En el hospital.
Estaba en silencio. Un silencio de esos que no eran tranquilos, sino frágiles… como si cualquier respiración pudiera romper algo que apenas estaba sosteniéndose.
Samyra no recordaba en qué momento dejó de rezar.
Solo sabía que había terminado de pedirle a Alá entre lágrimas, una y otra vez, con las manos aún aferradas a la sábana de Omar, como si soltarlo significara perderlo para siempre.
La madrugada se había ido sin que ella se diera cuenta.
Su cuerpo cedió. Y terminó dormida, sentada en esa silla incómoda, con la cabeza inclinada hacia la cama, aun sosteniendo la mano de él.
Omar. Su pulso seguía ahí.
Débil, pero real.
Como una promesa que aún no se atrevía a morir.
El leve sonido de pasos la despertó de golpe.
—Samyra…
La voz de Phillip.
Samyra abrió los ojos de inmediato, sobresaltada, con el corazón golpeándole el pecho como si hubiera estado cayendo desde muy alto.
—¿Qué…? —su voz salió rota.
Phillip no tenía el rostro de antes.
No era el de preocupación. Era distinto.
Más suave. Más… esperanzado.
Y eso la asustó más que cualquier otra cosa.
—El tratamiento está funcionando —dijo él.
Hubo un segundo donde Samyra no entendió las palabras.
Su mente simplemente se negó a procesarlas.
—¿Qué… dijiste?
Phillip se acercó, esta vez con una carpeta en la mano, y la abrió frente a ella.
Las cifras. Los niveles. La estabilidad.
Todo estaba cambiando. Todo estaba mejorando.
—Omar está respondiendo —repitió él—. Sus pulmones están estabilizándose. No es una recuperación completa… pero es un avance real.
El mundo de Samyra se detuvo.
Por un instante, no escuchó nada más.
Solo un pensamiento atravesándole el pecho como un rayo.
Está vivo… Se llevó una mano a la boca. Esta vez todo se lleno de alivio.
—Alá… —susurró— Alá, gracias…
Sus piernas temblaron cuando intentó ponerse de pie, y Phillip tuvo que sostenerla por un instante.
—Tranquila… aún no hemos terminado —le dijo con suavidad—, pero está respondiendo.
Samyra asintió.
Solo confiaba en lo que veía: Omar seguía ahí.
Y eso era suficiente para volver a creer.
Sin pensarlo más, salió hacia la habitación.
***
Cuando entró, el aire cambió.
Era el mismo cuarto. Pero ya no se sentía igual.
Omar estaba ahí.
Más pálido de lo que ella recordaba… pero no vacío.
Sus dedos se movieron apenas cuando ella se acercó.
Y entonces… abrió los ojos.
Lento. Como si el mundo le doliera.
Samyra se quedó inmóvil. Dejó de respirar.
—Omar… —susurró.
Él la miró. Y por primera vez en días… sonrió.
Débil.
—Samyra…
Su voz era apenas un hilo.
Pero para ella fue como si el mundo entero volviera a encenderse.
Ella tomó su mano de inmediato.
—Estoy aquí… estoy aquí contigo…
Omar cerró los ojos un segundo, como si esa sola presencia le diera fuerzas.
—Pensé que… no iba a verte otra vez…
Samyra negó con la cabeza rápidamente.
—No digas eso. No ahora.
Él respiró con dificultad, pero no soltó su mirada.
—Soñé contigo…
Ella se quedó quieta.
—¿Qué soñaste?
Omar tardó un segundo en responder, como si el esfuerzo le costara.
—Soñé con nuestros hijos…
El corazón de Samyra se rompió y se reconstruyó al mismo tiempo.
—Nuestros… hijos…
Él asintió apenas.
—Eran hermosos… como tú.
Samyra sintió que las lágrimas volvían a caer. Pero esta vez no las detuvo.
—Cuéntame…
Omar tragó saliva. Y sonrió un poco más.
—Había un niño… Murad.
—Murad… —repitió ella, temblando.
