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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 157

El beso no fue suave ni pedido. Fue una irrupción, un impulso desesperado que rompió cualquier barrera entre ellos.

Aníbal la tomó sin esperar respuesta, como si durante años hubiera contenido una verdad que ya no podía seguir negando.

Durante un instante, Elise no reaccionó.

Su mente se quedó suspendida entre la resistencia y el recuerdo.

Sus labios, traicionándola por un segundo, correspondieron con una suavidad involuntaria, como si su cuerpo recordara antes que su razón. El mundo alrededor desapareció. No había hospital, no había pasado reciente, no había orgullo ni heridas abiertas. Solo ese fragmento suspendido de lo que alguna vez fueron.

Un amor que había existido. Un amor que ya no tenía derecho a existir.

Pero la lucidez regresó como un golpe frío.

Elise abrió los ojos de golpe, como si despertara de algo peligroso.

Lo empujó con fuerza, separándolo de ella con una violencia que hablaba más de dolor que de rabia. Y sin darle tiempo a reaccionar, su mano cayó sobre su rostro en una bofetada seca que resonó en el aire.

Aníbal apenas giró el rostro. El impacto le ardía en la piel, pero no tanto como el rechazo.

El silencio entre ambos se volvió denso.

—Doctor Duncan… —la voz de Elise tembló, pero no cedió—. Compórtese. No vuelva a tratarme así.

Él tardó un segundo en mirarla.

Cuando lo hizo, ya no había sorpresa en sus ojos, sino algo más peligroso: una mezcla de orgullo herido y rabia contenida.

Sus pupilas estaban enrojecidas, no solo por el golpe, sino por lo que acababa de perder otra vez.

La cercanía. La ilusión. Ella.

Aníbal apretó los puños.

—¿Así? —repitió con una risa amarga—. ¿Así te molesta que te toque, Elise? ¿O solo cuando soy yo?

Dio un paso hacia ella.

—Dime algo… —su voz bajó, pero se volvió más cortante—. ¿Quién es el padre de tu hija? ¿Eh? ¿Ese hombre sí puede besarte sin que lo empujes?

Elise sintió que el aire le faltaba.

—No mezcle mi vida personal con esto.

Pero él no se detuvo.

—Claro que lo mezclo. Porque a él no lo empujas. A él no lo golpeas. —Su mirada se endureció—. Lo dejaste entrar en tu vida… ¿o te abandonó primero?

La palabra “abandonó” cayó como veneno en el pecho de Elise.

—¡Basta! —su voz finalmente se quebró—. Usted no tiene derecho a hablar de eso.

Aníbal soltó una risa corta, sin humor.

—¿Derecho? Elise, tú me traicionaste a mí… y aun así sigues defendiendo a otro hombre como si fuera santo. ¿Qué eres entonces? ¿Lealtad o mentira?

Cada palabra era una herida abriéndose.

Elise dio un paso atrás, como si el aire entre ellos se volviera tóxico.

—Lo nuestro terminó hace mucho tiempo —dijo con frialdad forzada—. Supérelo, doctor Duncan.

Se giró antes de que su voz la traicionara por completo.

Y salió del lugar sin mirar atrás.

No vio que, a pocos metros, Phillip había estado allí todo el tiempo.

Escondido. Observando. Inmóvil.

Su rostro no mostraba sorpresa, sino algo más oscuro que iba creciendo lentamente en su mirada: una rabia contenida, silenciosa, peligrosa.

Cuando Elise desapareció por el pasillo, Phillip apretó la mandíbula.

Y no dijo nada. Pero ya había visto demasiado.

***

Samyra caminó hacia la habitación de Omar con el peso de una decisión que no era realmente suya.

Aunque Phillip había asumido el cargo de doctor líder, le había permitido a ella entrar primero.

No como protocolo médico, sino como un gesto humano. Sabía lo que esa noticia significaba para ambos.

Cuando abrió la puerta, el sonido de los monitores fue lo primero que la recibió.

Omar estaba despierto. Y sonriendo.

Una sonrisa débil, pero genuina, como si verla a ella fuera suficiente para mantenerlo anclado a la realidad.

—Samyra… —susurró con una ternura que dolía.

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