—¿Qué has dicho? —la voz de Anibal se endureció, pero Elise no retrocedió.
Aníbal la observaba como si estuviera evaluando algo que ya había decidido desechar. La habitación estaba en silencio, y la tensión que parecía ocupar cada rincón.
—Digo la verdad —respondió Elise, firme a pesar del nudo en la garganta—. Esto lo haces por venganza.
El gesto de Aníbal se endureció.
—Debes irte de aquí.
Elise dio un paso adelante, negándose a aceptar la sentencia.
—¡No lo haré hasta que me escuches! —su voz se quebró, pero no se apagó—. Por favor… no me expulses. Este también es mi sueño. No estoy aquí por capricho.
El aire pareció hacerse más pesado.
Elise tragó saliva, obligándose a no romperse del todo.
—Mi hija estaba enferma… cuarenta grados de fiebre. Pudo morir. Tuve que llevarla de urgencia al hospital pediátrico. Tengo la evidencia. No podía dejarla sola. Ninguna madre en mi lugar lo habría hecho diferente.
Por un segundo, su voz se suavizó, no por debilidad, sino por el dolor acumulado.
—Necesitaba salvarla… no podía abandonarla.
Aníbal soltó una risa breve, sin humor.
—Ese es tu problema, Elise. Tú elegiste ser una madre soltera. Ni siquiera pudiste construir una familia como corresponde. Eso es lo que pasa con mujeres como tú.
Elise se quedó inmóvil. Las palabras no solo la golpearon: la atravesaron.
—No… no vuelvas a hablarme así —susurró primero, y luego elevó la voz—. ¡No tienes derecho!
Pero el daño ya estaba hecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas que intentó contener sin éxito.
Aníbal no apartó la mirada.
—La decisión está tomada.
Elise cerró los puños, intentando sostener su dignidad entre el dolor y la rabia.
—Es mi primera falta —dijo, más bajo ahora—. Te pido que lo consideres. Dame otra oportunidad. No volveré a fallarte. No volveré a fallarle a este trabajo.
El silencio que siguió fue aún más cruel que las palabras anteriores.
Entonces, un sonido pequeño rompió la tensión.
Desde los brazos de Elise, la pequeña Adara abrió los ojos con curiosidad. Sus pestañas se movieron lentamente, como si despertara de un sueño profundo. Miró el rostro de su madre primero, y luego giró la cabeza hacia Aníbal.
Sus ojos eran enormes, claros, demasiado vivos para alguien tan pequeño.
Balbuceó algo incomprensible, y después levantó sus bracitos con la espontaneidad pura de la infancia.
—Pa… pa… pa…
El gesto fue natural. Instintivo.
Como si lo reconociera.
Elise se quedó helada. Aníbal también.
El aire cambió de forma inmediata.
La niña insistió, moviendo sus manos pequeñas hacia él, pidiendo ser cargada sin entender la presión invisible que acababa de caer sobre la habitación.
Aníbal dio un paso inconsciente hacia atrás… pero sus ojos no se apartaron de ella.
Era imposible no verla.
Cabello rubio, piel suave, la misma expresión dulce que había conocido en Elise años atrás. Incluso el gesto, esa ternura inocente, le apretó el pecho de una manera que no esperaba.
Pero lo que lo destruyó no fue la ternura.
Fue la certeza. Esa niña era demasiado parecida a Elise, demasiado suya.
El recuerdo de cuando amó a Elise se le clavó como una herida antigua que nunca cerró del todo.
La amó. Y ahora esa niña era la prueba viva de todo lo que había salido mal entre ellos.
Aníbal apretó la mandíbula.
—Llévate a tu hija de aquí, Elise —dijo finalmente, con una frialdad forzada—. Vete. Pensaré si mereces otra oportunidad laboral.
Elise no respondió. No porque no tuviera palabras, sino porque ya no le quedaban fuerzas para pelear contra esa pared.
Ajustó a Adara contra su pecho, protegiéndola del ambiente hostil que no podía comprender, y dio media vuelta.
Sus pasos fueron lentos, pesados, como si cada uno le arrancara algo por dentro.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el sonido resonó demasiado fuerte en el silencio.
Aníbal se quedó solo.
Y por primera vez en mucho tiempo, la máscara se le cayó.
Soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.
Sus manos se apoyaron en el borde del escritorio.
—¿Por qué…? —murmuró, casi para sí mismo—. ¿Por qué no puedo olvidarte, Elise?
Cerró los ojos.
La imagen de ella llorando seguía ahí, clavada en su mente.
—Eres como una droga… incluso ahora. Debería odiarte… debería borrarte… pero no puedo.
—Sí… incluso vi un video. Él le está declarando algo.
El nombre de Samyra le atravesó el pecho como una descarga.
Omar giró bruscamente.
—¿Qué has dicho? —su voz fue firme, peligrosa.
Las enfermeras se callaron de inmediato.
—Señor Al-Sabah… no queríamos…
Pero ya era tarde. Omar se acercó, tomó el teléfono de una de ellas sin pedir permiso.
—Enséñamelo.
El video estaba ahí. Aníbal. Samyra. Una escena mal interpretada, pero suficiente para encender algo dentro de él.
Sus ojos se endurecieron. El pulso se aceleró.
Y algo dentro de su pecho se rompió en silencio.
Le devolvió el teléfono sin decir nada. Pero al girarse, el mundo ya no se sentía estable.
“Él la ama…”
El pensamiento lo golpeó con violencia.
“No… la va a alejar de mí…”
La respiración comenzó a fallarle. Primero leve. Luego más rápida. Más descontrolada.
Omar intentó inhalar profundo, pero el aire no entraba como debía.
—Señor Al-Sabah… ¿se encuentra bien? —la voz de una enfermera sonaba lejana.
Su visión se fragmentó. El pecho le ardía. Y de pronto, el cuerpo cedió.
Comenzó a toser con fuerza. Un sabor metálico llenó su boca. Sangre.
—¡Código de emergencia! —gritó alguien.
Las voces se multiplicaron. Luces. Movimiento. Caos.
Pero Omar ya no escuchaba bien.
Solo una idea, persistente, dolorosa, repitiéndose en su mente mientras todo se apagaba lentamente:
“Estoy perdiéndola…”
Y entonces, el mundo se volvió oscuro.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...