—¡No quiero que él lo sepa! ¡No quiero volver a pasar por esa humillación... no otra vez!
La voz de Elise se quebró por completo. Se cubrió el rostro con ambas manos mientras un llanto incontenible sacudía su cuerpo.
Samyra sintió que el corazón se le hacía pedazos al verla tan destruida. Se acercó despacio, sin invadir su espacio, y volvió a rodearla con los brazos.
—Está bien... no tienes que contárselo si no estás preparada —susurró mientras acariciaba lentamente su espalda—. Nadie tiene derecho a obligarte.
Elise negó con fuerza.
—Si Aníbal lo descubre... volverá a mirarme con lástima... o peor aún... con asco.
—No.
—Sí...
Su respiración se agitó.
—No soportaría verlo otra vez. Ya perdí demasiado. No quiero que me recuerde por lo que me hicieron.
Samyra cerró los ojos un instante.
Comprendía perfectamente ese miedo.
Había heridas que no dejaban cicatrices en la piel, pero sí en el alma.
Permanecieron abrazadas durante varios minutos, hasta que poco a poco el llanto de Elise comenzó a disminuir.
Cuando finalmente logró tranquilizarse, Samyra tomó su bolso.
—Voy a dejarte descansar.
Elise asintió débilmente.
Antes de salir, Samyra volvió a abrazarla.
—No estás sola.
Elise apenas logró dedicarle una pequeña sonrisa.
La puerta se cerró tras ella.
Mientras caminaba por el pasillo del edificio, Samyra no pudo evitar sentir un profundo nudo en la garganta.
—Elise es una mujer tan buena... —murmuró con tristeza—. No merecía un destino tan cruel.
Suspiró profundamente antes de dirigirse al elevador.
***
Al día siguiente.
En Dubái.
El imponente edificio donde trabajaba Fadia se alzaba entre los modernos rascacielos de la ciudad.
Dentro de una elegante sala de reuniones, varios expedientes permanecían abiertos sobre la mesa.
Fadia revisó por última vez cada documento antes de cerrarlos.
—Con esto tenemos pruebas suficientes para la primera audiencia.
Nassira observó los papeles.
Aquellos documentos representaban el final de un matrimonio que durante años creyó perfecto.
Sus manos temblaban ligeramente.
Fadia levantó la vista.
—¿Estás nerviosa?
Nassira sonrió con amargura.
—Mucho.
—Todavía estamos a tiempo de detener todo esto.
Nassira permaneció en silencio unos segundos. Recordó los insultos. Las humillaciones. Las mentiras.
Después negó lentamente.
—Antes quizá habría dudado...
Respiró hondo.
—Pero ahora no.
Su voz sonó firme.
—Solo quiero recuperar mi paz.
Fadia sonrió satisfecha.
—Entonces no mires atrás.
Recogió la carpeta.
—Nos veremos en el tribunal.
Se despidieron con un apretón de manos.
Nassira salió del edificio sintiendo que el calor de Dubái golpeaba su rostro como una pared de fuego.
Su automóvil ya la esperaba.
El chofer abrió respetuosamente la puerta trasera.
Ella subió sin prestar demasiada atención.
Necesitaba llegar a casa. Necesitaba descansar.
El vehículo comenzó a avanzar entre las amplias avenidas.
Durante los primeros minutos, Nassira permaneció mirando por la ventana.
Pero algo llamó su atención. Frunció el ceño.
Aquella no era la ruta habitual. Levantó la mirada.
—¿Chofer?
No obtuvo respuesta. Volvió a hablar.
—¿Está perdido?
Silencio. El automóvil siguió avanzando hacia una zona mucho menos transitada.
El corazón de Nassira comenzó a acelerarse.
Algo no estaba bien.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
Fue entonces cuando vio el reflejo del conductor en el espejo retrovisor.
Aquellos ojos. Conocía perfectamente esa mirada.
Sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—No...
El hombre sonrió. Se quitó lentamente la gorra del uniforme.
Después retiró la peluca que ocultaba su cabello.
—Hola, Nassira.
Ella abrió los ojos con horror.
Alzó la mirada.
—Qué equivocado estás.
Mohamed frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
Sin pensarlo dos veces, Nassira reunió toda la fuerza que tenía y le propinó un fuerte puñetazo en el rostro.
El golpe hizo que Mohamed retrocediera varios pasos.
—¡Eres un cobarde!
Su voz resonó con fuerza.
—¡Nunca volviste a ser el hombre del que me enamoré!
Él llevó una mano a su mejilla. La furia deformó su expresión.
—¡Nassira!
Pero ella ya estaba corriendo.
No miró atrás. Solo corrió.
Las calles parecían interminables.
El sol caía con violencia sobre el asfalto. El aire ardía.
Cada respiración quemaba su garganta. Las piernas comenzaron a pesarle.
El vestido se pegaba a su cuerpo por el sudor.
Aun así, siguió avanzando.
Prefería desplomarse bajo aquel calor infernal antes que volver con Mohamed.
Mientras corría, los recuerdos golpeaban su mente.
¿Cómo no vio su verdadera personalidad?
¿Cómo pudo amar a un hombre que solo había aprendido a controlarla mediante el miedo?
Las lágrimas comenzaron a mezclarse con el sudor. Su respiración era cada vez más difícil.
El intenso calor comenzó a nublar su vista. Las piernas dejaron de responderle. Se apoyó unos segundos sobre un poste.
Todo daba vueltas.
—No... todavía no...
Intentó seguir caminando. Apenas logró avanzar unos metros.
Entonces divisó un automóvil acercándose.
Con las últimas fuerzas que le quedaban levantó un brazo.
—¡Ayuda...!
El vehículo frenó con un fuerte chirrido.
La puerta del conductor se abrió de inmediato.
Antes de que Nassira pudiera distinguir el rostro de la persona que descendía, el mundo comenzó a oscurecerse.
Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Su cuerpo cayó pesadamente sobre el asfalto ardiente.
Lo último que alcanzó a escuchar fue una voz masculina llena de preocupación.
—¡Rápido! ¡Una ambulancia!
Y después... todo quedó completamente negro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...