.

Mohamed soltó una risa amarga.

—No lo sientes.

Nayla quedó inmóvil. Por un momento creyó que él había descubierto todo.

Pero Mohamed negó con la cabeza.

—Nadie lo siente.

Se dejó caer sobre el sofá.

—Ni siquiera yo sé cómo llegamos a esto.

Por primera vez Nayla lo vio verdaderamente derrotado.

No parecía el hombre seguro que siempre había conocido. Parecía alguien que acababa de perder algo importante.

Entonces llamaron a la puerta.

Ambos se sobresaltaron. Era casi las ocho de la noche.

—¿Quién puede ser a esta hora?

Mohamed caminó hasta la entrada y abrió.

Un hombre de traje oscuro permanecía al otro lado.

—¿Señor Mohamed Sahamsi?

—Sí.

El hombre le entregó un sobre.

—Queda usted legalmente notificado.

Y se marchó sin añadir una sola palabra.

Mohamed frunció el ceño. Abrió el documento.

Comenzó a leer. Su rostro perdió todo color.

—No...

Nayla sintió una punzada de inquietud.

—¿Qué ocurre?

Mohamed volvió a leer. Luego una tercera vez.

Como si esperara encontrar un error. Pero no lo encontró.

—No puede ser.

—Mohamed, ¿qué ocurre?

Él levantó la vista.

—Van a desalojarte.

—¿Qué?

—Este penthouse debe quedar desocupado.

—¿Qué estás diciendo?

Nayla sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso es imposible.

Mohamed levantó el documento.

—La orden ya fue emitida.

—¡No!

Nayla comenzó a ponerse nerviosa.

—¡No pueden hacer eso!

Mohamed tomó su teléfono. Marcó un número.

Esperó. Una vez. Dos veces. Tres veces.

Finalmente, alguien respondió.

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