Samyra llegó al hospital sin aliento, corriendo por los pasillos con el corazón desbocado.
Apenas recordaba cómo había conducido hasta allí. Solo podía escuchar una frase repitiéndose una y otra vez en su mente:
«Omar está en peligro.»
Las puertas del área de cuidados intensivos se abrieron frente a ella. Al otro lado la esperaba Phillip, cuya expresión seria bastó para hacerle comprender que las noticias no eran buenas.
—Phillip... ¿qué pasó? —preguntó con la voz entrecortada.
El médico exhaló lentamente antes de responder.
—El medicamento no funcionó como esperábamos. Su organismo presentó una reacción secundaria muy agresiva. Durante unos minutos perdimos el control de la situación, pero logramos estabilizarlo.
Samyra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Y ahora? —susurró, incapaz de ocultar el miedo.
Phillip guardó silencio unos segundos.
—Ahora debemos actuar con mucho cuidado. Su cuerpo está muy debilitado.
Aquellas palabras fueron suficientes para sembrar el terror en su corazón.
Si el tratamiento había fallado...
¿Qué otra esperanza les quedaba?
—Quiero verlo.
Phillip asintió en silencio.
Samyra entró lentamente en la habitación.
El sonido constante del monitor cardíaco llenaba el ambiente. Cada pitido era un recordatorio de que Omar seguía luchando.
Al verlo, sintió que el pecho se le oprimía.
Su rostro había perdido el color. Sus labios estaban pálidos. Varias líneas intravenosas recorrían sus brazos mientras el oxígeno lo ayudaba a respirar.
Nunca lo había visto tan vulnerable.
Aquel hombre fuerte, capaz de enfrentarse a cualquiera sin mostrar miedo, ahora parecía librar la batalla más difícil de su vida desde el silencio.
Se acercó despacio hasta la cama.
Con infinita delicadeza tomó una de sus manos. Estaba fría.
La llevó hasta sus labios y la besó con ternura, cerrando los ojos para contener las lágrimas.
—Omar... —susurró con la voz quebrada—. No puedes rendirte.
Acarició suavemente sus dedos.
—Tienes que seguir luchando... por mí... por nuestros hijos. Ellos todavía te necesitan.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Yo también te necesito.
Omar permanecía dormido, inmóvil, ajeno a todo cuanto ocurría a su alrededor.
Sin embargo, Samyra apretó un poco más su mano, como si quisiera transmitirle parte de su propia fuerza.
—No voy a dejar que te vayas —murmuró con determinación.
Minutos después salió de la habitación.
Phillip y Lewis ya la esperaban en la sala de reuniones del laboratorio.
Sobre la mesa descansaban análisis, radiografías y los últimos resultados clínicos.
Phillip señaló las imágenes de los pulmones.
—La reacción inflamatoria comenzó a dañarlos. Vamos a iniciar un tratamiento con inmunodepresores para intentar controlar la respuesta de su organismo, pero necesitamos encontrar una alternativa cuanto antes.
Samyra observó cada estudio sin lograr concentrarse.
Las cifras parecían mezclarse delante de sus ojos.
Su mente seguía junto a Omar. Respiró hondo.
No podía continuar así.
Salió unos minutos del laboratorio.
Apoyó ambas manos sobre la pared del pasillo y cerró los ojos.
Durante unos segundos permitió que el miedo la envolviera.
Quería llorar. Quería gritar. Quería derrumbarse.
Pero sabía que no podía hacerlo.
Se secó las lágrimas con firmeza.
Cuando volvió a abrir los ojos, algo había cambiado.
En ese instante dejó de pensar únicamente como la mujer que amaba desesperadamente a Omar.
Ahora era también la doctora que debía salvarlo.
Regresó al laboratorio con una determinación completamente distinta.
Comenzó a revisar nuevamente la fórmula del medicamento, comparó resultados, corrigió dosis, estudió la respuesta inmunológica y volvió a analizar cada ensayo realizado durante las últimas semanas.
Una idea empezó a tomar forma.
Si modificaban la combinación de compuestos y añadían un agente capaz de reducir la inflamación sin comprometer el resto del tratamiento, quizá podrían darle una nueva oportunidad.
Lewis entró en ese momento y observó las anotaciones que cubrían la mesa.
Leyó los cálculos con atención antes de levantar la vista hacia ella.
—Es arriesgado... —admitió después de unos segundos—. Nadie ha probado exactamente esta combinación.
Samyra sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Las largas horas de preocupación comenzaron a pasarle factura.
Apoyó la cabeza junto al borde de la cama, sin soltar la mano de Elise.
El agotamiento terminó venciendo incluso a su voluntad.
Poco a poco, cerró los ojos.
Y, por primera vez en muchos días, se quedó profundamente dormido.
***
A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas, iluminando suavemente la habitación.
Elise comenzó a despertar. Todo le parecía confuso.
Le pesaban los párpados y una ligera sensación de mareo le nublaba los pensamientos.
Parpadeó varias veces antes de reconocer su habitación.
Respiró despacio.
Durante unos segundos, su mente permaneció completamente en blanco.
¿Qué había ocurrido?
El dolor. La desesperación. La oscuridad.
Su respiración se aceleró de inmediato.
Giró la cabeza con ansiedad hasta encontrar la pequeña cuna.
Allí estaba. Su hija dormía profundamente, ajena a todo el sufrimiento que la había rodeado.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Elise casi al instante.
Una inmensa sensación de alivio inundó su pecho.
Pero al volver lentamente la mirada hacia un lado de la cama, su corazón dio un vuelco.
Aníbal seguía allí.
Dormía sentado en la silla, con la cabeza apoyada sobre el colchón.
Su mano continuaba sujetando la de ella, incluso mientras dormía.
Elise permaneció inmóvil.
Lo observó durante largos segundos. Parecía completamente agotado.
Por un instante sintió el impulso de retirar la mano.
Pero no lo hizo.
Se quedó contemplándolo en silencio, incapaz de apartar la vista del hombre al que había intentado sacar de su corazón tantas veces... y que, aun así, había permanecido a su lado.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...