Samyra se sentó lentamente sobre la cama médica y alzó la mirada hacia Nayla.
La observó detenidamente.
Por primera vez desde que aquella mujer había aparecido en su vida, intentó verla más allá de las lágrimas, más allá de la aparente fragilidad y de aquella expresión dulce que parecía despertar protección en todos.
Pero algo dentro de ella seguía sintiéndose incómodo. En alerta.
Como si su instinto le gritara que tuviera cuidado.
—¿De mujer a mujer? —preguntó Samyra con una sonrisa apenas irónica—. Vaya, señorita Nayla… debe ser algo realmente importante. Vamos, diga lo que tenga que decir. Muero de curiosidad.
Intentó sonar tranquila. Fría.
Pero incluso antes de escucharla, Samyra sintió cómo el pecho se le oprimía lentamente.
Porque lo sabía.
Fuera lo que fuera que Nayla estuviera a punto de decir… iba a dolerle. Como siempre.
Nayla bajó la mirada. Sus dedos se entrelazaron nerviosamente frente a ella.
Parecía insegura. Frágil. Casi rota.
—Yo…
Su voz titubeó.
Luego levantó lentamente los ojos y los clavó en los de Samyra.
Aquellos ojos castaños estaban húmedos.
—No quiero ser tu enemiga, Samyra.
El silencio se volvió pesado.
Samyra no respondió. Seguía observándola cuidadosamente.
Porque había algo extraño en Nayla.
Algo difícil de descifrar. A veces parecía sincera. Demasiado sincera.
Y otras veces… Samyra tenía la sensación de que cada palabra estaba cuidadosamente elegida.
—No vine aquí para destruir tu vida —continuó Nayla con voz temblorosa—. Nunca quise esto… solo… estoy sufriendo mucho.
Samyra tragó saliva.
A pesar de todo, aquellas palabras lograron tocar una parte sensible dentro de ella. Porque entendía el dolor.
Entendía la desesperación.
Había vivido demasiado tiempo sintiéndose atrapada.
Nayla dio un pequeño paso hacia ella.
El gesto frágil de su rostro hizo que Samyra volviera a tensarse.
Entonces Nayla tomó su mano. Sus dedos estaban fríos. Temblorosos.
Y cuando levantó nuevamente el rostro, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Parecía tan vulnerable… que cualquier persona que la mirara sentiría lástima por ella.
Tal vez por eso todos terminaban protegiéndola.
—He sufrido mucho, Samyra —susurró—. Mi esposo me trató cruelmente durante años.
Samyra permaneció en silencio.
—Fui obligada a casarme con él… todo fue decisión de mis padres. Ellos querían dinero. Nunca les importó si yo era feliz.
Una lágrima cayó por la mejilla de Nayla.
—No pude oponerme. No tenía a nadie.
Samyra sintió un pequeño nudo en el pecho.
Porque esas palabras le recordaban demasiado a sí misma.
A las mujeres que terminaban viviendo para cumplir expectativas ajenas.
A las mujeres obligadas a soportar.
—Es triste decirlo… —continuó Nayla bajando la mirada— pero cuando mi esposo murió… sentí alivio.
Samyra abrió apenas los ojos.
Nayla apretó la mano de ella con más fuerza.
—Pensé que por fin sería libre. Que podría volver a casa. Empezar de nuevo. Respirar tranquila por primera vez en años.
Su voz comenzó a quebrarse.
—¿Y sabes qué fue lo más cruel? Descubrir que incluso eso me estaba prohibido.
Samyra sintió algo romperse lentamente dentro de ella.
Por primera vez comprendió verdaderamente por qué Nayla había luchado tanto para que ella fuera aceptada como segunda esposa.
No se trataba solamente de capricho. Era desesperación. Era miedo.
Era una mujer intentando escapar de otra prisión.
Y eso hizo que Samyra recordara algo horrible.
Ella también había perdido su libertad.
Pero no por obligación. La había entregado sola. Por amor.
Samyra respiró profundamente.
—Te entiendo —murmuró al final—. Lamento que hayas sufrido tanto, Nayla. De verdad lo siento.
Nayla levantó la mirada lentamente.


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