Elise permaneció junto a la cuna durante varios minutos, meciendo suavemente a Adara entre sus brazos.
—Shhh... ya pasó, mi amor... mamá está aquí...
Su voz apenas era un susurro.
La pequeña, terminó por relajarse. Poco a poco dejó de aferrarse a la blusa de su madre y apoyó la cabeza sobre su hombro.
Su respiración se volvió pausada, tranquila, hasta que finalmente cayó dormida.
Elise sonrió con ternura.
La contempló unos segundos antes de besarle la frente.
Con el mayor cuidado posible la acomodó dentro de la cuna y la cubrió con una pequeña manta. Después permaneció inmóvil, observándola.
Dormía con una serenidad que parecía imposible después de todo lo ocurrido.
Aquella inocencia era el único refugio que aún existía en su vida.
Lentamente levantó una mano para acariciar su diminuta mejilla.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
Cada vez que contemplaba a su hija recordaba el largo camino que ambas habían recorrido para llegar hasta ese momento.
Hubo un tiempo en que creyó que jamás sería capaz de mirarla con el amor que ahora sentía.
Hubo un tiempo en que incluso pensó que ninguna de las dos debía seguir viviendo.
Un profundo suspiro escapó de sus labios.
Los recuerdos comenzaron a regresar uno tras otro.
Después de separarse de Aníbal Duncan, su vida se había convertido en un infierno.
Alejarse del hombre que amaba ya había sido suficiente para destrozarla, pero lo ocurrido después terminó por destruir lo poco que quedaba de ella.
Aquella noche... Aquellos hombres...
Las amenazas. La violencia. El miedo.
Durante semanas apenas pudo reconocer su propio reflejo frente al espejo.
Sentía que la mujer alegre que alguna vez había existido había desaparecido para siempre.
Cada mañana despertaba con la sensación de seguir atrapada en aquella pesadilla.
Cada noche revivía el horror.
Los gritos.
Las risas. Las manos sujetándola.
Despertaba sobresaltada, cubierta de sudor y con el corazón golpeando violentamente contra su pecho.
Dejó de comer. Dejó de dormir. Perdió el interés por todo.
Incluso por la medicina, que siempre había sido la pasión de su vida.
No encontraba razones para seguir adelante.
El dolor era demasiado grande.
La culpa la consumía.
Aunque sabía que ella no había hecho nada malo, una parte de su corazón se sentía manchada, rota, incapaz de volver a amar o ser amada.
Un día creyó que ya no podía soportarlo más.
Permaneció varias horas encerrada en su habitación.
Las cortinas estaban cerradas.
La oscuridad dominaba el lugar.
Solo se escuchaba el sonido de su respiración entrecortada.
Aquella tarde tomó la decisión de terminar con todo.
Pensó que, si desaparecía, el sufrimiento también desaparecería.
Preparó todo con una calma que ahora le resultaba aterradora.
Sin embargo, antes de poder hacerlo, una intensa sensación de mareo la obligó a sostenerse de la pared.
Su visión comenzó a nublarse.
Intentó caminar.
No pudo.
El suelo desapareció bajo sus pies.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba acostada en una cama de hospital.
Una doctora revisaba unos estudios con una pequeña sonrisa.
—¿Cómo se siente?
Elise apenas pudo responder.
Solo quería marcharse.
Entonces la médica pronunció unas palabras que cambiaron su vida para siempre.
—Está embarazada.
El tiempo pareció detenerse.
Elise sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
No entendía lo que estaba escuchando.
No quería entenderlo.
Lo único que vino a su mente fue aquella terrible noche.
Las lágrimas comenzaron a correr sin control.
Durante días enteros vivió atrapada entre el miedo y la desesperación.
Miraba su vientre con angustia.
Sentía que aquella pequeña vida era un recordatorio constante del peor momento de su existencia.
Llegó a odiar la idea de aquel embarazo.
Ya no lloraba únicamente por el dolor.
También lloraba por aquella pequeña vida que luchaba por crecer dentro de ella.
En ese instante comprendió algo que jamás olvidaría.
Aquel bebé no era responsable de lo ocurrido.
No era una condena.
Era una persona.
Su hija.
Su pequeña.
Su Adara.
Ese mismo día hizo una promesa silenciosa.
Jamás permitiría que la tristeza de su pasado destruyera el futuro de aquella niña.
Trabajaría sin descanso.
Se convertiría en una gran médica.
Construiría un hogar lleno de amor.
Y protegería a su hija de cualquier persona que intentara hacerle daño.
Volvió al presente con los ojos completamente llenos de lágrimas.
Observó a Adara dormir.
Sonrió con ternura.
Se inclinó sobre la cuna y volvió a besar su frente.
—Siempre lucharé por ti —susurró.
Sus dedos acariciaron la pequeña mano de la niña.
—No necesitamos que nadie venga a rescatarnos.
Respiró profundamente.
Aquellas palabras ya no nacían del dolor, sino de la convicción.
—Las dos construiremos nuestra propia felicidad.
Miró una última vez a su hija.
Todo el sufrimiento vivido había dejado cicatrices imposibles de borrar.
Pero también le había enseñado algo.
El verdadero amor no siempre llegaba de la forma en que uno lo imaginaba.
A veces aparecía convertido en un pequeño latido que devolvía las ganas de vivir cuando todo parecía perdido.
Elise sonrió, volviendo al presente, y durmió al lado de la cuna de su hija, y sintió que a pesar de todo el dolor, estaba en el lugar correcto, al lado de su amada hija.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...