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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 18

Samyra no soportó pasar una noche más dentro del hospital.

Las paredes blancas, el olor a desinfectante y el sonido constante de los monitores le parecían insoportables.

Cada minuto que permanecía allí se sentía como una extensión innecesaria del dolor que ya llevaba dentro.

No quería más preguntas, no quería más miradas, no quería más nada que la atara a ese momento.

Con manos aun ligeramente temblorosas, solicitó el alta médica.

Los médicos intentaron advertirle sobre los riesgos, sobre la necesidad de reposo, sobre la importancia de la observación.

Pero Samyra no escuchaba realmente.

Asentía sin mirar, como si cada palabra entrara por un oído y saliera por el otro sin dejar rastro. Su decisión ya estaba tomada desde antes de pronunciarla.

Pagó su salida del hospital personalmente.

No aceptó que nadie interviniera por ella.

Cuando finalmente cruzó las puertas del edificio, sintió una extraña mezcla de alivio y vacío.

El aire exterior no le trajo paz, solo una sensación de desorientación profunda, como si hubiera salido de un lugar que ya no pertenecía a su vida.

Detuvo un taxi en la entrada.

—A la villa este de Al-Sabah —dijo simplemente.

El trayecto fue silencioso.

Samyra observaba el paisaje sin realmente verlo. Las luces de la ciudad pasaban frente a sus ojos como sombras borrosas, mientras su mente repetía una y otra vez la misma idea: irse. Necesitaba irse.

Alejarse de todo lo que la estaba desgastando por dentro.

Cuando el vehículo se detuvo, pagó sin decir una palabra y entró a la villa.

El interior estaba en calma.

Demasiado en calma.

Esa tranquilidad contrastaba con el caos que llevaba dentro, y eso solo empeoraba la sensación de irrealidad.

Subió directamente a su habitación.

Cerró la puerta detrás de ella con suavidad, como si incluso el sonido pudiera romperla.

Se quedó de pie unos segundos. Inmóvil.

Respirando con dificultad.

Luego, como si su cuerpo finalmente cediera al peso de todo lo que había vivido, se sentó al borde de la cama.

Sus manos seguían temblando.

No era un temblor fuerte, pero sí constante, traicionero, imposible de ignorar.

Miró sus dedos como si no le pertenecieran, como si fueran la prueba física de algo que no podía controlar.

El silencio de la habitación era abrumador.

Sin pensarlo demasiado, tomó su teléfono.

Lo desbloqueó. Abrió su correo electrónico.

Su respiración se volvió más lenta, pero no más estable. Era como si estuviera a punto de cruzar un punto sin retorno, aunque aún no lo admitiera completamente.

Buscó el contacto del abogado.

Un bufete reconocido en la ciudad, especializado en casos de divorcio entre familias influyentes.

No era una decisión improvisada del todo, pero tampoco completamente racional. Era una mezcla peligrosa de dolor, cansancio y necesidad de escapar.

Escribió el mensaje. Las palabras salieron simples, casi frías.

Solicitó una reunión. No pidió ayuda. No pidió orientación.

Solo un encuentro.

Cuando lo envió, dejó el teléfono sobre la cama como si quemara.

Por primera vez en mucho tiempo, Samyra no estaba segura de lo que acababa de hacer.

Pero sí sabía una cosa con absoluta claridad: quedarse ya no era una opción.

***

En el hospital, el ambiente era completamente distinto.

Omar permanecía en la sala de espera, tenso, con la mirada fija en el pasillo por donde el médico debía aparecer en cualquier momento.

No se había movido. Su mente estaba dividida entre dos pensamientos que no le daban tregua: Nayla y Samyra.

La puerta finalmente se abrió.

El doctor apareció con un expediente en la mano.

—¿Cómo está? —preguntó Omar de inmediato, sin rodeos.

El médico mantuvo un tono profesional.

—La paciente está bien. Solo sufrió un mareo debido a una ligera anemia. No hay nada grave.

Giró el rostro. Buscó con la mirada.

Pero él no estaba. Solo la enfermera junto a la cama.

—¿Por qué no está conmigo? —preguntó, incorporándose ligeramente, confundida.

La enfermera la observó con cierta duda antes de responder.

—El señor Al-Sabah se ha ido, señorita. Probablemente fue con su esposa, quien fue dada de alta hace poco.

El silencio que siguió fue pesado.

Demasiado largo. Demasiado claro.

La enfermera salió de la habitación, dejándola sola.

Y en ese instante, la expresión de Nayla cambió.

Sus manos se cerraron lentamente en puños.

El dolor en su pecho no era físico. Era algo más profundo.

Más afilado y humillante.

“Samyra…”

El nombre cruzó su mente como un pensamiento venenoso.

A pesar de todo lo que creía haber construido, a pesar de la idea que se había formado de su lugar en la vida de Omar, la realidad había sido evidente en un solo gesto: él la había dejado atrás sin dudar.

Porque Samyra se había ido. Y Omar había corrido tras ella.

Nayla bajó la mirada, con los ojos oscuros, cargados de una mezcla de rabia y dolor contenido.

Por primera vez, algo dentro de ella cambió.

El doctor entró poco después y la observó en silencio durante unos segundos.

—Señorita Nasser… hay algo que debe saber.

Nayla sintió cómo el aire se volvía pesado.

—Los análisis confirman que está embarazada. Tiene aproximadamente cuatro semanas.

El mundo se detuvo.

Sus manos se tensaron sobre las sábanas.

Y en sus ojos no hubo alegría… solo una mezcla de miedo y angustia silenciosa.

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