Aníbal conducía sin saber realmente hacia dónde iba.
Las luces de la ciudad desfilaban frente a él como manchas borrosas, incapaces de atravesar la tormenta que llevaba dentro.
No escuchaba el motor.
Solo escuchaba una y otra vez la voz quebrada de Elise.
"No te engañé... nunca te fui infiel..."
Después aquella confesión que había terminado por destrozarlo.
"Me agredieron... luché... pero no pude detenerlos..."
Sintió que el aire abandonaba sus pulmones una vez más.
Toda su vida creyó que había sido traicionado.
Toda su vida la había odiado por una mentira.
Y ella...
Ella había soportado sola el peso de un infierno que jamás debió cargar.
—¡Maldita sea! —golpeó el volante con tanta fuerza que el claxon sonó en medio de la carretera.
La culpa era insoportable. No podía respirar. No podía pensar. No podía perdonarse.
Con un movimiento brusco giró hacia el acotamiento y detuvo el automóvil. El silencio que siguió resultó ensordecedor.
Abrió la puerta de golpe.
El viento helado lo recibió como una bofetada.
La nieve caía lentamente, cubriendo el asfalto con un manto blanco, pero Aníbal ni siquiera la sintió.
Comenzó a caminar sin rumbo, alejándose del coche.
Cada paso pesaba como si llevara cadenas sujetas a los pies.
De pronto se detuvo.
Las piernas dejaron de sostenerlo.
Cayó de rodillas sobre la nieve.
Las manos se hundieron en el suelo helado mientras un sollozo escapaba de su pecho.
No pudo contenerse más.
Lloró. Lloró como no lo hacía desde que era un niño.
Las lágrimas descendían sin control por su rostro mientras apretaba los puños con desesperación.
—¡Perdóname...! —gritó al cielo vacío.
Su voz se perdió entre el viento.
Mientras él creía ser la víctima... La verdadera víctima siempre había sido ella.
—¡Dios...! —su voz volvió a romperse.
Se llevó ambas manos al rostro.
—¿Cómo pude hacerte esto?
Las lágrimas continuaban cayendo sin descanso.
Había dedicado años enteros a odiar a la única mujer que realmente había amado.
Y lo peor... Era que ella nunca dejó de amarlo.
Ese pensamiento terminó de quebrarlo.
Recordó la forma en que Elise había llorado mientras confesaba la verdad.
Recordó el miedo en sus ojos.
Un hombre habría jurado protegerla. Él, en cambio... La había condenado.
El pecho comenzó a dolerle con tanta intensidad que tuvo que inclinarse hacia delante para recuperar el aire.
Por un instante creyó que el corazón iba a detenerse.
—Soy un miserable...
Las palabras apenas fueron un susurro.
Entonces levantó la vista hacia el cielo gris.
Respiró profundamente.
Y por primera vez en muchos años dejó que su orgullo muriera por completo.
—Si existe alguna forma de reparar todo esto... dedicaré el resto de mi vida a hacerlo.
No sabía cuánto tiempo permaneció allí.
El tiempo había dejado de existir.
Hasta que una imagen apareció en su mente.
Elise. Sola. En su departamento.
Después de haber abierto la herida más dolorosa de toda su vida.
Su corazón dio un vuelco. Se puso de pie de inmediato.
—No...
Negó con la cabeza mientras limpiaba torpemente las lágrimas de su rostro.
—No puede estar sola ahora.
Comprendió entonces algo que jamás había entendido.
Durante años creyó que Elise era una mujer fuerte. Pero no.
No era fuerte porque no necesitara ayuda. Era fuerte porque nunca tuvo a nadie que la sostuviera cuando se rompía.
Y él... Él debió haber sido esa persona.
—No volverás a sufrir sola...
Lo prometo.
Corrió hacia el automóvil.
Subió al auto y volvió a conducir de prisa.
***
Elise permanecía inmóvil junto a la ventana.
La calefacción llenaba el departamento de un calor agradable, pero ella seguía sintiendo frío.
No era el invierno de Zúrich.
Era el agotamiento de una vida entera.
Sus ojos se desviaron hacia la pequeña cuna colocada junto a la pared.
Adara dormía profundamente, abrazada a su manta favorita, ajena a las lágrimas de su madre y a las tormentas de los adultos.
Elise sonrió con tristeza.
Se acercó despacio y acomodó con cuidado un mechón de cabello sobre la frente de la niña.
—Ojalá nunca conozcas el dolor que yo conocí... —susurró acariciándole la mejilla—. Prométeme que siempre sonreirás...
Los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez.
Después de tantos años... Había dicho la verdad.
La verdad que llevaba enterrando desde la noche que destruyó su vida.
Sentía un extraño alivio. Pero también un miedo insoportable.
—Ya no pienses más... —se dijo en voz baja.
Necesitaba dormir.
Dentro de unas horas tendría que volver al hospital.

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