Elise colgó la llamada con la mano temblando.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, incapaz de respirar.
Las palabras de la niñera seguían resonando dentro de su cabeza como un eco interminable.
"Se la llevaron..."
"Era una anciana..."
Su hija. Su pequeña.
La niña por la que era capaz de dar la vida.
Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Las piernas le flaquearon y tuvo que apoyarse contra la pared del pasillo del hospital para no caer.
El miedo comenzó a transformarse en desesperación.
Imágenes horribles invadieron su mente. Imaginó a su hija llorando, llamándola, preguntando por qué su mamá no iba a rescatarla.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—No... no, mi amor... mamá irá por ti...
Respiró con dificultad mientras trataba de controlar el ataque de pánico que amenazaba con paralizarla.
Entonces recordó la fotografía.
La abrió nuevamente.
Observó el rostro de aquella mujer durante varios segundos.
Joelle Duncan.
Desde el primer día aquella mujer la había despreciado. Nunca la aceptó. Nunca ocultó el odio que sentía hacia ella, porque quería que su hijo se casara con Grace, la ahijada de la mujer.
Pero jamás imaginó que sería capaz de llegar tan lejos.
El miedo desapareció poco a poco.
En su lugar nació una furia abrasadora.
Apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—Si le haces daño a mi hija... te juro que te arrepentirás toda tu vida.
Ya no podía perder tiempo.
Solo existía una persona capaz de detener a Joelle.
Aníbal Duncan.
Sin pensarlo dos veces, comenzó a correr por los pasillos del hospital.
***
Samyra acababa de salir de la habitación donde Omar descansaba después del tratamiento.
Aún llevaba el corazón encogido al recordar el sufrimiento que él había soportado.
Mientras caminaba lentamente, una mano protegía instintivamente su vientre. Los gemelos volvieron a moverse, como si percibieran la ansiedad que la rodeaba.
Entonces vio a Elise. Corría desesperada.
Tenía el cabello desordenado, el maquillaje corrido por las lágrimas y el rostro completamente pálido.
Parecía una mujer perseguida por la desgracia.
—¡Elise! —la llamó alarmada.
La otra apenas reaccionó.
Samyra logró alcanzarla y sujetó suavemente sus brazos.
—¡Detente! ¿Qué ocurrió? Estás temblando.
Elise respiraba con dificultad. Las palabras se negaban a salir.
Durante unos segundos solo pudo llorar. Entonces rompió en un grito desesperado.
—¡Mi hija, Samyra! ¡Se llevaron a mi hija!
Samyra sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
Llevó ambas manos hasta su vientre de manera instintiva.
Su respiración también comenzó a acelerarse. Pensó en sus propios bebés. En el terror que sentiría si alguien intentara arrebatárselos.
Solo imaginarlo hizo que un dolor insoportable atravesara su pecho.
—¿Quién... quién pudo hacer algo así? —preguntó con la voz quebrada.
Elise tragó saliva.
Sus ojos ardían de rabia.
—Fue... Joelle Duncan.
Samyra abrió los ojos con incredulidad.
—¿La madre de Aníbal?
Elise asintió.
—Entró en mi casa con varios hombres de seguridad. Amenazó a la niñera y se llevó a mi hija como si fuera un objeto.
Las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas.
—No sé qué piensa hacer con ella... No sé si mi niña está llorando... No sé si tiene miedo...
Ya no pudo continuar. Su voz se rompió completamente.
Samyra la abrazó con fuerza.
—¿De qué hablas?
—¡No juegues conmigo!
Su grito resonó por toda la oficina.
—¡Tu madre secuestró a mi hija!
El rostro de Aníbal perdió toda expresión.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil.
Como si no hubiera entendido aquellas palabras.
—¿Qué... dijiste?
—¡Lo que escuchaste!
Elise sacó el teléfono y le mostró la fotografía captada por la cámara de seguridad.
—¡Ella! ¡Joelle Duncan! ¡Entró en mi casa y se llevó a mi niña!
Aníbal tomó el teléfono. Observó la imagen. Su respiración se detuvo.
Era su madre. No existía ninguna duda. Sintió que el estómago se contraía.
—Eso... eso no puede ser...
Murmuró casi para sí mismo. Elise dio otro paso hacia él.
Las lágrimas seguían cayendo por su rostro. Pero ahora eran lágrimas llenas de rabia.
—Escúchame muy bien, Aníbal Duncan. Si a mi hija le falta un solo cabello... No importa quién seas. No importa cuánto dinero tenga tu familia. No importa el poder de los Duncan. Haré que tu madre termine en prisión. Moveré cielo y tierra. La destruiré. Y si tú estás involucrado... Te destruiré a ti también.
Aníbal permanecía inmóvil.
Nunca había visto a Elise de esa manera. Aquella mujer ya no era la joven orgullosa que discutía con él.
Era una madre desesperada.
Y una madre desesperada era capaz de cualquier cosa.
Sin decir una palabra, tomó nuevamente el teléfono.
Marcó el número de Joelle. Una vez. Nadie respondió.
Volvió a intentarlo. Silencio. Una tercera llamada.
Nada.
Sintió un frío recorrerle la espalda. Su madre jamás ignoraba sus llamadas.
Jamás.
Lentamente levantó la vista hacia Elise.
Por primera vez desde que ella había entrado en la oficina... Comprendió que estaba diciendo la verdad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...