En Zúrich
A la mañana siguiente, el Hospital estaba más silencioso de lo habitual.
El largo pasillo que conducía al área quirúrgica parecía interminable para Samyra.
A cada paso, sentía que el corazón le pesaba un poco más. Aquella mañana marcaría el inicio del tratamiento experimental que podía salvar la vida de Omar...
Cuando llegó a la habitación, lo encontró sentado en la cama del hospital. Vestía la bata azul de paciente y observaba distraídamente la nieve que caía detrás del ventanal.
Al escuchar la puerta, levantó la mirada. Sonrió.
Aquella sonrisa seguía siendo capaz de tranquilizarla y, al mismo tiempo, romperle el alma.
Samyra se acercó despacio y tomó su mano.
La sintió fría. Él también estaba asustado.
Solo que intentaba ocultarlo.
—¿Dormiste algo? —preguntó ella con suavidad.
Omar dejó escapar una pequeña risa.
—Creo que dormí más de lo que soñé.
Samyra acarició sus dedos. Lo conocía demasiado bien. Sabía cuándo fingía estar tranquilo.
—¿Tienes miedo?
Él guardó silencio unos segundos. Miró nuevamente la ventana antes de responder.
—¿Quieres la verdad?
Ella asintió.
Omar respiró profundamente.
—Sí... tengo miedo.
Sus palabras apenas fueron un susurro.
—No me da miedo el dolor... ni siquiera la cirugía.
Hizo una pausa. Su voz comenzó a quebrarse.
—Lo que realmente me asusta... es no despertar.
Samyra sintió un nudo en la garganta.
Él sonrió con tristeza.
—Tengo miedo de convertirme en una fotografía sobre una repisa.
Bajó la mirada.
—Tengo miedo de que nuestros hijos solo conozcan mi voz por los videos que dejé grabados.
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Samyra. Negó inmediatamente.
—No digas eso.
Omar levantó una mano y acarició con ternura su mejilla.
—Pero también tengo una razón muy poderosa para luchar.
Lentamente deslizó la mano hasta el vientre de Samyra. Sus dedos permanecieron sobre la tela unos segundos.
Después habló con una ternura que hizo temblar a Samyra.
—¿Me escuchan, pequeños?
Sonrió.
—Papá va a pelear con todas sus fuerzas.
Su voz comenzó a llenarse de emoción.
—No quiero estar presente solo el día que nazcan. Quiero verlos dar sus primeros pasos. Escuchar sus primeras palabras. Llevarlos a la escuela. Enseñarles a montar bicicleta. Ver cómo crecen. Cómo se enamoran. Cómo cumplen sus sueños. Quiero envejecer viendo sus vidas. Porque los amo... Muchísimo.
Apenas terminó de hablar, sintió un ligero movimiento bajo su mano. Después otro.
Los dos bebés patearon casi al mismo tiempo. Omar abrió los ojos con sorpresa.
Una sonrisa iluminó por completo su rostro.
—Samyra...
Ella lloraba en silencio.
—Ellos saben que estás aquí.
Volvió a sentir otra pequeña patadita.
—Nos están respondiendo.
Samyra colocó su mano sobre la de él.
—Sí. Nuestros hijos saben que su papá es un luchador. Y están esperándote. Así que no te atrevas a rendirte.
Omar sonrió.
—Jamás.
En ese instante alguien llamó suavemente a la puerta.
Era Elise.
Vestía ya el uniforme quirúrgico. Su expresión transmitía serenidad, aunque por dentro también estaba nerviosa.
Sabía que aquella operación era el primer paso para intentar cambiar la historia de un hombre.
—Es hora.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Omar miró una última vez a Samyra.
Ella se inclinó lentamente.
Le acomodó un mechón de cabello sobre la frente.
—Voy a esperarte.
Él apoyó su frente contra la de ella.
—Siempre volveré contigo. Siempre.
Los camilleros comenzaron a empujar la cama.
Samyra permaneció inmóvil observándolo hasta que desapareció al final del pasillo.
Solo entonces permitió que las lágrimas escaparan.
***
Dentro del quirófano, todo estaba preparado.
Phillip revisó por última vez las imágenes del tumor.
Lewis observaba desde la sala de control. El objetivo no era extirpar el cáncer. Todavía no.
Necesitaban obtener tejido tumoral en perfectas condiciones para secuenciar cada mutación y alimentar el sistema Blum con la mayor cantidad posible de neoantígenos.
Solo así el tratamiento tendría posibilidades reales de reconocer todas las variantes del cáncer que se habían extendido por el cuerpo de Omar.
Elise respiró profundamente.
—Comencemos.
***
Mientras tanto, Samyra caminaba una y otra vez por la sala de espera.
Miraba el reloj. Solo habían pasado quince minutos.
Sentía como si hubiera transcurrido una eternidad.
Se sentó. Volvió a levantarse. Se acercó a la ventana.
Observó a otras familias abrazarse.
Una mujer lloraba esperando noticias de su esposo.
Un niño dormía sobre las piernas de su madre.
Lewis amplió una representación tridimensional del tumor.
—La quimioterapia convencional ya no sería suficiente. Además, en una etapa cuatro destruiría demasiadas células sanas.
Señaló la pantalla.
—Con la biopsia que obtuvimos hoy identificaremos la firma genética exacta del cáncer de Omar. Toda esa información será incorporada al sistema Blum.
Samyra escuchaba con atención. Lewis continuó.
—Imagina que Blum es un radar molecular. Cuando entre al organismo, ignorará completamente las células sanas.
Solo reaccionará cuando encuentre exactamente las mutaciones presentes en el tumor de Omar. Una vez adherido a ellas, bloqueará los mecanismos que permiten al cáncer seguir reproduciéndose y, al mismo tiempo, enseñará al propio sistema inmunológico a reconocerlas y destruirlas.
Samyra permaneció unos segundos en silencio.
—¿Funcionará?
Lewis sostuvo su mirada.
—La ciencia dice que tenemos posibilidades, ya lo hemos hecho antes.
Ella negó lentamente.
—Yo no necesito posibilidades.
Necesito que Omar viva. Lewis sonrió con serenidad.
—Entonces trabajaremos hasta conseguirlo.
***
Cerca de la medianoche, Elise regresó finalmente a su edificio. El cansancio pesaba sobre todo su cuerpo.
Sacó las llaves del bolso.
Pero antes de introducirlas en la cerradura, una voz helada la obligó a detenerse.
—Veo que sigues apareciendo donde no te llaman.
Elise sintió que un escalofrío recorría su espalda.
Conocía perfectamente aquella voz.
Giró lentamente. Frente a ella estaba la madre de Aníbal.
La anciana la observaba con el mismo desprecio de años atrás.
—¿Por qué regresaste a la vida de mi hijo?
Su mirada recorrió a Elise de arriba abajo.
—Una mujer como tú no tiene derecho a acercarse a una eminencia de la medicina.
Elise apretó con fuerza las llaves. No respondió.
La anciana dio un paso más.
—Pensé que habías entendido cuál era tu lugar.
En ese instante, la puerta del departamento se abrió.
Una niñera apareció cargando con dificultad a una bebé.
Al ver a Elise, levantó los brazos con alegría.
—¡Ma…má...!
El tiempo pareció detenerse.
La anciana giró lentamente la cabeza.
Después miró a la bebé. Luego volvió a mirar a Elise. Su rostro perdió completamente el color.
Retrocedió un paso. Sus ojos se abrieron con incredulidad.
—Tú...
Su voz tembló.
—¿Tuviste... una hija?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...