Entrar Via

Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 154

—¿Tienes pruebas, Samyra?

Lara la observó con aparente tranquilidad.

—Soy inocente. Jamás haría algo así.

Samyra sintió hervir la sangre.

Aún tenía el teléfono en la mano. La pantalla seguía mostrando aquel horrible video que se había propagado por las redes sociales como un incendio imposible de detener.

Miles de reproducciones. Miles de comentarios. Miles de personas juzgándola.

Años de estudio. Años de sacrificio. Años construyendo una reputación impecable.

Todo reducido a una mentira.

A una humillación pública. A una acusación repugnante.

La acusaban de haber conseguido su puesto gracias a una relación con el doctor Duncan.

La acusaban de ser una amante.

De no tener mérito propio. De ser una fraude.

Samyra apretó los dientes.

—Mientes.

Lara levantó una ceja.

—¿Perdón?

—Estoy segura de que fuiste tú.

—¿Y cómo puedes estar tan segura?

Samyra la miró fijamente.

—Porque te conozco.

Durante un instante, algo oscuro cruzó los ojos de Lara.

Pero desapareció tan rápido que cualquiera habría pensado que lo imaginó.

—Eso no es una prueba.

—No.

Samyra sonrió con rabia.

—Pero espero que puedas vivir con tu conciencia cuando todo esto salga a la luz.

Lara soltó una pequeña risa.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes.

Samyra dio un paso hacia ella.

—Puedes inventar lo que quieras sobre mí. Puedes intentar destruir mi carrera. Puedes hacer correr todos los rumores que quieras.

La voz de Samyra se endureció.

—Pero jamás será verdad

Lara cruzó los brazos.

—Qué discurso tan bonito.

—Y tú jamás podrás convertir tus mentiras en verdad, así como nunca lograrás ser una mejor doctora.

Lara sonrió.

Una sonrisa venenosa.

—Eso está por verse.

Samyra la observó.

—Recuerda que no hay nada que se oculte de Alá.

Aquella frase sonó como una amenaza.

Sin decir una sola palabra más, Samyra dio media vuelta y se alejó.

Podía sentir la mirada de Lara clavada en su espalda.

Pero ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo.

Solo quería volver junto a Omar.

***

La noche cayó lentamente sobre el hospital.

Las luces de la ciudad brillaban al otro lado de las ventanas.

Los pasillos se volvieron más silenciosos.

Los visitantes se marcharon. Los médicos cambiaron turnos.

Y Samyra permaneció allí.

Junto a la cama de Omar.

Sin moverse. Sin querer irse.

Lo observaba dormir.

Escuchaba el sonido constante del monitor cardíaco.

Cada pitido le recordaba que seguía vivo. Que seguía respirando.

Que todavía estaba allí.

Horas antes había estado a punto de perderlo.

Y aquel pensamiento seguía persiguiéndola.

Se levantó. Tomó el termómetro.

Comprobó su temperatura.

Normal. Revisó los medicamentos. Volvió a comprobar el monitor.

Después acomodó la manta sobre su cuerpo.

No era necesario. Pero necesitaba hacer algo. Cualquier cosa.

Porque quedarse sentada significaba pensar.

Y pensar significaba recordar el momento en que escuchó aquellas palabras.

Paro respiratorio. Omar Al-Sabah. Código de emergencia.

Samyra cerró los ojos.

Todavía podía sentir el terror.

El pánico. La desesperación.

Se sentó nuevamente junto a la cama.

Observó el rostro de Omar.

Incluso enfermo seguía siendo el hombre que había amado durante años.

El hombre que había roto su corazón. El hombre que había roto su promesa de amor.

El hombre que la había hecho llorar incontables veces.

Y aun así...

Cuando creyó que podía morir... Nada de eso importó.

Porque el dolor de perderlo había sido mucho peor.

Samyra apoyó suavemente una mano sobre la suya.

—Eres un idiota, Omar —susurró.

Su voz se quebró.

—Pero todavía no estoy preparada para verte morir.

Las lágrimas aparecieron nuevamente. Esta vez no intentó detenerlas.

Permaneció allí durante horas.

Vigilándolo. Protegiéndolo. Esperando.

Hasta que el cansancio finalmente venció.

Se acomodó en el pequeño sofá de la habitación.

Y cerró los ojos.

***

El amanecer llegó lentamente.

Los primeros rayos de sol atravesaron la ventana.

La habitación permanecía silenciosa.

Omar abrió los ojos. Todo estaba borroso.

Le costaba respirar. Le costaba pensar.

Sentía el cuerpo pesado. Débil. Confundido.

—No me importa si tu corazón pertenece a alguien más.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Yo te amaré por los dos.

Samyra sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Porque aquella no era la voz del hombre orgulloso que conocía. Era la voz de un hombre asustado. De un hombre que temía perderlo todo.

—Samyra...

Él apretó suavemente sus dedos.

—Te amo.

Ella cerró los ojos durante un instante.

Luego volvió a mirarlo.

—Es verdad que Duncan se declaró.

La expresión de Omar se tensó.

—Pero lo rechacé.

Una chispa de esperanza apareció en sus ojos.

—No lo rechacé por ti.

Omar guardó silencio.

—Lo rechacé por mí.

La habitación quedó en silencio.

—No soy una mujer que pueda dejar de amar de un día para otro.

Su voz tembló.

—Y tampoco soy una mujer que pueda sanar tan rápido.

Omar bajó la mirada.

Samyra continuó.

—Todavía hay heridas dentro de mí. Heridas que tú dejaste.

El hombre cerró los ojos.

Como si aquellas palabras le dolieran. Porque era verdad.

—No sé cómo reparar todo lo que se rompió dentro de mí.

Omar tomó su mano y besó suavemente su dorso.

—Déjame intentarlo.

Ella lo observó.

—Déjame reconquistarte.

Samyra sintió que el corazón se estremecía.

Pero también vio algo más. Su debilidad. Su enfermedad. Su fragilidad.

Y comprendió que nada de aquello importaría si él no sobrevivía.

—¿Reconquistarme?

Omar asintió.

—Sí.

Samyra acarició suavemente su cabello.

—Entonces primero recupera tu salud.

Los ojos de Omar brillaron.

—Samyra...

—Si algún día quieres recuperar una parte de mi amor... tendrás que luchar por vivir.

Omar sonrió. Una sonrisa pequeña. Sincera.

Llena de esperanza.

—Lo haré.

Apretó su mano.

—Lo juro.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe