—¡¿Qué pruebas tiene, Samyra?! ¡Yo no hice nada!
La voz de Lara resonó por toda la sala.
Su rostro había perdido color.
Por primera vez desde que comenzó aquella campaña de difamación, parecía verdaderamente asustada.
Samyra la observó sin apartar la mirada.
Ya no sentía rabia. Ni frustración.
Ni siquiera deseos de discutir. Sentía algo mucho más peligroso.
Determinación.
Durante demasiado tiempo había permitido que otros decidieran quién era. Habían hablado a sus espaldas.
Habían difundido mentiras.
Habían cuestionado su talento.
Su esfuerzo. Su carrera.
Y todo porque alguien había decidido destruirla.
Pero aquello terminaba hoy.
—¿Pruebas? —preguntó Samyra con calma.
Lara tragó saliva.
—Sí.
Samyra sonrió ligeramente.
—La prueba está en su teléfono laboral.
El silencio se apoderó de la sala.
Lara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué?
—También está respaldada en la nube del hospital.
Los ojos de Lara se abrieron. Por primera vez comprendió que estaba atrapada.
Había sido cuidadosa. O al menos eso creía.
Había borrado mensajes. Eliminado archivos. Desaparecido conversaciones. Pero olvidó algo. Todo sistema deja huellas.
Y Samyra era mucho más inteligente de lo que Lara había imaginado.
—Eso es mentira.
—No lo es.
Arnold Mayer observó a ambas mujeres. Luego dirigió la mirada hacia Lara.
—Doctora Ross.
Lara sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Director...
—Entrégueme su teléfono.
—Yo...
—Ahora.
La voz de Arnold fue severa.
Autoritaria. La voz de un hombre acostumbrado a tomar decisiones.
Lara apretó el móvil entre sus manos.
Su mente trabajaba desesperadamente.
Necesitaba una salida. Una excusa. Algo.
—Director, esto es absurdo.
—¿Se niega?
—Yo...
Arnold la observó fijamente.
—Si continúa negándose, solicitaré formalmente una revisión informática inmediata.
Aquello fue suficiente.
Lara comprendió que había perdido.
Temblando, entregó el teléfono.
Toda la sala permaneció en silencio mientras Arnold comenzaba a revisar la información.
Pasaron unos segundos. Luego un minuto. Después otro.
El rostro del director se endureció. Cada vez más.
Hasta que finalmente levantó la vista. Y miró directamente a Lara.
—Fue usted.
Lara sintió que las piernas le fallaban.
—Director...
—Usted grabó el video.
La mujer comenzó a llorar.
—No...
—Manipuló imágenes.
Difundió contenido privado. Utilizó recursos institucionales. Intentó destruir la reputación de una compañera y un directivo.
La voz de Arnold se volvió más fría.
—Y además intentó ocultarlo.
Lara retrocedió.
—Director, puedo explicarlo.
—La escucho.
Pero Lara no tenía explicación. Solo tenía odio. Celos. Resentimiento.
Y ninguna de esas cosas sonaba razonable cuando se decía en voz alta.
—Yo...
No pudo terminar. Arnold cerró el teléfono.
—La investigación disciplinaria comenzará de inmediato.
El rostro de Lara se volvió blanco.
—Director, por favor...
—Puede retirarse.
—Director...
—Ahora.
Lara comenzó a llorar.
Pero esta vez nadie sintió lástima.
Ni Lewis. Ni Elise. Ni Phillip. Ni siquiera Aníbal.
Porque todos habían visto el daño que había provocado.
Lara giró lentamente.
Pero antes de salir dirigió una mirada hacia Samyra. Una mirada llena de odio. De resentimiento. De promesas silenciosas.
Samyra sostuvo aquella mirada sin apartarse. Ya no le tenía miedo.
Lara finalmente salió. La puerta se cerró.
Y el ambiente pareció volverse más ligero.
**
Arnold guardó silencio durante unos segundos.
Luego dirigió su atención hacia Samyra.
Su expresión era mucho más suave.
—Doctora Hassan.
Samyra levantó la vista.
—Sí, director.
—Después de revisar todo lo ocurrido, no considero que haya cometido ninguna falta relacionada con el doctor Duncan.
Samyra sintió cierto alivio.
—Gracias.
—Sin embargo...
Aquella palabra bastó para tensar nuevamente el ambiente.
—Existe otro asunto.
Samyra ya sabía cuál era. Miró brevemente la mesa.
—El señor Omar Al-Sabah.
Arnold asintió.
—Exactamente.
La sala volvió a quedar en silencio.
—Comprendo perfectamente sus circunstancias personales. Comprendo la situación médica del paciente. Comprendo también la complejidad emocional involucrada.
Samyra bajó la mirada.
Porque sabía lo que venía. Y dolía. Mucho.
—Pero existe un conflicto de intereses evidente.
Nadie discutió. Ni siquiera ella. Porque era verdad.

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