Elise entró en su departamento con pasos rápidos, todavía con el eco del miedo golpeándole el pecho. El silencio del lugar contrastaba brutalmente con el caos que había vivido hacía apenas unos minutos.
La niñera la siguió detrás, con los ojos húmedos y la voz quebrada.
—Lo siento mucho, señora Elise… de verdad… no sabía que esto iba a pasar así…
Elise se detuvo un instante. Cerró los ojos. Respiró hondo.
No quería escuchar culpa. No ahora.
—No fue tu responsabilidad —dijo finalmente, con una voz más firme de lo que sentía—. Lo importante es que mi hija está bien.
La niñera bajó la cabeza, aún temblorosa.
Elise caminó hacia la habitación principal sin mirar atrás.
Allí estaba la cuna.
Su hija.
Dormida parcialmente, moviéndose con suavidad, como si el mundo exterior no pudiera alcanzarla dentro de ese pequeño espacio de seguridad.
Elise sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba.
El miedo no había desaparecido, pero se había transformado.
En algo más pesado. Más profundo. Más doloroso.
Abrió el cajón del mueble cercano y sacó el pago del día. Lo colocó en las manos de la niñera con cuidado, aunque esta intentó rechazarlo de inmediato.
—Señora, no hace falta…
—Sí hace falta —interrumpió Elise con suavidad, pero sin permitir discusión—. Has cumplido con tu trabajo. No mezcles esto con lo que ocurrió hoy.
La niñera la miró con tristeza.
—Prometo que estaré más atenta…
Elise negó lentamente.
—No tienes que cargar con esto. Solo… vete a descansar.
La mujer asintió finalmente, aún afectada, y se retiró del departamento en silencio.
Cuando la puerta se cerró, Elise se quedó sola.
Por un instante no se movió.
Luego caminó hasta la cerradura y la giró dos veces.
Después otra vez.
Como si el simple sonido del seguro pudiera garantizarle que nada ni nadie volvería a tocar a su hija.
Solo entonces el cuerpo le falló.
El aire salió de sus pulmones como si hubiera estado reteniéndolo durante horas.
Y rompió en llanto.
No fue un llanto escandaloso. Fue silencioso. Profundo.
Uno de esos llantos que no buscan ser escuchados, porque no hay nadie a quien explicarle el dolor.
Se llevó una mano a la boca para contener cualquier sonido.
Su pecho subía y bajaba con dificultad.
El miedo de antes aún seguía allí, pero ahora había espacio para otra cosa: la rabia contenida, la humillación, la traición.
Y el nombre que más pesaba en su mente era uno.
Aníbal. También Joelle.
“Pudo ser mi nieta…”
Elise abrió los ojos con fuerza, como si quisiera expulsar ese pensamiento de su mente.
Pero no se iba.
“Pudo ser nuestra hija…”
La frase de Joelle se repetía una y otra vez, deformándose dentro de su cabeza.
Y luego venía la otra parte.
La más dolorosa.
“Aníbal… tú nunca la querrías si supieras cómo nació.”
Elise apretó los puños.
No iba a romperse más. No frente a su hija.
Respiró hondo varias veces hasta que logró estabilizarse.
Se levantó.
Fue hasta la cuna.
Su hija estaba despierta ahora, moviendo los brazos con suavidad, buscando contacto.
Como si supiera. Como si sintiera el miedo de su madre.
Elise la tomó en brazos de inmediato.
—Ya pasó… —susurró, acariciándole el cabello—. Ya estás conmigo.
La bebé se calmó casi al instante.
Ese pequeño gesto le devolvió a Elise una parte de sí misma.
La alimentó con un biberón tibio, sosteniéndola contra su pecho con una ternura protectora que contrastaba con la tormenta emocional que llevaba dentro.
Cuando terminó, la recostó en una manta en el suelo del salón, rodeada de juguetes: bloques, peluches, pequeños objetos de colores.
La niña comenzó a explorar con curiosidad inocente.
Elise la observó en silencio. Respiró profundamente.


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