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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 150

Por la noche, Samyra terminó de arreglarse frente al espejo.

Acomodó cuidadosamente su velo y observó su reflejo durante unos segundos.

La jornada había sido larga. Su mente seguía atrapada en la conversación que había tenido con Omar.

Todavía podía escuchar sus palabras.

"Te amo."

Cerró los ojos un instante. Su corazón volvió a acelerarse.

No quería pensar en ello. No esa noche.

Respiró profundamente y salió de la casa.

Al llegar al exterior encontró a Elise esperándola junto al automóvil.

—¿Lista? —preguntó Samyra con una pequeña sonrisa.

—Claro.

Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención.

Elise no parecía ella misma. Habitualmente era alegre. Conversadora. Incluso cuando estaba cansada.

Pero aquella noche lucía distante. Callada.

Como si cargara un peso demasiado grande sobre sus hombros.

Subieron al vehículo.

Durante varios minutos reinó el silencio.

Samyra observó discretamente a su amiga.

Notó sus ojos ligeramente enrojecidos. Notó sus respuestas cortas.

Y sobre todo notó aquella tristeza que intentaba ocultar.

Cuando llegaron frente al bar donde se celebraría el cumpleaños del doctor Mayer, Samyra ya no pudo ignorarlo más.

Apagó el motor. Giró hacia ella.

—Elise.

La joven levantó la vista.

—¿Sí?

—Te siento extraña desde que salimos de casa.

Elise intentó sonreír.

—Estoy bien.

—No.

Samyra negó suavemente.

—No estás bien.

Guardó silencio unos segundos.

—Dime la verdad.

¿Qué sucede?

Elise bajó la mirada. Sus dedos se entrelazaron nerviosamente sobre su regazo.

Parecía debatirse entre hablar o callar.

Finalmente suspiró.

—No tiene nada que ver contigo.

—Entonces dime.

—Es sobre mí.

Samyra permaneció en silencio. Esperando.

—Aníbal me dijo algo hoy.

Samyra frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué ocurrió?

Elise sintió un nudo en la garganta. Las palabras parecían quemarle por dentro.

—Me confesó que está enamorado de ti.

Samyra quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Eso mismo.

Durante unos segundos no supo qué responder.

La noticia la había tomado por sorpresa.

—Elise...

—No te preocupes.

Intentó sonreír. Pero la sonrisa se rompió antes de terminar de formarse.

—Es normal.

Samyra la observó confundida.

—¿Normal?

—Claro. Eres hermosa. Inteligente. Amable. Valiente. Cualquier hombre podría enamorarse de ti.

Samyra negó inmediatamente.

—No digas eso.

Elise la miró.

—¿Por qué?

—Porque no es verdad.

Instintivamente observó su pierna.

Luego las cicatrices que aún permanecían visibles en uno de sus brazos.

—Mírame bien. Tengo una cojera. Tengo cicatrices. No soy la mujer que todos creen. Quizá Aníbal solo intenta hacerte daño. Quizá quiere lastimarte por el pasado.

Elise negó lentamente.

Una lágrima apareció en sus ojos.

—Eres hermosa, Samyra, tienes que creerlo. Yo conozco a Aníbal. Sé cuándo miente. Y hoy no estaba mintiendo.

Aquellas palabras hicieron que Samyra guardara silencio.

Elise tragó saliva.

Y finalmente dijo aquello que llevaba demasiado tiempo ocultando.

—Lo peor es que me dolió. Mucho.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Porque, aunque intente negarlo... Aunque intente convencerme de que ya pasó... Todavía lo amo.

La confesión quedó suspendida entre ambas.

Samyra sintió una profunda compasión.

La celebración terminó cerca de la medianoche.

Muchos comenzaron a retirarse.

Samyra decidió salir antes.

Elise había ido al baño.

Así que la esperaría en el estacionamiento.

La noche era fresca. El viento movía suavemente su velo.

Pensaba en Omar. En sus palabras. En la esperanza que había visto en sus ojos.

—Samyra.

La voz la hizo girar. Aníbal Duncan caminaba hacia ella.

Había bebido. No estaba completamente ebrio. Pero ella podía notarlo.

—Profesor Duncan.

—No me llames así.

Samyra se tensó ligeramente.

—¿Qué sucede?

Aníbal se detuvo frente a ella. Durante unos segundos pareció luchar consigo mismo.

Como si intentara decidir si debía hablar o marcharse.

Finalmente tomó aire.

—He intentado ignorarlo.

Samyra sintió que algo no iba bien.

—Profesor...

—He intentado convencerme de que eres solo una colega. Solo una amiga. Solo una médica brillante. Pero ya no puedo seguir mintiéndome.

Samyra quedó inmóvil.

Aníbal tomó suavemente una de sus manos.

—Aníbal...

—Déjame terminar.

Su voz sonó vulnerable. Completamente distinta a la del hombre seguro que todos conocían.

—Me gustas. Mucho más de lo que debería. Y no importa cuánto lo intente. No puedo dejar de pensar en ti.

Samyra sintió que el corazón se le aceleraba.

No por amor. Sino por sorpresa. Por incomodidad. Por miedo a herirlo.

—Yo...

—No te estoy pidiendo una respuesta ahora. Solo necesitaba decirlo.

Sus ojos se encontraron. Y por un instante ninguno habló.

Lo que ninguno de los dos sabía era que no estaban solos.

A unos metros de distancia. Oculta entre varios vehículos.

Lara sostenía su teléfono móvil. Su sonrisa era fría. Calculadora.

La cámara grababa absolutamente todo.

Cada palabra. Cada mirada. Cada segundo.

Y mientras observaba la escena, supo exactamente cómo utilizar aquella grabación. Para destruir a Samyra.

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