—No...
Aníbal abrió los ojos. La expresión de Elise había cambiado por completo.
Ya no lo estaba mirando.
Miraba a través de él. Como si contemplara un horror invisible.
—Elise...
Ella comenzó a retroceder.
Las manos le temblaban sin control.
—¡No...!
Su voz se quebró.
El terror invadió todo su cuerpo, era como si estuviera en el pasado, en una realidad monstruosa y distinta.
—¡No me toquen!
Se cubrió la cabeza con ambos brazos.
Las lágrimas brotaban sin control.
—¡Por favor... no!
Aníbal sintió que la sangre se le helaba.
Aquello no era rechazo. Era pánico.
Un pánico tan profundo que parecía arrancarle el alma.
Intentó acercarse muy despacio.
—Elise... mírame.
Ella negó frenéticamente.
Hiperventilaba. Temblaba de pies a cabeza.
Comenzó a golpearlo sin fuerza, completamente desorientada.
Sus uñas arañaron los brazos de Aníbal mientras intentaba apartarlo.
—¡Déjame...! ¡No...!
Él no respondió con enfado. Solo sintió una angustia inmensa.
La mujer que tenía delante no estaba luchando contra él.
Estaba atrapada en lo que parecía un mal recuerdo o en una alucinación y no supo que le dio más miedo.
Con infinito cuidado sujetó sus muñecas para evitar que se lastimara.
—Soy yo... escúchame.
Su voz era serena.
La misma que utilizaba con sus pacientes.
—Mírame, Elise. Soy Aníbal. Estás a salvo. Nadie va a hacerte daño.
Pero ella seguía perdida. Hasta que un llanto agudo atravesó el departamento.
Adara.
La pequeña lloraba desde su habitación.
El sonido rompió el trance.
Elise parpadeó varias veces. Volvió al presente de golpe.
Miró a Aníbal. Después sus propias manos.
Finalmente escuchó a su hija. El horror invadió su rostro.
—Yo... —balbuceó entre sollozos—. Lo siento... yo...
Intentó ponerse de pie para correr hacia la habitación.
Sin embargo, el mundo comenzó a dar vueltas.
Su visión se volvió borrosa.
Las fuerzas la abandonaron por completo.
Aníbal alcanzó a sujetarla antes de que golpeara el suelo.
—¡Elise!
Ella ya no respondió.
Había perdido el conocimiento entre sus brazos.
***
Aníbal la llevó con cuidado hasta la alcoba.
No hubo palabras mientras la recostaba en la cama. Solo el sonido de su respiración agitada y el roce de las sábanas bajo su cuerpo inerte.
Sus manos actuaron por instinto médico, no emocional.
Revisó su pulso. Después su respiración.
La presión arterial estaba elevada, su piel demasiado pálida, pero el ritmo cardiaco comenzaba a estabilizarse lentamente.
—¿Qué fue esto, Elise…? —murmuró con voz baja, más para sí mismo que para ella—. ¿Qué te hicieron?
La observó en silencio. No era un simple desmayo.
Lo sabía.
Había algo más profundo, algo que no encajaba con una reacción emocional común.
Algo que no había visto… o quizá nunca en ella.
Sus dedos rozaron su mejilla. Fría. Frágil.
Demasiado distinta a la Elise que recordaba.
Una Elise que discutía con él por orgullo, no por miedo.
Se inclinó apenas, como si buscara una respuesta en su rostro dormido.
Pero Elise no respondía. Solo respiraba con dificultad.
Un sonido repentino lo sacó de sus pensamientos.
El llanto de una bebé. Desesperado.
Aníbal salió de inmediato.
***
La encontró en la habitación contigua, en la cuna, a punto de girarse peligrosamente hacia el borde.
La tomó en brazos con rapidez, evitando la caída.
La bebé dejó de llorar apenas sintió el contacto.


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