Elise corrió desesperada hacia el centro de la sala, con el corazón golpeándole el pecho como si fuera a romperse. Su respiración era agitada, su mirada afilada, completamente centrada en una sola cosa: su hija.
La escena parecía sacada de una pesadilla.
Una mujer sostenía a la bebé en brazos. Otra persona, una asistente de la anciana que estaba sentada cerca, intentaba intervenir sin saber exactamente qué estaba ocurriendo.
Sin pensarlo dos veces, Elise se lanzó hacia adelante y arrebató a su hija de los brazos de la mujer.
—¡No la toques! —gritó con una mezcla de miedo y furia.
En el impulso, empujó a la asistente, que retrocedió sorprendida hasta chocar con una silla.
Elise abrazó a la bebé contra su pecho de inmediato.
Su cuerpo entero temblaba.
La niña estaba bien. No lloraba. Solo emitía pequeños balbuceos suaves, ajena al caos que la rodeaba.
El alivio le duró apenas un segundo.
Porque entonces al mirar a la anciana Joelle, no pudo evitarlo.
—¡Usted! ¿Cómo se atreve a secuestrar a mi hija?
La mujer levantó la cabeza de golpe.
Su expresión cambió de alivio a indignación inmediata.
—¿Secuestrar? —repitió incrédula—. ¡Elise estás loca!
En ese momento, las puertas se abrieron con rapidez.
Varios policías entraron al lugar, seguidos por un hombre de porte serio: Aníbal.
Su sola presencia hizo que la tensión aumentara aún más.
Uno de los agentes dio un paso al frente.
—Recibimos un reporte de secuestro. ¿Qué está ocurriendo aquí?
Elise apretó más a su hija contra su pecho, como si alguien pudiera quitársela en cualquier momento.
—Fue esta mujer —respondió con firmeza—. Ella intentó llevarse a mi hija.
La niñera de Elise, que había estado presente todo el tiempo, dio un paso adelante, alterada.
—¡Eso no es cierto! —exclamó—. Yo solo quería “conocer a la niña”.
El ambiente se volvió aún más tenso.
Joelle, cambió su expresión en cuestión de segundos. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas, su postura se debilitó, y llevó una mano a su pecho como si estuviera sufriendo.
—Yo no hice nada malo… —dijo con voz quebrada—. Solo quería ver a la niña que pudo ser mi nieta. Eso es todo.
Su mirada cayó hacia Elise con una mezcla de dolor y manipulación.
—Mi cabeza no está bien… a veces no razono… solo quería un momento con ella… perdóname, Elise…
Elise la observó en silencio. Por un instante, algo dentro de ella se removió. Pero no era compasión. Era alerta.
Conocía ese tipo de actuación.
Demasiado perfecta. Demasiado calculada.
—¿Tu nieta? ¡No es tu nieta, lo sabes bien! —repitió Elise lentamente, endureciendo la mirada.
Joelle bajó la cabeza como si estuviera derrotada.
—Solo… quería una oportunidad. No quise hacer daño.
Uno de los policías miró a Elise con seriedad.
—Señora, esto parece una disputa familiar. ¿Es así?
Elise dudó. El silencio se volvió pesado.
La bebé se movió ligeramente en sus brazos, y ese pequeño gesto la devolvió a la realidad.
No podía dudar. No podía permitir ni una sola grieta.
—No fue un malentendido —dijo finalmente, firme—. Intentaron llevarse a mi hija sin mi consentimiento.
El oficial intercambió una mirada con su compañero.
El ambiente era ambiguo, sin pruebas claras de violencia directa en ese momento.

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