Elise retrocedió un paso. Sentía que el aire abandonaba sus pulmones mientras las palabras de Phillip seguían resonando en su cabeza.
—¿Quién... quién te dijo eso?
Su voz apenas fue un susurro.
Phillip no apartó la mirada de ella. Sus ojos reflejaban rabia, impotencia y un profundo dolor.
—El propio Aníbal.
Elise abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué...?
—Lo enfrenté. Lo vi obligarte a besarlo, vi cómo te humilló con esas crueles palabras. No podía quedarme de brazos cruzados.
Ella sintió que las lágrimas comenzaban a nublarle la vista.
—Phillip...
—Le exigí que dejara de lastimarte.
Elise negó una y otra vez.
—No... no debiste hacerlo.
—¿Cómo podía quedarme callado?
—¡Porque no valgo la pena!
El grito salió cargado de desesperación.
Phillip dio un paso hacia ella.
—No vuelvas a decir eso.
Ella bajó la cabeza, avergonzada.
—No debiste enfrentarte a alguien como él por mi culpa. Es poderoso... puede destruirte.
—No me importa.
—¡A mí sí!
Su voz se quebró.
—No debes arriesgar tu carrera. No debes perder tu trabajo por alguien como yo.
Phillip tomó ambas manos de Elise antes de que ella pudiera apartarse.
—Escúchame bien.
Ella evitó levantar la mirada.
—Para mí eres importante.
Elise sintió un nudo en la garganta.
—Mucho más importante de lo que imaginas.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Phillip acarició con delicadeza sus manos temblorosas.
—No me importa lo que Aníbal piense de ti.
Ella cerró los ojos.
—No me importa lo que haya dicho.
Las lágrimas continuaban cayendo.
—Quiero escuchar tu verdad.
Elise sintió que el pecho le dolía. Durante unos segundos guardó silencio.
Después retiró lentamente sus manos.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No...
Su voz se rompió.
—No sabes quién soy.
Phillip dio otro paso hacia ella.
—Sé quién eres. Sé que eres una buena mujer.
Elise sonrió con una tristeza devastadora.
—No.
Negó lentamente.
—No soy la mujer que crees.
Phillip frunció el ceño.
—No fui infiel...
La frase lo hizo contener el aliento.
—Pero tampoco soy una mujer digna de ti.
—No digas eso.
—Es la verdad.
Se abrazó a sí misma como si intentara sostener los pedazos de su corazón.
—Ya destruí demasiadas vidas...
Phillip la miró confundido.
—No permitiré que destruyan también la tuya.
Él negó con fuerza.
—No necesito que me protejas.
—Yo sí.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Olvídate de mí, Phillip.
Él respiró hondo.
—No puedo.
—Debes hacerlo.
—No.
—Por favor...
Phillip sintió que algo se rompía dentro de él.
—No pienso abandonarte.
Ella negó lentamente.
—No sabes cuánto me gustaría creer que todavía puedo ser feliz...
Su voz se convirtió en un susurro.
—Pero ya no puedo darle felicidad a nadie.
Sin esperar una respuesta, entró a su departamento.
Antes de cerrar la puerta, sus ojos encontraron los de Phillip por última vez.
Él alcanzó a decir:
—¡Elise!
Ella cerró la puerta.
Phillip golpeó suavemente la madera.
—¡Elise!
No obtuvo respuesta. Volvió a llamarla.
—¡Elise, por favor!
El silencio fue la única contestación.
Después de permanecer inmóvil unos segundos, apoyó la frente sobre la puerta y respiró profundamente antes de marcharse con el corazón destrozado.
Al otro lado del pasillo, Samyra observaba toda la escena a través de la mirilla de su departamento.
Había escuchado casi toda la conversación. Sintió un profundo dolor por ambos.
Esperó hasta que Phillip desapareció por el elevador antes de salir.
***
Minutos después, unos suaves golpes resonaron en la puerta de Elise.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Elise sintió un enorme peso sobre el pecho. Sus labios temblaban.
Quiso hablar. No pudo. Respiró varias veces. Las palabras se negaban a salir.
Samyra apretó con cariño su mano.
—No tienes que enfrentar esto sola.
Elise rompió definitivamente.
Lloró durante largos segundos.
Cuando por fin logró hablar, lo hizo con la voz completamente rota.
—Yo...
Cerró los ojos.
—Fui abusada.
El silencio llenó el departamento.
Samyra sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. No podía creer lo que acababa de escuchar.
Elise continuó hablando entre lágrimas.
—Aníbal estaba de viaje. Yo asistí a la fiesta de graduación del diplomado. Todo parecía normal. Reí. Bailé. Pensé que sería una noche bonita. Cuando salí...
Su respiración comenzó a agitarse.
—Nunca llegué a casa.
Sus manos empezaron a temblar.
—Unos hombres me interceptaron cuando iba a subir al automóvil. Me cubrieron la boca. Me llevaron por la fuerza. No pude defenderme... No pude...
Rompió nuevamente en llanto.
Samyra sintió que el corazón se le hacía pedazos. Se acercó para abrazarla.
Elise siguió hablando entre sollozos.
—Cuando desperté... Pensé que Aníbal estaría conmigo. Pensé que él sería la primera persona que vería.
Pero no. Negó lentamente.
—La única persona esperándome era su madre.
Samyra abrió los ojos con horror.
—Ella ya lo sabía todo.
Elise asintió.
—Me tomó de la mano... Al principio pensé que iba a ayudarme.
Su mirada se perdió en el vacío.
—Pero solo me dijo que si realmente amaba a su hijo... debía desaparecer de su vida.
Las lágrimas no dejaban de caer.
—Me dijo que jamás podría darle un futuro feliz. Que él nunca soportaría vivir con una mujer marcada por algo así. Que olvidara su existencia.
Respiró con dificultad.
—Y yo...
Sonrió con una tristeza insoportable.
—Yo la escuché. Porque amaba demasiado a Aníbal. Porque pensé que alejarme era la única manera de protegerlo.
Samyra la abrazó con todas sus fuerzas.
Las dos lloraban.
—Elise...
Su voz también estaba quebrada.
—Lo siento tanto...
La abrazó aún más fuerte.
—Escúchame bien.
La obligó a mirarla.
—Nada de lo que ocurrió fue tu culpa. Nada. No hiciste absolutamente nada para merecerlo. Eres inocente. Y algún día, Aníbal tendrá que conocer toda la verdad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...