Lara escapó del estacionamiento antes de que alguien pudiera verla.
Su corazón latía con fuerza mientras observaba el video que acababa de grabar.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
La confesión de Aníbal. La cercanía entre él y Samyra.
La forma en que le había tomado la mano.
Todo estaba ahí.
Quizá la conversación completa no se escuchaba con claridad, pero las imágenes eran suficientes para despertar rumores.
Y Lara sabía perfectamente cómo utilizar los rumores para destruir vidas.
Guardó el teléfono en su bolso y se marchó.
Mientras tanto, en el estacionamiento, Samyra había dado varios pasos hacia atrás.
Todavía estaba impactada por la confesión de Aníbal.
Nunca imaginó que aquello sucedería. Nunca.
Aníbal permanecía inmóvil frente a ella.
Por primera vez en muchos años, el prestigioso médico parecía vulnerable.
Humano. Como un hombre que acababa de dejar expuesto su corazón.
Samyra tragó saliva. No quería herirlo. Lo respetaba demasiado.
Pero tampoco podía darle falsas esperanzas.
—Lo siento... —dijo con suavidad.
Aníbal no apartó la mirada.
—Samyra...
Ella negó lentamente.
—Profesor... Aníbal... no puedo.
El hombre bajó la vista unos segundos.
—¿No puedes o no quieres?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Samyra sintió una opresión en el pecho.
—Ambas cosas.
Aníbal soltó una pequeña risa amarga.
—Al menos eres sincera.
—Siempre intento serlo.
Se hizo un breve silencio.
El ruido distante de los autos parecía llenar el vacío entre ellos.
—No siento lo mismo —continuó Samyra—. Y si debo ser completamente honesta... tampoco quiero iniciar una relación con nadie.
Aníbal permaneció callado.
Pero ella pudo ver el dolor atravesando sus ojos.
—¿Es por tu exesposo?
Samyra sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Aníbal...
—Necesito saberlo.
Ella guardó silencio. Porque no quería mentir. Y tampoco quería decir demasiado.
—Sí.
La respuesta fue apenas un susurro.
Pero él la escuchó perfectamente.
—Aún lo amas.
Samyra cerró los ojos unos segundos.
Aníbal desvió la mirada.
Aquello dolía más de lo que esperaba. Mucho más.
—¿O es por algo por lo que alguien te dijo? —preguntó finalmente—. ¿Tal vez Elise?
—No, no sé cómo explicar lo que siento. Pero sí. Todavía hay algo en mi corazón que pertenece a Omar.
Samyra lo miró sorprendida.
—Sobre Elise, ella sigue siendo mi amiga.
Aníbal frunció ligeramente el ceño.
—No la conoces como crees.
Samyra observó su expresión.
El resentimiento seguía ahí. Intacto. Como una herida que jamás terminó de cerrar.
—Quizá no conozco toda su historia. Pero sí conozco a la mujer que veo hoy.
Aníbal permaneció en silencio.
—Y sé que es una buena persona.
—Te equivocas.
—No.
La voz de Samyra fue firme.
—Creo que es usted quien no puede dejar atrás el pasado.
Aquellas palabras golpearon a Aníbal. Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.
—También sé que una vez la amaste.
El médico quedó inmóvil. Samyra continuó:
—Y creo que una parte de ti sigue herida.
Los ojos de Aníbal reflejaron sorpresa. Nadie había dicho aquello en voz alta. Nadie.
Porque era verdad. Una verdad que llevaba años negando.
Samyra respiró profundamente.
—Lo siento si esto te causa dolor. Nunca fue mi intención. Te admiro. Te respeto. Eres uno de los mejores médicos que he conocido. Pero no puedo darte algo que no siento.
Aníbal cerró los ojos. Por un instante pareció más cansado que nunca.
—Entiendo.
—Gracias.
Ella le dedicó una pequeña sonrisa triste.
Luego dio media vuelta. Y se alejó.
Aníbal permaneció allí.
Observando cómo desaparecía.
Sintiendo cómo se alejaba una posibilidad que jamás volvería a tener.
***
Minutos después, Samyra encontró a Elise cerca de la salida.
—¿Todo bien?
—Sí.
Mintió. Y ambas subieron al automóvil.
Durante el trayecto, Samyra terminó contándole lo sucedido.
No quería ocultarle nada.
Cuando terminó, Elise sintió una presión dolorosa en el pecho.
—¿De verdad lo rechazaste?
Samyra asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Samyra sonrió débilmente.
—Porque no siento nada por él como hombre. Lo admiro. Lo respeto. Es brillante. Pero eso es todo.
Elise bajó la mirada.
—Duncan quiere expulsarla del proyecto.
—¿Qué?
Samyra sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—No puede hacerlo.
—Parece que sí. Y está decidido.
***
Horas después.
Elise llegó al hospital con su hija dormida en brazos.
Ya era casi mediodía. La fiebre finalmente había desaparecido. Pero ella lucía agotada.
Tenía ojeras. Los ojos hinchados. Y el corazón lleno de miedo.
Había escuchado los rumores. Sabía lo que estaba ocurriendo.
No podía perder aquella oportunidad. Aquel proyecto significaba todo para ella.
Era su sueño. Su futuro.
La prueba de que podía reconstruir su vida. Respiró profundamente.
Y entró en la oficina de Aníbal Duncan.
Él levantó la vista.
Y al verla, algo se endureció en su interior.
Después vio a la bebé. Y la herida volvió a abrirse.
Una voz cruel susurró en su mente:
"Esa niña pudo haber sido nuestra hija."
Apretó la mandíbula. Intentando contener emociones contradictorias.
Rabia. Dolor. Amor. Resentimiento. Todo mezclado.
—Señor Duncan...
La voz de Elise tembló.
—Mi hija estuvo enferma. No pude venir antes. Lo siento.
Aníbal se levantó lentamente.
—No me importa.
Elise palideció.
—Profesor...
—Las reglas son para todos.
—Por favor.
—No.
—Este proyecto también es mi sueño.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Elise.
—No me lo quite.
Aníbal giró el rostro.
Porque verla así despertaba sentimientos que ya no sabía controlar.
—Lo perdiste.
El silencio cayó entre ambos. Pesado. Doloroso.
Entonces Elise apretó con fuerza a su hija. Y reunió todo el valor que le quedaba.
—Lo haces por venganza.
Aníbal se tensó.
—¿Qué dijiste?
—Si vas a destruir mi carrera, mírame a los ojos y admítelo.
Elise levantó la barbilla. Por primera vez sin miedo.
—No seas cobarde.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...