Phillip dio un paso más hacia él.
La distancia entre ambos desapareció casi por completo, dejando solo un espacio mínimo cargado de tensión. El silencio de la calle nocturna parecía haberse espesado, como si el aire también estuviera esperando lo que iba a suceder.
—Tiene que ver con Elise —dijo Phillip, esta vez sin suavizar nada—. Porque la estás rompiendo… y porque yo la quiero.
Aníbal no reaccionó de inmediato.
Solo lo miró.
Pero su expresión cambió lentamente. Primero fue sorpresa leve, luego algo más oscuro. Un reconocimiento incómodo que se transformó en una tensión contenida detrás de los ojos.
El nombre de Elise siempre tenía ese efecto en él. Aunque no lo admitiera.
Phillip sostuvo su mirada, firme, aunque por dentro todo le ardía.
—La vi hoy —continuó—. La vi contigo. Vi cómo la besaste a la fuerza… y cómo después la humillaste. No voy a quedarme callado.
Aníbal soltó una breve exhalación, casi una risa sin humor.
—¿Y viniste a darme lecciones? —preguntó con calma peligrosa—. ¿O a protegerla?
Phillip no retrocedió.
—Vine a advertirte.
El viento cruzó entre ellos, moviendo ligeramente el borde de la chaqueta de Aníbal. Aun así, ninguno se movió.
La tensión ya no era verbal. Era física.
Aníbal inclinó un poco la cabeza.
—¿Advertirme de qué exactamente?
Phillip tardó un segundo. No porque no supiera qué decir, sino porque estaba conteniéndose.
—De que no pienso quedarme mirando cómo la lastimas otra vez.
Un silencio corto.
Demasiado corto para ser paz.
—¿“Otra vez”? —repitió Aníbal, y esta vez su voz fue más baja—. Interesante elección de palabras.
Phillip lo sostuvo.
—No juegues conmigo.
Aníbal dio un paso mínimo hacia él, lo suficiente para marcar territorio.
—No estoy jugando, chico.
La palabra “chico” cayó como una provocación deliberada.
Phillip apretó la mandíbula.
—Yo la quiero —dijo con más firmeza, esta vez sin esconderlo—. Y aunque ella no me corresponda, no voy a permitir que la sigas destruyendo.
Aníbal sonrió apenas. Una sonrisa fría.
—¿Tú la quieres? —repitió—. ¿Y crees que eso te da derecho a enfrentarme?
Phillip dio un paso más.
—Me da el derecho de protegerla.
El silencio se volvió más denso.
Entonces Aníbal cambió.
La calma desapareció, pero no explotó. Se volvió más afilado.
—¿Protegerla? —murmuró—. Hijo… Elise no es alguien que necesite salvación. Es alguien que arrastra a cualquiera que intente acercarse.
Phillip frunció el ceño.
—No hable así de ella.
Aníbal lo observó un segundo largo.
Luego, como si decidiera algo, soltó la verdad sin suavizarla.
—Iba a casarse conmigo.
Phillip se quedó inmóvil.
—Pero me dejó —continuó Aníbal—. Por otro hombre. Un amante al que incluso le dio una hija… no es tan limpia como crees.
El aire pareció detenerse.
Phillip negó lentamente.
—Está mintiendo.
Aníbal lo miró con una frialdad absoluta.
—Entonces pregúntale tú mismo.
Ese fue el golpe final.
Phillip lo sostuvo unos segundos, respirando más fuerte, con la rabia creciendo sin dirección.
Luego retrocedió un paso. No dijo nada más.
Se dio la vuelta y se fue.
Aníbal se quedó quieto, mirando cómo desaparecía en la oscuridad.

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