Frente a ella estaba Aníbal.
Vestía aún la misma ropa de aquella mañana.
Su cabello estaba ligeramente despeinado, el rostro endurecido y los ojos enrojecidos, como si hubiera pasado horas peleando consigo mismo.
Elise quedó inmóvil.
—¿Tú...? ¿Qué haces aquí?
No esperó una respuesta.
Intentó cerrar la puerta, pero Aníbal colocó la mano en el marco antes de que pudiera hacerlo.
—Necesitamos hablar.
—No.
Empujó con fuerza la puerta.
Él resistió el movimiento.
—Solo serán unos minutos.
—No quiero hablar contigo.
La voz de Elise era firme, pero sus manos temblaban ligeramente.
Aníbal lo notó.
Con un movimiento decidido, terminó de abrir la puerta y entró al departamento.
Elise retrocedió un paso, sorprendida por su determinación.
—¡Sal de mi casa!
Él se detuvo a pocos metros de ella.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo se miraron. Dos personas que habían compartido sueños, promesas y años de amor.
Dos desconocidos unidos únicamente por el dolor.
Finalmente, Aníbal rompió el silencio.
—Vine a pedirte disculpas... por mi madre.
Elise no respondió.
—Lo que hizo fue imperdonable.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Eso ya lo sé.
—Hablaré con ella. No volverá a acercarse a ti ni a tu hija.
Elise soltó una risa breve, cargada de amargura.
—¿De verdad crees que unas disculpas solucionan lo que ocurrió hoy?
Aníbal bajó la mirada durante un instante.
—No.
Metió una mano al bolsillo de la chaqueta y sacó una chequera.
—Pero puedo hacerme responsable. Dime cuánto costó todo esto. Si necesitas cambiar de domicilio, contratar seguridad o cualquier otra cosa... yo lo pagaré.
Elise lo observó como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.
Después sonrió con tristeza.
—Siempre haces lo mismo.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Crees que todo puede arreglarse con dinero.
Tomó la chequera y la dejó sobre la mesa sin siquiera abrirla.
—No necesito tus millones, doctor Duncan.
Pronunció su apellido con una frialdad que le atravesó el pecho.
—Lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida.
Aquellas palabras fueron como un bisturí.
Precisas. Silenciosas. Mortales.
—No volveré a interferir en tu trabajo —continuó ella—. Tampoco buscaré cruzarme contigo fuera del hospital. Tú sigue con tu vida... y déjame seguir con la mía.
Aníbal sintió que el aire le faltaba.
La observó durante largos segundos.
Había imaginado muchas veces sus palabras.
Pero nunca creyó que ella pudiera hablarle con semejante indiferencia.
—¿Tienes idea de lo que estás diciendo?
Elise sostuvo su mirada.
—Perfectamente.
Él soltó una risa seca.
—Qué conveniente.
Ella no entendió.
—¿Conveniente?
Aníbal dio un paso hacia ella.
—Vienes a decirme que siga con mi vida... como si tú no hubieras destruido la mía primero.
Elise sintió un leve estremecimiento.
Había esperado ese reproche desde hacía años. Aun así, escucharlo seguía doliendo.
—No empieces...
—¿Que no empiece?
La voz de Aníbal comenzó a quebrarse.
—¿Sabes cuántas veces repetí aquella conversación en mi cabeza?
Guardó silencio unos segundos.
Su mirada se perdió en algún punto del pasado.
—Miles.
“Aníbal lo recordó todo
Aquel día había regresado de Suiza con una felicidad que apenas podía contener.
Había pasado dos semanas negociando con una de las universidades médicas más prestigiosas del mundo.
Después de años de esfuerzo, por fin había conseguido lo que parecía imposible.
Lo aceptarían como profesor invitado y, al año siguiente, asumiría la dirección de uno de los proyectos de investigación más importantes del programa de posgrado.
Pero esa no era la noticia que más ilusión le hacía.
Sonrió durante todo el vuelo de regreso.
Porque había conseguido algo más.
Después de insistir durante semanas, la universidad también había aceptado recibir a Elise.
Había mostrado sus calificaciones, sus investigaciones y las cartas de recomendación que él mismo había conseguido.
No sería fácil. Tendría que demostrar su talento.
Pero tendría la oportunidad.
Era el comienzo del futuro que ambos habían imaginado.
Recordó cómo, antes de viajar, Elise había apoyado la cabeza sobre su hombro mientras hablaban del pequeño apartamento que alquilarían en Zúrich.
—Cuando terminemos el posgrado... tendremos una casa con un jardín enorme.
—¿Y para qué quieres un jardín?
—Porque quiero un perro.
Él había reído.
—Tú odias limpiar.
—Entonces limpiarás tú.
Habían terminado riéndose los dos.
Después ella levantó la vista y le dijo algo que jamás olvidaría.
—Mientras esté contigo... cualquier lugar será mi hogar.
Aquellas palabras habían quedado grabadas en su corazón.
Por eso, cuando el taxi se detuvo frente al edificio donde vivían, Aníbal sintió que estaba llegando al primer día del resto de su vida.
Llevaba en la mochila los documentos de la universidad.
También un pequeño estuche de terciopelo azul. Dentro descansaba un anillo.
No era una fecha especial.
No hacía falta.
Solo quería pedirle que se casaran antes de partir a Suiza.
Nunca imaginó que, al abrir la puerta del departamento, el sueño que había tardado años en construir estaba a punto de derrumbarse frente a sus propios ojos.
Aníbal empujó lentamente la puerta del departamento.

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