—Sí… tenía tus ojos… y corría sin parar por un jardín lleno de luz.
Samyra apretó su mano con fuerza.
—¿Y la niña?
Omar cerró los ojos un instante.
—Fahriye…
El nombre salió como un suspiro.
—Tenía tu sonrisa… y rizos suaves como el trigo… y cada vez que reía… yo era feliz.
Samyra rompió en llanto.
Pero esta vez se llevó la mano de Omar a su rostro.
Como si quisiera grabar ese momento para siempre.
—Omar… eso… es un sueño…
Él la miró con calma.
—Lo sentí real… demasiado real…
Luego, con una voz más débil pero segura:
—Como si Alá me hubiera mostrado… lo que todavía nos espera.
Samyra no pudo hablar. Solo asintió entre lágrimas.
—Estás vivo… eso es lo único que importa…
Omar cerró los ojos otra vez.
Pero esta vez… con paz.
—Entonces… voy a quedarme…
Finalmente, dio un paso hacia Samyra.
—Esto… —dijo despacio— es gracias a ti.
Samyra negó de inmediato, con humildad.
—No solo a mí.
—Pero tú no te rendiste —insistió Nassira—. Ni siquiera cuando todo estaba perdido.
Hubo un silencio breve. Y por primera vez, Nassira bajó la mirada.
—Gracias… por salvarlo.
Samyra sintió que el pecho se le cerraba.
No sabía cómo responder a eso.
Así que solo asintió.
***
Mientras tanto, en otra parte del hospital… El ambiente era completamente distinto.
El director Mayer revisaba documentos junto a otros especialistas.
Su voz era firme.
—El doctor Duncan ha solicitado hoy y mañana su retiro temporal de actividades clínicas.
Un murmullo recorrió la sala.
—Además —continuó Mayer—, ya se han seleccionado los candidatos para el Premio Laurel de Medicina.
—Entre ellos están el doctor Lewis, la doctora Hassan y el propio Duncan.
La noticia cayó como un golpe invisible.
El nombre de Samyra provocó reacciones distintas en la sala.
Todos estaban muy de acuerdo en que elegían a los mejores, solo podían llevar dos candidatos de posgrado y un directivo. Y estaban convencido de que eran los mejores.
Pero fuera de esa sala… alguien escuchaba sin ser vista.
Lara, que ya había regresado de su suspensión temporal por mala conducta.
Apoyada contra la pared del pasillo.
Inmóvil.
Sus manos apretadas con fuerza. Sus uñas marcándose en la palma.
No decía nada. Solo escuchaba.
Y su mirada se endurecía con cada palabra.
Más tarde, en el pasillo…
Phillip caminaba cuando la encontró.
—Phillip… —dijo Lara sin rodeos— ¿qué ha hecho Samyra Hassan para ser tan importante ahora? Te ha robado la oportunidad del premio Laurel
Phillip la miró con calma.
No parecía sorprendido por la pregunta.
—Ha salvado un caso imposible —respondió—. El paciente Al-Sabah estaba prácticamente perdido, ella no se ha rendido, incluso yo casi lo hago, no me interesa un premio, me interesa salvar vidas, y sí, para mí, Samyra merece ganar el premio.
Lara apretó la mandíbula.
—¿Y eso es suficiente para ponerla en ese nivel?
Phillip la observó unos segundos antes de responder.
—No es solo ese caso. Ha ajustado tratamientos, ha evitado muertes en otros pacientes… está marcando una diferencia real en la medicina oncológica, ¿Qué has hecho tú, Lara? Por favor, mejora tu misma y deja de sentir tanta envidia.
Las palabras no parecían convencer a Lara.
Más bien… la irritaban.
Su mirada se perdió un segundo hacia el final del pasillo.
Como si ya estuviera calculando algo.
—Ya veo… —murmuró finalmente.
Y sin decir nada más, se dio la vuelta.
Al caminar solo pensó en una cosa.
“Si falla el tratamiento del paciente Al-Sabah, veamos si aun podrán considerarte una gran doctora, Samyra”

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...