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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 166

Mientras tanto en Dubái.

Aquella mañana se celebraría la primera audiencia del juicio de khula entre Nassira Al-Sabah y Mohamed.

El enorme Palacio de Justicia estaba rodeado de periodistas y curiosos.

El apellido Al-Sabah despertaba interés en todo el país, y el escándalo de un divorcio dentro de una de las familias más influyentes no pasaba desapercibido.

Nassira descendió del automóvil con paso lento.

Todavía estaba débil.

Luego del golpe del calor, le habían recomendado guardar reposo, pero ella había tomado una decisión.

No volvería a esconderse.

Había pasado demasiados años viviendo con miedo.

Aquella etapa había terminado.

Respiró profundamente antes de entrar al edificio.

A su lado caminaba Fadia, impecablemente vestida con un elegante traje oscuro. Llevaba varias carpetas bajo el brazo y una expresión serena que transmitía absoluta seguridad.

—¿Estás lista? —preguntó en voz baja.

Nassira asintió.

—Sí.

No estaba completamente segura de sus palabras.

Sentía un nudo en el estómago.

Pero sabía que debía hacerlo.

Aquella audiencia no solo representaba el inicio de un proceso legal.

Era el primer paso hacia su libertad.

Minutos después ambos abogados ocuparon sus lugares frente al juez.

Al ingresar a la sala, Mohamed ya se encontraba sentado junto a su abogado.

Vestía un impecable traje oscuro.

Su postura seguía siendo orgullosa, pero sus ojos delataban preocupación.

Por primera vez desde que comenzó todo, comprendía que existía la posibilidad real de perder.

Cuando Nassira ocupó su lugar, él intentó buscar su mirada.

Ella no respondió.

Ya no quedaba nada que decir.

Pocos minutos después, el ujier anunció la llegada del juez.

Todos se pusieron de pie.

El magistrado saludó brevemente antes de ocupar su asiento.

—Pueden sentarse.

El silencio volvió a dominar la sala.

El juez abrió el expediente.

—Nos encontramos reunidos para conocer la solicitud de khula presentada por la señora Nassira Al-Sabah.

Levantó la vista hacia ambas partes.

—Antes de iniciar, recuerdo a los presentes que este tribunal exige respeto absoluto durante la audiencia. Cualquier interrupción o conducta inapropiada será sancionada.

Ambos abogados asintieron.

—Puede comenzar la parte demandante.

Fadia se levantó con tranquilidad.

No elevó la voz. No necesitaba hacerlo.

Su seguridad bastaba para captar la atención de todos.

—Su Señoría, mi representada solicita la disolución de este matrimonio por haber sido víctima de conductas incompatibles con las obligaciones legales y morales que todo esposo debe observar.

Abrió la primera carpeta.

—Presentaremos pruebas documentales, testimoniales y periciales que demuestran un patrón continuo de violencia psicológica, infidelidad y agresiones físicas.

Colocó varios documentos frente al juez.

—Aquí constan mensajes donde el señor Mohamed acepta haber sido infiel a mi cliente durante el matrimonio.

Después presentó fotografías, registros bancarios y reportes médicos.

La sala permanecía completamente en silencio.

Finalmente entregó el informe correspondiente al último ataque.

—Hace apenas unos días, mi representada fue ingresada en un hospital tras sufrir una nueva agresión.

El juez revisó cuidadosamente el documento.

Su expresión se volvió más seria.

—¿La defensa reconoce la autenticidad de este informe médico?

El abogado de Mohamed se puso de pie.

—Sí, Su Señoría. No cuestionamos la autenticidad del documento.

—Muy bien. Continúe.

El abogado acomodó sus papeles antes de hablar.

—La defensa lamenta profundamente el deterioro de este matrimonio. Sin embargo, considera indispensable analizar el contexto completo de la relación.

El juez hizo un leve gesto para que continuara.

—Mi representado contrajo matrimonio con el legítimo deseo de formar una familia. Años después descubrió que la señora Nassira padecía infertilidad, situación que provocó un profundo desgaste emocional entre ambos, además la señora lo ocultó meses después de saberlo.

Nassira sintió un nudo en la garganta.

Aquellas palabras seguían haciéndole daño.

Pero permaneció en silencio.

—La frustración derivada de esa circunstancia terminó afectando gravemente la convivencia matrimonial.

Antes de que pudiera continuar, Fadia volvió a ponerse de pie.

—Solicito autorización para formular una pregunta a la defensa.

El juez asintió.

—Concedida.

Fadia giró lentamente hacia el abogado contrario.

—¿Está afirmando que la infertilidad de mi clienta justifica las conductas atribuidas al señor Mohamed?

El abogado permaneció unos segundos en silencio.

—No, desde luego que no.

—Entonces, ¿reconoce que se trata de dos asuntos completamente distintos?

El hombre dudó.

—Sí... son asuntos distintos.

Fadia sonrió apenas.

Había conseguido exactamente la respuesta que buscaba.

Volvió a dirigirse al juez.

Nassira lo observó sin decir una palabra.

Mohamed creyó que aún podía manipularla.

—¿De verdad crees que alguien va a querer casarse con una mujer divorciada?

Esperó una reacción.

No obtuvo ninguna.

Entonces lanzó el golpe que durante años había utilizado para destruir su autoestima.

—Y mucho menos con una mujer que jamás podrá darle hijos a un hombre.

Durante un instante el viejo dolor volvió a aparecer.

Las cicatrices seguían allí.

Pero ya no tenían el poder de destruirla.

Nassira levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos reflejaban una serenidad que Mohamed nunca le había conocido.

Lo miró fijamente.

—Durante años me hiciste creer que mi valor dependía de mi capacidad para darte un hijo.

Su voz era tranquila.

Pero cada palabra pesaba como una sentencia.

—Hoy comprendí que mi valor nunca dependió de ti.

Mohamed apretó la mandíbula.

Ella continuó.

—¿Sabes qué es lo único que lamento?

Él permaneció inmóvil.

—Haber desperdiciado tantos años intentando convencerte de que merecía tu amor.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Nassira.

No era una sonrisa de felicidad.

Era la sonrisa de una mujer que, por fin, había dejado de sentirse culpable.

—Prefiero caminar sola el resto de mi vida... que volver a pasar un solo día siendo tu esposa.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta.

Fadia sonrió discretamente y caminó a su lado.

Ambas abandonaron el tribunal sin volver la vista atrás.

Mohamed permaneció inmóvil observándolas alejarse.

Sintió un vacío insoportable.

No era amor lo que estaba perdiendo.

Era mucho más que eso.

Sin Nassira desaparecerían los contactos, el prestigio, la influencia y el respeto que el apellido Al-Sabah le había otorgado durante años.

Sin aquel matrimonio volvería a ser un hombre común.

Apretó los puños con fuerza.

Por primera vez comprendió que el poder que siempre creyó suyo nunca le había pertenecido realmente.

Y ahora que lo estaba perdiendo...

Ya era demasiado tarde para recuperarlo.

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