—Despertaste...
La voz de Aníbal fue apenas un murmullo.
Había permanecido tantas horas junto a su cama que, cuando sintió un ligero movimiento en la mano que aún sostenía entre las suyas, abrió los ojos de inmediato.
El cansancio desapareció al verla consciente.
Una mezcla de alivio y preocupación cruzó su rostro.
Elise volvió lentamente la cabeza hacia él.
Durante un instante, sus miradas se encontraron.
No había ternura. Tampoco indiferencia.
Solo una historia llena de heridas que ninguno de los dos había logrado cerrar.
Con un movimiento lento, Elise retiró su mano de la de él.
Aquel pequeño gesto fue suficiente para que Aníbal sintiera un vacío en el pecho.
—Vete... —susurró ella, evitando mirarlo directamente—. Solo vete, por favor.
Aníbal negó con la cabeza.
No podía hacerlo. No después de todo lo que había escuchado la noche anterior.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Elise... ayer sufriste un ataque de pánico. Estabas muy alterada. Dijiste muchas cosas...
Su voz perdió firmeza por un instante.
—Y desde entonces no he podido dejar de pensar en ellas.
Ella cerró los ojos.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Aníbal tragó saliva antes de formular la pregunta que llevaba horas atormentándolo.
—¿Quién te hizo tanto daño?
Guardó silencio unos segundos.
Después añadió con una sinceridad que ni él mismo esperaba:
—Dime... ¿fui yo?
Elise volvió a abrir los ojos lentamente.
Lo observó fijamente. Había tantas respuestas atrapadas en su garganta.
Tantos reproches. Tantos recuerdos.
Durante años había imaginado ese momento.
Había soñado con enfrentarlo, con decirle todo lo que había guardado en silencio.
Pero ahora que él estaba frente a ella... Las palabras simplemente no salían.
Solo permanecían allí, transformándose en un dolor imposible de explicar.
—Por favor... —susurró finalmente—. Déjame sola.
Aníbal bajó la mirada.
Por primera vez comprendió que insistir solo conseguiría hacerla sufrir más.
Aun así, no podía marcharse sin decir una última cosa.
—No voy a obligarte a hablar hoy.
Se puso lentamente de pie.
—Pero algún día tendrás que responderme.
Le sostuvo la mirada un instante más.
Después dio media vuelta y abandonó la habitación.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Elise permaneció inmóvil durante varios segundos.
Solo cuando la puerta se cerró dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Se incorporó lentamente sobre la cama.
Su corazón latía con fuerza.
Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a regresar uno tras otro.
Las voces. El miedo. El ataque de pánico. Las palabras que había pronunciado sin controlar su mente.
Su respiración volvió a acelerarse.
Llevó una mano hasta su frente.
—No... —susurró.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—¿Y si dije algo...?
La sola posibilidad hizo que el miedo se instalara nuevamente en su pecho.
¿Qué había confesado mientras estaba fuera de sí?
¿Aníbal habría descubierto el secreto que llevaba tantos años ocultando?
Cerró los ojos con fuerza.
Por primera vez desde que despertó, sintió verdadero pánico.
***
Un par de horas después, en la sala de juntas del hospital universitario, el ambiente era completamente distinto.
Alrededor de la mesa se encontraban reunidos los directores médicos, investigadores y especialistas responsables del caso de Omar Al-Sabah.
El silencio era absoluto.
Sobre la pantalla se proyectaban los nuevos resultados del tratamiento.
Samyra respiró profundamente antes de comenzar la presentación.
—Después de analizar la reacción adversa del paciente, modificamos la formulación del medicamento.
Los presentes observaron atentamente la nueva composición.
Los principios activos seguían siendo prácticamente los mismos.
Sin embargo, la dosis de uno de los compuestos inmunomoduladores había sido ajustada y se había incorporado un nuevo agente para controlar la respuesta inflamatoria.
Algunos médicos comenzaron a revisar los documentos entre murmullos.
La preocupación era evidente. Uno de los directivos rompió el silencio.
—Doctora Hassan... esta modificación podría aumentar el riesgo de nuevas complicaciones.
Samyra asintió. No intentó ocultarlo.
—Lo sé.
Miró a cada uno de los presentes.
—Pero también sabemos que el tratamiento anterior ya fracasó. Si seguimos exactamente el mismo protocolo, las posibilidades de salvar al paciente disminuyen cada hora que pasa. Necesitamos intentar algo diferente.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Lewis tomó la palabra.
—He revisado personalmente los cálculos y respaldo esta propuesta. Es una decisión arriesgada, sí, pero está basada en evidencia científica.
Phillip también intervino.
—Yo apoyo a la doctora Hassan. El tiempo juega en nuestra contra —dijo Lewis
Los miembros del comité comenzaron a votar.

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