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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 169

—¡Cálmate! Voy a averiguar dónde están. No sé por qué mi madre hizo esto, pero tu hija va a estar bien. Ella no haría daño a una niña… ni siquiera le interesa.

La frase salió de Aníbal con un intento evidente de control, aunque su voz ya mostraba tensión.

Elise lo miró como si no lo reconociera.

Su respiración era rápida, entrecortada. Tenía los ojos enrojecidos, el cabello ligeramente desordenado por la carrera, y las manos cerradas en puños.

—¿Y entonces por qué? —preguntó con la voz rota—. ¿Por qué alguien entra a una casa con hombres armados y se lleva a una niña?

Aníbal apretó la mandíbula.

—Es solo una…tontería

Se detuvo un segundo, como si buscara la palabra correcta, pero la rabia lo traicionó.

—Tu hija no es tan importante para ella, ni para mí, solo es… ¡La prueba de tu infidelidad!

Elise no esperó más.

La bofetada resonó en el pasillo como un estallido seco.

El impacto hizo que Aníbal girara apenas el rostro. Lentamente, llevó la mano a su mejilla, más sorprendido que herido.

El silencio se volvió pesado.

—Mi hija lo es todo en mi vida —dijo Elise con la voz temblando, pero firme—. Si algo le pasa, te juro que lo van a pagar todos. Todos.

Aníbal la miró fijamente. No con dolor, sino con una mezcla de furia contenida y desconcierto.

Por un instante, ninguno de los dos se movió.

Entonces Elise dio media vuelta, decidida a salir.

Aníbal la siguió.

***

Samyra apareció en ese momento desde el pasillo contrario.

Al verlos, frunció el ceño.

—Elise… ¿qué pasa? ¿Ya la encontraron?

Pero antes de que Elise respondiera, el mundo ya se estaba rompiendo en sus manos.

—Profesor Duncan, tiene que ayudar a Elise, ella no está sola, no puedo acompañarla, pero no dejaré que nadie haga daño a mi mejor amiga, menos a la pequeña Adara.

Aníbal asintió.

—Ten por seguro que la niña va a estar sana y salva.

Elise la miró un segundo. Luego salió corriendo por el pasillo.

Samyra se quedó quieta, con el corazón encogido.

—Esto ya se salió de control… —susurró.

Aníbal, detrás de ella, no dijo nada.

Elise corrió sin detenerse hasta el ascensor.

Sus manos temblaban tanto que apenas pudo presionar el botón.

El miedo había cambiado de forma.

Ya no era solo miedo. Era urgencia. Era rabia. Era desesperación.

Mientras el ascensor bajaba, sacó su teléfono otra vez.

Llamó. Nada. Otra vez.

Silencio.

Las imágenes de su hija invadían su mente sin permiso. Su risa. Su voz. Su olor. Su pequeño rostro.

—Resiste… mi amor… —pensó—. Mamá ya va por ti…

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Elise ya no era la misma mujer que había entrado al hospital.

Era alguien quebrado por dentro.

Pero decidido.

Al salir, Aníbal la alcanzó y la tomó del brazo.

—No puedes ir a la policía todavía —dijo él con firmeza—. Primero tengo que hablar con mi gente. Esto puede resolverse sin escándalo.

Elise lo miró como si esas palabras fueran una burla.

—¿Sin escándalo? —rio sin humor—. Mi hija fue secuestrada, Aníbal.

Intentó soltarse.

Pero él la sostuvo más fuerte.

—No vas a destruir mi madre por una suposición.

Eso fue suficiente.

Elise lo empujó con fuerza.

Agentes entrando y saliendo del edificio.

Elise sintió que el mundo se le venía encima.

Aníbal detuvo el auto de golpe.

Antes de que Elise pudiera bajar, él la sujetó del brazo.

—No puedes ir allá a destruirlo todo.

Elise lo miró con una calma aterradora.

—Suéltame.

—No.

Ella intentó soltarse. Él la detuvo de nuevo.

La tensión explotó.

—¡Si mi hija está mal, no hay nada que puedas hacer para detenerme!

Aníbal se inclinó hacia ella, con los ojos encendidos.

—Si haces que mi madre termine en prisión sin pruebas claras, voy a destruir tu carrera médica. Nadie volverá a contratarte.

Elise se quedó en silencio. Por primera vez, lo miró sin rabia. Solo con dolor.

—Aníbal… —susurró—. Estoy empezando a odiarte.

El impacto fue inmediato. Él se quedó inmóvil.

Y por primera vez, no supo qué responder, sus palabras se sintieron como un golpe en su interior.

Aflojó su agarre. Elise aprovechó y salió del auto.

El momento se congeló.

Joelle Duncan apareció a lo lejos. Caminaba con calma. Demasiada calma.

A su lado, una asistente.

Y en sus brazos…una niña.

Elise la reconoció al instante. El mundo dejó de existir.

—Adara… —susurró.

Sus piernas se movieron antes que su mente. Y comenzó a correr a alcanzarla.

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