Al regresar a su habitación del hospital, Omar sintió que el cansancio volvía a apoderarse de su cuerpo.
La salida había sido corta, apenas un par de horas, pero para alguien que llevaba semanas sometido a un tratamiento experimental, había significado un enorme esfuerzo. Aun así, no se arrepentía de nada.
Había visto a sus hijos.
Había escuchado sus latidos. Había contemplado sus pequeños rostros en aquella ecografía.
Era un recuerdo que pensaba atesorar por el resto de su vida.
Samyra lo ayudó a sentarse sobre la cama mientras una enfermera volvía a conectar el monitor cardíaco y verificaba que sus signos vitales permanecieran estables.
—¿Estás bien? —preguntó ella con preocupación.
Omar sonrió.
—Estoy mejor que nunca.
Ella levantó una ceja.
—Hace media hora apenas podías caminar.
Él soltó una pequeña risa.
—Valió completamente la pena.
Samyra negó con la cabeza, divertida.
—Eres imposible.
Con infinita delicadeza acomodó la almohada detrás de su espalda, le cubrió las piernas con la manta y le acarició el cabello, que, aunque seguía debilitándose por el tratamiento, aún permanecía sobre su cabeza.
Aquella simple caricia hizo que Omar cerrara los ojos por un instante.
Había echado tanto de menos esa cercanía.
Cuando volvió a abrirlos, encontró a Samyra observándolo con una ternura que hacía mucho tiempo no veía en ella.
—Tengo que volver al laboratorio.
Él asintió.
Sabía perfectamente que el tratamiento dependía, en gran parte, del trabajo incansable de Samyra.
—¿Seguirás trabajando en la siguiente fase?
Ella sonrió.
—Sí.
Quiero revisar todos tus resultados y comenzar a preparar la siguiente aplicación.
Todavía queda mucho camino por recorrer.
Omar tomó su mano.
—Gracias.
Ella negó lentamente.
—No me agradezcas.
Solo prométeme que seguirás luchando.
Él llevó aquella mano hasta sus labios y depositó un beso lleno de cariño.
—Te lo prometo.
Samyra se inclinó despacio.
Sus labios rozaron los de Omar en un beso dulce, breve y lleno de esperanza.
Era un beso completamente distinto a los del pasado.
No nacía de la pasión. Nacía del amor. Del miedo a perderse otra vez.
Cuando se separaron, ella apoyó su frente contra la de él durante unos segundos.
—Te veré mañana.
—Aquí estaré esperándote.
Samyra sonrió por última vez antes de salir de la habitación.
Omar permaneció unos instantes mirando la puerta cerrarse lentamente.
Después dejó escapar un largo suspiro.
Su sonrisa seguía allí.
***
No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien llamó suavemente a la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Claro.
Nassira apareció sosteniendo una pequeña bolsa de tela.
Nada más entrar, sonrió al ver el brillo diferente en los ojos de su hermano.
Hacía meses que no lo veía tan feliz.
—Parece que conocer a mis sobrinos te rejuveneció unos diez años.
Omar soltó una carcajada.
—Creo que veinte.
Ella se acercó hasta la cama.
—Traje lo que me pediste.
Sacó cuidadosamente una pequeña cámara digital, tan compacta que podía ocultarse fácilmente en cualquier rincón.
Omar la tomó entre sus manos.
—Gracias.
—¿Todavía quieres hacerlo?
Él asintió con firmeza.
—Más que nunca.
Nassira observó el aparato unos segundos.
—¿Dónde quieres esconderla?
Omar señaló el florero que descansaba sobre una pequeña mesa frente a la cama.
—Ahí.
Ella acomodó algunas flores para ocultar casi por completo el lente.
Después verificó el ángulo.
Desde esa posición podía grabar perfectamente toda la habitación.
—Listo. Solo tendrás que presionar este botón. La luz roja se encenderá y comenzará a grabar.
Omar hizo una prueba. Funcionaba perfectamente.
Nassira volvió a observarlo.
—Hermano... Pensé en conseguir una cámara más profesional, pero tuve miedo de que los médicos no la permitieran. Ésta pasa completamente desapercibida.
Hizo una pequeña pausa antes de preguntar con curiosidad:
—¿Qué piensas grabar exactamente?
Omar permaneció unos segundos en silencio.
Luego sonrió con una mezcla de ilusión y nostalgia.
—Quiero dejarles recuerdos. Si algún día...
Se detuvo. No tuvo valor para terminar la frase.
Nassira comprendió perfectamente.

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