Cuando Omar recibió la noticia, sintió que volvía a respirar.
Hacía semanas que no salía de aquella habitación.
Corrió —o al menos lo intentó— hasta el armario.
Por primera vez dejó a un lado la bata hospitalaria.
Escogió unos pantalones oscuros, una camisa sencilla y un saco ligero.
Mientras terminaba de arreglarse, se observó frente al espejo.
Su sonrisa disminuyó apenas un instante.
Había perdido casi diez por ciento de su peso. Su rostro estaba más delgado.
Las ojeras marcaban el cansancio de tantas noches difíciles.
Su piel lucía mucho más pálida. El cabello seguía allí.
Más fino. Más débil.
Pero aún no se había caído.
Aquello también era consecuencia del nuevo tratamiento, que parecía mucho menos agresivo que la quimioterapia convencional.
Respiró profundamente.
No le importaba cómo se veía.
Lo único que deseaba era conocer a sus hijos.
Cuando salió de la habitación encontró a Samyra esperándolo.
Ella lo observó de arriba abajo.
Por un instante volvió a ver al hombre del que alguna vez se enamoró.
Omar sonrió con ilusión.
—¿Cómo me veo?
Ella rio entre lágrimas.
—Guapísimo.
Él soltó una pequeña carcajada.
—Estoy listo.
Se acercó lentamente. Tomó la mano de Samyra.
La besó con delicadeza.
—Estoy listo para conocer a nuestros hijos.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Vamos.
***
Caminaron lentamente por el pasillo.
En varias ocasiones Omar tuvo que disminuir la velocidad para recuperar el aire.
Samyra jamás soltó su mano. Cada paso era un pequeño triunfo.
Atravesaron el ala central del hospital hasta llegar al edificio de ginecología.
Las enfermeras los recibieron con sonrisas.
Todos conocían la historia de ambos. Y todos esperaban aquel momento.
La doctora los hizo pasar.
Samyra se acomodó sobre la camilla mientras descubría suavemente su vientre, que ya mostraba claramente el embarazo avanzado.
La especialista sonrió al ver entrar a Omar.
—Así que usted es el famoso papá.
Él levantó la mano.
—Presente.
—Llegó justo a tiempo. Sus hijos siempre hacen un gran espectáculo sin usted.
Todos rieron. La doctora colocó el gel frío sobre el abdomen de Samyra.
Ella hizo una pequeña mueca.
Después apoyó cuidadosamente el transductor.
En cuestión de segundos apareció la imagen tridimensional.
Era una ecografía de alta definición.
Y entonces... Los vieron. Los dos bebés aparecieron perfectamente formados.
Podían distinguir sus pequeñas manos. Sus rostros. Sus narices.
Incluso las expresiones que hacían al moverse.
Omar quedó completamente sin palabras.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
La doctora señaló la pantalla.
—Aquí está Murad.
Justo en ese momento el pequeño abrió lentamente los ojos y movió la cabeza.
Omar dio un pequeño salto.
—¡Dios mío!
Todos estallaron en carcajadas.
—Murad... no asustes a tu padre tan pronto.
La doctora siguió riendo.
—Este pequeñín es muy activo.

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