—¿Son dos?
La voz de Omar sonó llena de asombro.
Durante unos segundos olvidó el hospital.
Olvidó el cáncer. Olvidó el dolor.
Solo podía mirar el vientre de Samyra.
Una sonrisa sincera apareció lentamente en su rostro. Una sonrisa que ella no había visto en mucho tiempo.
—Alá... qué gran fortuna.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Dos hijos...
Samyra sintió que las mejillas le ardían. Aquella reacción la tomó desprevenida. No había esperado verlo tan feliz. No había esperado verlo actuar como un padre.
Por un momento recordó al hombre que había amado.
Al hombre que hablaba durante horas sobre el deber, mientras ella soñaba con ser la madre de sus hijos.
Pero obligó a su corazón a endurecerse.
—No eres el padre.
La sonrisa de Omar vaciló.
Sin embargo, no desapareció por completo. Dio un paso hacia ella.
—Son mis hijos.
—No.
—Lo son.
Su voz estaba cargada de dolor.
—Samyra, no puedes negármelo.
Ella apartó la mirada. Porque no podía soportar verlo así.
Porque una parte de ella no podía negarlo. Y precisamente por eso era peligroso.
—Por favor...
La voz de Omar se quebró.
—Te fallé. Lo sé. Cometí errores. Pero no me castigues de esta manera.
El corazón de Samyra tembló.
Durante un instante tuvo miedo de llorar.
Pero respiró profundo. Necesitaba recordar quién era. Necesitaba recordar por qué había sobrevivido.
—Omar.
Volvió a mirarlo.
—Si realmente quieres reparar algo... Concéntrate en recuperarte. Eso me ayudará mucho más como doctora.
Los ojos de Omar se llenaron de tristeza.
Ella dio media vuelta. Y se marchó. Sin mirar atrás.
***
Omar permaneció inmóvil en medio del pasillo.
Durante varios segundos no pudo reaccionar.
Luego bajó la mirada. Y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Dos bebés...
Cerró los ojos.
Una felicidad iluminó su rostro pálido.
—Gracias, Alá.
Por primera vez desde que recibió el diagnóstico, sintió algo parecido a la esperanza.
Porque ahora tenía una razón para luchar. O más bien tres razones, sus dos hijos y Samyra.
***
Esa noche.
Samyra regresó a su departamento.
Intentó leer. Intentó trabajar. Intentó descansar.
No consiguió ninguna de las tres cosas.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Omar.
Su mirada. Sus lágrimas. Su sonrisa cuando descubrió que serían gemelos.
Era insoportable. Se encontraba sentada en el sofá cuando llamaron a la puerta.
Al abrir encontró a Elise.
Su amiga sostenía una bolsa de papel.
—Traje pan recién horneado.
Samyra sonrió débilmente.
—Gracias.
Entraron. Prepararon té. Intentaron conversar sobre cualquier tema.
Pero Elise notó rápidamente que algo no estaba bien.
—Samyra.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
—Te conozco.
El silencio llenó la habitación.
—Algo te está destruyendo por dentro.
Samyra bajó la mirada.
Durante meses había guardado aquel secreto.
Había huido. Había fingido. Había intentado seguir adelante. Pero estaba cansada. Demasiado cansada.
—No puedo más.
Elise guardó silencio. Esperando.
—El nuevo paciente.
Tomó aire.
—Omar Al-Sabah.
Los ojos de Elise se abrieron.
—¿Qué ocurre con él?
Samyra tragó saliva.
—Es mi exesposo.
Elise quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Y sí.

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