—Gracias, profesor Duncan, pero le aseguro que mi vida personal no va a interferir con mi vida profesional.
Samyra sostuvo su mirada durante unos segundos más. Su voz había sido firme, tranquila, completamente profesional.
Después se dio media vuelta y salió de la oficina.
Al abrir la puerta encontró a Elise en el pasillo.
La joven levantó la vista y le dedicó una sonrisa amable.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien —respondió Samyra.
Le devolvió una pequeña sonrisa antes de alejarse por el corredor.
Elise la observó marcharse.
Entonces sintió una presencia detrás de ella.
Su sonrisa desapareció. Aníbal Duncan seguía allí.
Y la estaba observando.
Los ojos del hombre eran fríos. Demasiado fríos.
Elise sintió un escalofrío.
Aníbal dio un paso hacia ella.
—¿Qué escuchaste?
La joven se puso rígida.
—¿Escuchar qué?
—No juegues conmigo.
Elise tragó saliva.
Intentó aparentar tranquilidad mientras se acercaba al dispensador de agua.
Tomó un vaso. Lo llenó.
—No escuché nada.
Aníbal la observó en silencio.
Sabía perfectamente cuando alguien mentía. Y Elise estaba mintiendo.
Pero aquello no era lo que realmente le importaba.
Lo que le importaba era otra cosa.
Algo que llevaba demasiado tiempo guardándose.
—No te metas con Samyra.
Elise levantó la vista.
—¿Perdón?
—No la odies por lo que yo siento por ella.
El corazón de Elise dio un vuelco.
Por un instante sintió que el aire desaparecía.
Intentó sonreír. Intentó fingir.
—Profesor Duncan, no entiendo de qué está hablando.
Aníbal soltó una breve risa amarga.
Quería verla sufrir. Así como él había sufrido. Durante años por ella.
—Claro que lo entiendes.
Elise sintió que sus dedos temblaban alrededor del vaso.
—No...
—Estoy enamorado de Samyra.
Las palabras cayeron como una sentencia.
Elise sintió que algo se rompía dentro de ella. Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar. Aquello dolía. Mucho más de lo que quería admitir.
Pero no iba a permitir que él lo viera. No le daría esa satisfacción.
Así que sonrió. Una sonrisa falsa. Dolorosa.
—Entiendo.
Aníbal no apartó los ojos de ella.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que diga?
—No lo sé.
Elise tomó aire.
—Si la amas... buena suerte con eso.
Intentó rodearlo para marcharse.
Pero Aníbal se interpuso. Sus ojos se encontraron.
Y por primera vez Elise vio algo oscuro en ellos. Algo herido.
—¿A ti nada te duele? —preguntó él.
Elise sintió un nudo en la garganta.
Porque sí le dolía. Le dolía demasiado.
Pero no pensaba demostrárselo. Jamás. Lo esquivó rápidamente.
Y se alejó antes de que él pudiera ver el brillo de las lágrimas que amenazaban con aparecer en sus ojos.
***
Mientras tanto, Samyra caminaba por los pasillos del hospital.
Su corazón latía con fuerza. Intentaba mantener la calma. Intentaba concentrarse en su trabajo.
Pero sabía perfectamente quién la esperaba detrás de aquella puerta.
Omar Al-Sabah. Respiró profundamente.
La recepcionista levantó la vista.
—El señor Al-Sabah ya está esperándola.
Samyra asintió. Se acomodó la bata médica. Y finalmente entró, su pierna que cojeaba dolió esta vez por el frío.
Al instante lo vio. Sentado frente al escritorio.
Estaba pálido, pero, aun así, cuando la vio aparecer, sus ojos se iluminaron.
Y sonrió.
Aquella sonrisa hizo que algo se removiera dentro de ella.
—Hola —dijo Omar suavemente.
Samyra intentó mantener la compostura.
—Hola, Omar.
Tomó asiento frente a él.
Abrió la carpeta médica. Y comenzó a hablar del tratamiento.
Porque era más fácil hablar de medicina que de sentimientos.
—Hemos revisado nuevamente tus estudios.
Omar la observaba atentamente.
—¿Y?
—El tratamiento es experimental, pero ha mostrado resultados positivos en varios pacientes.
—¿Cuántos?
—Diez.
—¿Y de verdad crees que puede funcionar conmigo?
Samyra levantó la mirada. Lo observó directamente.
—Sí.
Por primera vez en semanas no estaba mintiendo. Realmente creía que existía una posibilidad.
Omar sonrió levemente. Pero después bajó la vista.
Y su expresión cambió.
—Samyra...
—¿Sí?
—Si no funciona...
Ella sintió el miedo antes incluso de escuchar la pregunta.

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