Al día siguiente.
Samyra salió del hospital cuando el sol apenas comenzaba a calentar el aire de la mañana.
Después de tantos días entre pasillos blancos, monitores y olor a desinfectante, respirar al aire libre le resultó extraño. Caminó despacio por el jardín del hospital, disfrutando del silencio.
—Samyra...
Reconoció aquella voz antes incluso de girarse.
Nassira permanecía a unos metros de distancia. Vestía con elegancia, pero había algo distinto en ella.
Ya no caminaba con la arrogancia de siempre ni sostenía la cabeza con aquella altivez que parecía desafiar al mundo. Sus ojos mostraban un cansancio profundo, como si hubiera pasado muchas noches sin dormir.
—¿Podemos hablar? —preguntó con cautela.
Samyra permaneció unos segundos en silencio. Jamás imaginó que Nassira le pediría una conversación de aquella manera.
Finalmente, asintió.
Las dos caminaron hasta una terraza del hospital. Desde allí podía verse la ciudad despertando poco a poco. Ninguna habló durante varios minutos.
Fue Nassira quien rompió el silencio.
—Quiero pedirte perdón.
Samyra giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Perdón?
La palabra sonó extraña viniendo precisamente de quien durante tanto tiempo había hecho de su vida un infierno.
Nassira dejó escapar una risa amarga.
—Lo sé... probablemente sea la última palabra que esperabas escuchar de mí.
Bajó la mirada hacia sus propias manos.
Por primera vez, parecía no saber qué hacer con ellas.
—Durante mucho tiempo creí que te odiaba.
Hizo una pausa.
—Pero la verdad es que nunca fue a ti a quien odié.
Samyra frunció ligeramente el ceño.
—¿Entonces?
Nassira respiró profundamente antes de responder.
—Me odiaba a mí misma.
Sus palabras salieron con dificultad.
—Cada vez que te veía sonreír... cada vez que veía lo buena que eras con los demás, la facilidad con la que dabas cariño, la manera en que seguías adelante incluso cuando todos te herían... sentía una rabia inmensa.
Sonrió con tristeza.
—Porque tú eras todo lo que yo quería ser y nunca pude.
Samyra guardó silencio.
—Eras como un espejo —continuó Nassira—. En ti veía la mujer que yo había dejado de ser. Mientras tú conservabas tu bondad, yo me iba consumiendo por dentro. Me resultaba más fácil culparte de mí desgracia que aceptar que mi propia vida se había convertido en un infierno.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Te humillé... te juzgué... hice cosas de las que me avergüenzo profundamente. No porque tú las merecieras, sino porque yo era demasiado cobarde para enfrentar mi propio dolor.
Los ojos de Samyra se suavizaron.
Nunca había visto a Nassira hablar con tanta honestidad.
Después de unos segundos, ella continuó.
—Cuando los médicos me dijeron que nunca podría tener hijos... sentí que Alá me estaba quitando todo. Pensé que ya no valía como mujer. Vivía aterrada de que mi matrimonio terminara, de que todos me señalaran, de perder el lugar que creía haber ganado.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
—Vivía desesperada... y descargué toda esa desesperación sobre ti.
Se limpió el rostro con rapidez.

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