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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 161

—¡No quiero que él lo sepa! ¡No quiero volver a pasar por esa humillación... no otra vez!

La voz de Elise se quebró por completo. Se cubrió el rostro con ambas manos mientras un llanto incontenible sacudía su cuerpo.

Samyra sintió que el corazón se le hacía pedazos al verla tan destruida. Se acercó despacio, sin invadir su espacio, y volvió a rodearla con los brazos.

—Está bien... no tienes que contárselo si no estás preparada —susurró mientras acariciaba lentamente su espalda—. Nadie tiene derecho a obligarte.

Elise negó con fuerza.

—Si Aníbal lo descubre... volverá a mirarme con lástima... o peor aún... con asco.

—No.

—Sí...

Su respiración se agitó.

—No soportaría verlo otra vez. Ya perdí demasiado. No quiero que me recuerde por lo que me hicieron.

Samyra cerró los ojos un instante.

Comprendía perfectamente ese miedo.

Había heridas que no dejaban cicatrices en la piel, pero sí en el alma.

Permanecieron abrazadas durante varios minutos, hasta que poco a poco el llanto de Elise comenzó a disminuir.

Cuando finalmente logró tranquilizarse, Samyra tomó su bolso.

—Voy a dejarte descansar.

Elise asintió débilmente.

Antes de salir, Samyra volvió a abrazarla.

—No estás sola.

Elise apenas logró dedicarle una pequeña sonrisa.

La puerta se cerró tras ella.

Mientras caminaba por el pasillo del edificio, Samyra no pudo evitar sentir un profundo nudo en la garganta.

—Elise es una mujer tan buena... —murmuró con tristeza—. No merecía un destino tan cruel.

Suspiró profundamente antes de dirigirse al elevador.

***

Al día siguiente.

En Dubái.

El imponente edificio donde trabajaba Fadia se alzaba entre los modernos rascacielos de la ciudad.

Dentro de una elegante sala de reuniones, varios expedientes permanecían abiertos sobre la mesa.

Fadia revisó por última vez cada documento antes de cerrarlos.

—Con esto tenemos pruebas suficientes para la primera audiencia.

Nassira observó los papeles.

Aquellos documentos representaban el final de un matrimonio que durante años creyó perfecto.

Sus manos temblaban ligeramente.

Fadia levantó la vista.

—¿Estás nerviosa?

Nassira sonrió con amargura.

—Mucho.

—Todavía estamos a tiempo de detener todo esto.

Nassira permaneció en silencio unos segundos. Recordó los insultos. Las humillaciones. Las mentiras.

Después negó lentamente.

—Antes quizá habría dudado...

Respiró hondo.

—Pero ahora no.

Su voz sonó firme.

—Solo quiero recuperar mi paz.

Fadia sonrió satisfecha.

—Entonces no mires atrás.

Recogió la carpeta.

—Nos veremos en el tribunal.

Se despidieron con un apretón de manos.

Nassira salió del edificio sintiendo que el calor de Dubái golpeaba su rostro como una pared de fuego.

Su automóvil ya la esperaba.

El chofer abrió respetuosamente la puerta trasera.

Ella subió sin prestar demasiada atención.

Necesitaba llegar a casa. Necesitaba descansar.

El vehículo comenzó a avanzar entre las amplias avenidas.

Durante los primeros minutos, Nassira permaneció mirando por la ventana.

Pero algo llamó su atención. Frunció el ceño.

Aquella no era la ruta habitual. Levantó la mirada.

—¿Chofer?

No obtuvo respuesta. Volvió a hablar.

—¿Está perdido?

Silencio. El automóvil siguió avanzando hacia una zona mucho menos transitada.

El corazón de Nassira comenzó a acelerarse.

Algo no estaba bien.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

Fue entonces cuando vio el reflejo del conductor en el espejo retrovisor.

Aquellos ojos. Conocía perfectamente esa mirada.

Sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—No...

El hombre sonrió. Se quitó lentamente la gorra del uniforme.

Después retiró la peluca que ocultaba su cabello.

—Hola, Nassira.

Ella abrió los ojos con horror.

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