En Zúrich
Samyra descendió del automóvil frente al hospital mientras una brisa fría acariciaba su rostro.
Permaneció unos segundos inmóvil, respirando profundamente antes de entrar.
Sentía el cuerpo agotado. El embarazo ya había llegado al sexto mes y el peso de los gemelos comenzaba a hacerse evidente.
Cada paso era más lento que el anterior; su espalda le dolía constantemente y sus tobillos se inflamaban al final del día.
Apoyó una mano sobre su vientre redondeado. Como si hubieran sentido su presencia, los bebés se movieron al mismo tiempo.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Tranquilos... papá va a estar bien —susurró con dulzura.
Sin embargo, en cuanto levantó la vista hacia el enorme edificio del hospital, la tranquilidad desapareció.
Aquel día comenzaba el tratamiento de Omar.
Los médicos le habían explicado que las probabilidades eran alentadoras, pero también le advirtieron que el medicamento era agresivo.
Existía la posibilidad de fuertes dolores musculares, náuseas, vómitos, fiebre e incluso complicaciones inesperadas.
El miedo volvió a instalarse en su pecho.
Mientras caminaba por los largos pasillos impregnados del característico olor a desinfectante, escuchaba el sonido constante de los monitores cardíacos, el ir y venir de enfermeras empujando camillas y las voces apagadas de médicos conversando entre sí.
Cada ruido parecía recordarle que la vida podía cambiar en un instante.
Cuando llegó frente a la habitación de Omar, apoyó la mano sobre la puerta para tranquilizarse antes de entrar.
Al abrir lentamente, se detuvo.
Omar no estaba en la cama.
Lo encontró arrodillado sobre el suelo, de espaldas a la puerta, con la cabeza inclinada y las manos levantadas en señal de súplica.
Rezaba. No sabía que ella estaba allí.
Su voz sonaba baja, quebrada y profundamente sincera.
—Alá... no existe un Dios más grande que Tú. Misericordioso Señor... ten piedad de este hombre que tantas veces dejó que el orgullo guiara sus decisiones.
Samyra sintió un nudo en la garganta.
Permaneció inmóvil, incapaz de interrumpirlo.
—He cometido errores que jamás podré borrar. Lastimé a la mujer que más amo en este mundo. La hice llorar cuando debía protegerla. La dejé sola cuando debía sostener su mano. Si pudiera regresar el tiempo... cambiaría cada una de esas decisiones.
Las lágrimas comenzaron a humedecer los ojos de Samyra.
—No merezco una segunda oportunidad... pero me arrepiento con todo mi corazón. Si decides dejarme vivir... dedicaré el resto de mis días únicamente a cuidar de Samyra y de nuestros hijos. Seré un mejor hombre, un mejor esposo y padre.
Hizo una breve pausa.
Su respiración temblaba.
—Pero si esa no es Tu voluntad... también la aceptaré. Solo te pido una cosa... cuídalos cuando yo ya no pueda hacerlo.
El silencio llenó la habitación.
Samyra ya no pudo contener las lágrimas. Una descendió lentamente por su mejilla.
Sintió que el pecho le dolía.
Todo el resentimiento que había alimentado durante meses seguía allí. Todavía recordaba las humillaciones, las mentiras, el abandono y el profundo sufrimiento que él le había provocado.
Nada de eso había desaparecido. Todavía dolía. Muchísimo.
Pero escuchar aquellas palabras le hizo comprender algo.
Omar nunca había dejado de amarla.
Había sido un hombre orgulloso, impulsivo y equivocado... pero el amor seguía vivo.
Y ahora estaba dispuesto incluso a morir arrepentido.
«¿Qué sentido tiene seguir peleando?», pensó con tristeza.
«No... aún no puedo perdonarlo por completo. Las heridas siguen abiertas.»
Volvió a mirar al hombre arrodillado.
«Pero tampoco soportaría verlo morir.»
Instintivamente acarició su vientre.
—Sus hijos necesitan a su padre... y yo... yo también necesito que viva.
Omar terminó su oración y se puso de pie lentamente.
Al girarse encontró a Samyra observándolo.
Durante unos segundos ninguno dijo una sola palabra.
Ella simplemente caminó hasta él.
Tomó su mano entre las suyas.
La apretó con fuerza.
No hizo falta decir nada.
Él comprendió que, aunque todavía existían heridas imposibles de borrar de un día para otro, aquella mujer ya no estaba luchando contra él.
Ahora luchaba junto a él.
***
Unas horas más tarde, varios médicos y enfermeras ingresaron a la habitación.
—Señor Omar, comenzaremos con la primera dosis —informó el especialista mientras revisaba los estudios.
Una enfermera preparó cuidadosamente la vía intravenosa.
Otra conectó el medicamento.
Samyra permanecía sentada a su lado.
No soltaba su mano. Omar intentó sonreír.
—No pongas esa cara... parece que soy yo quien debe consolarte.
Ella respondió con una sonrisa temblorosa.
—No me gusta verte sufrir.
Después de casi dos horas, la primera dosis terminó.
Samyra y Phillip quedaron satisfechos con la respuesta inicial.
—Ha reaccionado dentro de lo esperado. Tendremos que seguir observándolo durante las próximas horas.
Omar ya estaba completamente agotado.
El medicamento había consumido toda su energía.
Apenas pudo mantener abiertos los ojos unos segundos más antes de quedarse profundamente dormido.
Samyra continuó sentada junto a la cama.
Acariciaba lentamente su mano mientras observaba cómo el monitor registraba cada latido de su corazón.
Cerró los ojos.
—Alá... por favor... No te pido riquezas. No te pido felicidad. Solo déjalo vivir. Permítelo conocer a sus hijo. Por favor... No me lo arrebates ahora.
***
En otra área del mismo hospital, Elise terminaba de revisar unos documentos antes de marcharse.
Estaba guardando su teléfono cuando este comenzó a sonar insistentemente.
Contestó de inmediato.
Del otro lado escuchó una voz completamente alterada. Era la niñera.
—¡Señora! ¡Perdóneme! ¡Lo siento muchísimo!
Elise frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
La mujer comenzó a llorar.
—Vino una anciana... dijo que era familiar... pero llegó acompañada por varios hombres de seguridad. Me amenazaron... dijeron que si intervenía me harían daño...
Elise sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Dónde está mi hija?
—Se... se la llevaron...
El mundo pareció detenerse.
—¡¿Qué?!
—Ya llamé a la policía. También revisé las cámaras de seguridad. Le acabo de enviar la fotografía de la mujer.
Las manos de Elise comenzaron a temblar. Abrió el mensaje con desesperación.
La imagen tardó apenas unos segundos en cargarse.
Cuando apareció en la pantalla... Sintió que el corazón dejaba de latir.
No era una desconocida. Era la madre de Aníbal. El terror se apoderó de ella.
Comprendió inmediatamente que aquello no era un secuestro improvisado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...