Alim detuvo el automóvil en seco apenas vio el cuerpo desplomado sobre el asfalto ardiente.
Sin perder un segundo, abrió la puerta y corrió hacia la joven.
Se arrodilló junto a ella mientras el intenso calor parecía salir del mismo pavimento.
—¡Señorita! ¿Puede escucharme?
No obtuvo respuesta.
Con delicadeza apartó el cabello que cubría parte de su rostro.
Entonces sintió un vuelco en el pecho.
—No puede ser...
La reconoció al instante.
Era imposible olvidarla.
Aquella mujer había llegado semanas atrás a su hospital con el corazón roto, casi intentó suicidarse, pero aun así había mostrado una fortaleza que pocas personas poseían.
—Nassira Al-Sabah...
Su respiración era débil. Su piel ardía.
Los labios estaban completamente resecos.
Como médico comprendió de inmediato la gravedad de la situación.
—Golpe de calor...
Miró rápidamente a su alrededor. La avenida permanecía casi vacía.
No había tiempo para esperar una ambulancia.
Sin pensarlo dos veces, la levantó entre sus brazos.
El cuerpo de Nassira apenas reaccionó.
Su cabeza cayó sobre el pecho de Alim mientras él la llevaba hasta su automóvil.
La acomodó cuidadosamente en el asiento trasero.
Antes de cerrar la puerta volvió a revisar su pulso.
Era rápido. Demasiado rápido.
Subió al volante y arrancó a toda velocidad rumbo al hospital.
No advirtió que, varias calles atrás, otro automóvil recorría desesperadamente la zona.
Era Mohamed.
Había perdido de vista a Nassira después de que ella escapara corriendo bajo el abrasador sol de Dubái.
Apretó el volante con rabia.
—¿Dónde estás...?
Ignoraba que alguien ya la había encontrado.
***
Minutos después, en el Hospital.
Las puertas automáticas de urgencias se abrieron de golpe.
Alim descendió del vehículo con Nassira en brazos.
Su voz resonó por toda el área de emergencias.
—¡Necesito una camilla! ¡Paciente femenina con golpe de calor y deshidratación severa!
Dos enfermeros acudieron de inmediato.
La colocaron sobre una camilla mientras una enfermera comenzaba a tomarle los signos vitales.
—Temperatura elevada.
—Presión baja.
—Canalicen una vena.
—Preparen solución intravenosa.
Todo el personal se movía con rapidez.
Alim caminó junto a la camilla hasta la puerta del área de estabilización.
Cuando las enfermeras comenzaron a retirar parte de la ropa de Nassira para disminuir su temperatura corporal, él se detuvo.
Como médico sabía exactamente lo que seguía.
Como hombre, respetaba profundamente la privacidad de sus pacientes. Retrocedió un paso.
—Avísenme apenas despierte.
Una enfermera asintió.
—Sí, doctor.
Las puertas se cerraron frente a él.
Alim permaneció varios segundos inmóvil.
No entendía por qué aquella mujer ocupaba tanto espacio en sus pensamientos.
Solo la había visto un par de veces.
Sin embargo, cada vez que aparecía frente a él, era en medio de una tragedia.
Suspiró profundamente.
—¿Qué clase de vida estás viviendo, Nassira...?
***
Un par de horas después.
Nassira abrió lentamente los ojos.
La luz blanca del techo la obligó a entrecerrarlos. Intentó incorporarse de inmediato.
Una enfermera apoyó suavemente una mano sobre su hombro.
—Despacio, señora.
—¿Dónde estoy?
—En el Hospital Zuhair. Tuvo un golpe de calor bastante fuerte. Ya está fuera de peligro.
Los recuerdos regresaron de golpe. Mohamed. El automóvil. La persecución. Los insultos.
Las lágrimas aparecieron sin que pudiera contenerlas. La enfermera creyó que era consecuencia del susto.
Le ofreció un pañuelo.
—Todo terminó.
Nassira negó lentamente. No. Aquello apenas comenzaba.
Cuando la enfermera salió para avisar al médico, Nassira permaneció mirando el techo.
«¿Por qué no me dejas ir, Mohamed?»
Una lágrima recorrió lentamente su mejilla.
«¿Qué ganas reteniéndome a tu lado si hace mucho dejaste de amarme? O quizás, nunca me amaste»
***
Pocos minutos después, la puerta volvió a abrirse.
Alim entró con una pequeña sonrisa profesional.
—Veo que ya despertó mi paciente.
Nassira giró el rostro.
Al reconocerlo abrió los ojos con sorpresa.
—¿Doctor...?
Nassira permaneció en silencio.
Nadie le había dicho algo semejante desde hacía muchos años.
Sintió un cálido nudo en la garganta. Quizá... solo quizá... todavía quedaba una parte de ella que podía volver a creer en sí misma.
***
Esa misma tarde. La residencia Al-Sabah.
El abuelo escuchó el relato completo de Nassira sin interrumpirla.
Cada palabra endurecía más su expresión.
Cuando terminó, golpeó suavemente el bastón contra el suelo.
—Se acabó.
Todos los presentes levantaron la vista.
—Ese hombre no volverá a acercarse a mi nieta.
Miró a uno de sus asistentes.
—Desde este momento, la familia de Mohamed entra en nuestra lista negra.
El hombre asintió.
—Ya hemos comenzado.
Tres bancos cancelaron sus líneas de crédito. Dos empresas suspendieron contratos. Y varios inversionistas retiraron su apoyo.
El abuelo permaneció impasible.
—Eso apenas es el principio. Quiero que comprendan lo que significa desafiar a los Al-Sabah.
***
Esa noche.
Mohamed llegó a la mansión familiar.
Apenas cruzó la puerta, encontró a sus padres esperándolo en el salón.
El ambiente era gélido.
Su padre caminó lentamente hasta quedar frente a él. Sin decir una sola palabra...
¡Paf!
La bofetada resonó por toda la estancia.
Mohamed llevó una mano a la mejilla, atónito.
—¿Padre...?
—¡¿Qué hiciste?!
Su padre temblaba de ira.
—¡Por tu obsesión acabas de destruir todo lo que nuestra familia construyó durante décadas!
Mohamed guardó silencio.
—Los Al-Sabah nos aplastaron. Los bancos nos cerraron las puertas. Nuestros socios rompieron relaciones. Las acciones comenzaron a desplomarse. ¿Entiendes lo que significa?
Mohamed apretó los puños. Su orgullo le impedía responder.
A unos metros de distancia, Nayla acariciaba inconscientemente su vientre.
Su rostro había perdido el color.
«No...» Sintió que el miedo le oprimía el pecho.
«No quiero volver a ser pobre.»
«No después de todo lo que hice para llegar hasta aquí.»
Y por primera vez desde que comenzó aquella guerra, comprendió que la caída de Mohamed también podía arrastrarla a ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...