La pregunta de Aníbal quedó suspendida en el aire como una sentencia.
—¿Por qué, Elise?
Ella sintió que el corazón se le comprimía.
Otra vez aquella pregunta. La misma que llevaba años persiguiéndola en sueños.
Retrocedió un paso, incapaz de sostener su mirada.
Necesitaba escapar. No de él.
De la culpa. De los recuerdos. De la verdad que había jurado guardar hasta el final de sus días.
—No me preguntes eso... —susurró con la voz quebrada.
Giró sobre sus talones con la intención de alejarse, pero apenas dio dos pasos cuando sintió que las piernas le flaqueaban.
Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa.
Aníbal avanzó instintivamente detrás de ella.
No había rabia en sus movimientos.
Solo desesperación.
Durante tanto tiempo quiso saber la razón de su crueldad. Había ensayado miles de respuestas, miles de reproches, incluso miles de formas de odiarla. Pero jamás imaginó verla tan frágil.
Elise retrocedió hasta chocar con el borde del sofá.
Perdió el equilibrio.
Su cuerpo se inclinó hacia atrás. Antes de que cayera, dos brazos la sujetaron por la cintura.
Durante un instante el tiempo dejó de existir.
Ella levantó lentamente la cabeza. Él también.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Ya no había reproches. Solo un cansancio infinito.
Dos almas rotas contemplándose desde la distancia que ellas mismas habían construido.
Aníbal sintió cómo el perfume de Elise despertaba recuerdos que jamás había conseguido enterrar.
Las madrugadas estudiando juntos. Las risas en la cocina.
Los cafés compartidos después de guardias interminables.
Las promesas de una vida en Suiza.
La forma en que hacían el amor…
Nada de aquello había desaparecido.
Solo había quedado sepultado bajo dolor.
Su mano ascendió lentamente hasta acariciar la mejilla de Elise.
No lo hizo de inmediato. Dudó.
Como si esperara que ella apartara el rostro.
Pero Elise permaneció inmóvil. Sentía el calor de aquella mano igual que años atrás.
Una parte de ella quería alejarse.
La otra llevaba demasiado tiempo anhelando volver a sentir aquel contacto.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No deberías estar aquí... —susurró.
—Lo sé.
—Esto está mal.
Ninguno de los dos se movía.
Solo respiraban. Muy cerca. Demasiado cerca.
El silencio hablaba por ellos.
Había cosas que jamás se habían dicho. Perdones que nunca llegaron. Verdades que permanecían ocultas.
Y, pese a todo, el amor seguía allí.
Herido. Maltratado. Pero vivo.
Aníbal cerró los ojos un instante, intentando recuperar el control.
«No.»
No debía hacerlo. Ella lo había rechazado. Le había pedido que se marchara.
Debía irse.
Sin embargo, cuando volvió a abrir los ojos encontró a Elise observándolo con una tristeza tan profunda que sintió cómo todas sus defensas se derrumbaban.
Ella tampoco podía apartar la mirada.
Durante años había repetido que lo había olvidado. Que ya no existía nada entre ellos.
Era mentira.
La cercanía de Aníbal bastaba para demostrarlo. Sin darse cuenta, apoyó una mano sobre el pecho de él.
Sintió el latido acelerado de su corazón. Él cubrió esa mano con la suya.
—Sigues temblando... —murmuró.
Los dos quedaron inmóviles.
Porque, por primera vez en años, una verdad había sustituido a las mentiras.
Aníbal levantó lentamente la otra mano y apartó un mechón de cabello que caía sobre el rostro de Elise.
Lo hizo con infinita delicadeza. Como si temiera romperla.
Ella no retrocedió. Al contrario.
Cerró los ojos apenas un segundo.

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