Elise sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Durante un instante creyó que todo había terminado.
Joelle Duncan no debía estar allí.
Mucho menos frente a su hija.
Su corazón comenzó a latir con violencia mientras abrazaba con más fuerza a la pequeña, intentando mantener la calma.
Pero la anciana ya había visto demasiado.
Sus ojos permanecían fijos sobre la niña.
No era una mirada cualquiera.
Era una mezcla de sorpresa, duda y una inquietud creciente que hizo que Elise sintiera verdadero miedo.
Joelle dio un paso al frente.
—Qué niña tan hermosa... —murmuró con una voz extrañamente temblorosa.
La pequeña, inocente, sonrió con la naturalidad de una bebé de casi un año que sonríe cuando mira a otro sonreír.
Aquella sonrisa hizo que Joelle sintiera un extraño calor en el pecho.
Había algo en esa niña que le resultaba insoportablemente familiar.
No sabía qué era.
Tal vez la forma de sus ojos. Quizá el color de su cabello.
O aquella expresión dulce que parecía haber visto muchos años atrás.
Elise retrocedió un paso.
—Ya es suficiente.
Su voz sonó más dura de lo que pretendía.
—Debe irse.
Joelle apenas la escuchó.
Seguía observando a la niña.
Entonces ocurrió.
Mientras la pequeña levantaba una mano para acomodarse el cabello, la manga de su vestido se deslizó unos centímetros.
Algo rojo llamó inmediatamente la atención de Joelle.
Frunció el ceño.
¿Era...?
Sin pensarlo demasiado, extendió la mano.
—Espera...
Elise sintió que el corazón se le detenía.
—¡No la toque!
Pero ya era tarde.
Joelle sujetó con delicadeza el pequeño brazo.
Levantó apenas la manga.
Y el mundo pareció detenerse.
Allí estaba.
Una pequeña mancha rojiza, con forma irregular, como un rubí derramado sobre la piel.
Una marca de nacimiento.
Joelle dejó escapar un jadeo.
Sus dedos comenzaron a temblar.
No. No podía ser.
Acercó un poco más el brazo para observarla mejor.
La conocía perfectamente.
Había visto aquella marca cientos de veces.
En su madre. En su abuela. En sus hermanas. En ella misma.
Era una característica que las mujeres de la familia que heredaban desde hacía generaciones.
Sintió que las piernas comenzaban a fallarle.
Instintivamente miró su propio antebrazo.
Con manos temblorosas subió ligeramente la manga de su blusa.
Allí seguía. La misma marca. La misma forma.
El mismo tono rojizo. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
No... Eso era imposible.
Elise reaccionó de inmediato.
Le arrebató con suavidad, pero con firmeza, el brazo a la niña.
Después la cargó entre sus brazos, protegiéndola como una leona protege a su cachorro.
Su respiración era completamente irregular.
Joelle fue cruel con ella en el pasado, y no la quería estaba segura de que sabía que el nacimiento de su hija estaba manchado de algo cruel. Y eso era precisamente lo que había temido durante tantos años.
—Márchese.
Su voz salió firme.
—No tiene nada que hacer aquí.
Pero Joelle apenas podía escucharla.
Seguía mirando a la niña.
Luego levantó lentamente la vista hacia Elise.
—Es una niña...
Su voz apenas era un susurro. Tragó saliva.
—¿Quién... quién es su padre?
Aquella pregunta cayó como una bomba.
Elise sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Por un instante revivió el peor capítulo de su vida.
La noche en que aquellos hombres destruyeron su existencia.
Las lágrimas amenazaron con salir.
Pero hizo un enorme esfuerzo por contenerlas.
No.
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