Omar llegó a la villa completamente fuera de sí.
No se detuvo a pensar. Entró con la respiración agitada, como si cada segundo perdido pudiera significar que ya era demasiado tarde.
La idea de no encontrar a Samyra dentro de la casa lo golpeaba con una ansiedad que nunca había experimentado.
No era solo miedo. Era algo más profundo.
Algo que le apretaba el pecho con una violencia desconocida. Perderla.
Esa palabra, que siempre había sonado lejana, ahora era real.
Subió las escaleras de dos en dos, ignorando cualquier sonido a su alrededor. Su mente no estaba en orden. Solo había una imagen constante: una habitación vacía, una villa silenciosa, una ausencia definitiva.
Empujó la puerta de la habitación sin esperar.
Y entonces la vio. Samyra estaba allí.
Sentada en la cama. Inmóvil.
El simple hecho de verla hizo que el aire regresara a sus pulmones de golpe, como si hubiera estado ahogándose sin darse cuenta.
El alivio fue inmediato. Demasiado intenso.
Sin pensar, Omar avanzó hacia ella y la abrazó con fuerza.
Fue un gesto impulsivo, desesperado, casi instintivo. Como si su cuerpo reaccionara antes que su orgullo o su razón.
Pero Samyra reaccionó de inmediato.
Abrió los ojos y se apartó bruscamente.
—¡No me toques! —dijo con firmeza, incorporándose con rapidez.
Omar no la soltó del todo.
Sus brazos la retuvieron un segundo más, como si no pudiera aceptar esa distancia.
—Samyra… no te enojes —dijo con voz baja, cargada de tensión—. Tuve miedo de perderte. No quiero que te alejes de mí.
Ella lo empujó con más fuerza esta vez, logrando liberarse.
Se quedó frente a él, respirando rápido, con los ojos encendidos de una mezcla de dolor y determinación.
—¿Y para qué me quieres? —preguntó con frialdad contenida—. ¿Para tenerme aquí mientras preparas tu segunda esposa? ¿Mientras mantienes a tu eterno amor de juventud?
Las palabras cayeron como golpes directos.
Omar retrocedió apenas un paso.
No por debilidad física.
Sino porque algo en su interior se estremeció.
—Samyra… otra vez con eso —respondió, apretando la mandíbula.
Pero ella no se detuvo.
Su voz, aunque firme, tenía una grieta emocional que no lograba ocultar del todo.
—No hagas esto más difícil —continuó—. Me iré. Solo firma el divorcio. Incluso puedes quedarte con todo. Te daré el mahr completo. No quiero nada.
El silencio que siguió fue denso.
Casi insoportable.
Omar la miró como si no hubiera entendido lo que acababa de escuchar.
—¿Te irás… sin nada? —preguntó con voz más baja.
Samyra asintió.
—Sin nada.
Ese gesto fue más fuerte que cualquier grito.
Omar se acercó de golpe, tomando su rostro con ambas manos.
Sus ojos estaban enrojecidos, tensos, cargados de algo que no terminaba de convertirse en palabras.
—No te irás de mí —dijo con firmeza—. No lo permitiré.
Pero Samyra no bajó la mirada.
—No puedes retenerme mientras tú decides quién ocupa tu vida —respondió ella con calma helada—. O ella se convierte en tu esposa… o yo me voy. No puedes tener todo lo que quieres.
Omar la soltó lentamente.
Como si el contacto le quemara.
—Samyra… ¿cómo puedes hablarme así? —su voz bajó un tono, herida—. Te estás volviendo cruel.


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