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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 190

Elise la miró incrédula, como si las palabras que acababa de escuchar no tuvieran sentido alguno en su realidad.

—¿Qué dijiste? —preguntó con voz tensa, apenas conteniendo la rabia que comenzaba a subirle por el pecho.

La mujer frente a ella no respondía de inmediato. Sus ojos estaban enrojecidos, vidriosos, como si no hubiera dormido en días o como si algo dentro de ella se hubiera quebrado hacía mucho tiempo.

Su respiración era inestable, y sus manos temblaban de forma evidente, incapaces de mantenerse quietas.

No parecía una persona completamente consciente de sus actos, sino alguien consumida por una mezcla de desesperación, culpa y obsesión.

El silencio se volvió pesado.

Fue entonces cuando el sonido de un motor rompió la tensión del momento.

Un automóvil se detuvo a pocos metros. Las llantas se frenaron con firmeza sobre el pavimento y, al instante siguiente, la puerta del conductor se abrió.

Aníbal bajó del vehículo con el ceño fruncido, percibiendo de inmediato que algo no estaba bien.

Su mirada recorrió la escena en segundos: Elise de pie, firme, con el rostro tenso; la mujer mayor frente a ella, tambaleante; y una atmósfera cargada de conflicto.

—¿Qué es lo que está pasando aquí? —exclamó con autoridad, su voz firme resonando en el lugar—. ¿Qué haces aquí, madre?

La mujer retrocedió al instante al escucharlo. Su cuerpo se encogió ligeramente, como si la presencia de su hijo la atravesara con un peso emocional insoportable.

No era miedo común, era algo más complejo: una mezcla de vergüenza, necesidad y dolor acumulado.

Elise, sin embargo, no apartó la mirada. Algo dentro de ella había estallado. La tomó con fuerza del brazo, deteniéndola antes de que pudiera retroceder más.

—¿Por qué has dicho eso? —preguntó con rabia contenida—. ¿Qué tuviste que ver tú con lo que me hicieron? ¡Habla!

La mujer cerró los ojos con fuerza, como si las palabras le dolieran físicamente. Su cuerpo comenzó a temblar con más intensidad.

—Yo… yo no hice nada… —murmuró con la voz rota—. Solo… ¡solo quiero a mi nieta! —levantó la mirada de golpe, desesperada—. Tengo derecho… merezco ser la abuela de esa niña.

Elise se quedó congelada un segundo.

La frase no encajaba con lo que estaba ocurriendo, pero la desesperación en la voz de la mujer era demasiado real para ignorarla.

Aníbal, por su parte, dio un paso adelante, observando con más atención, intentando entender qué había detrás de todo aquello.

Ambos intercambiaron una mirada breve, cargada de confusión y tensión.

—Elise, ve al departamento con Adara —ordenó Aníbal con firmeza—. Yo me encargaré de esto.

Elise dudó. Su instinto le decía que no debía irse, que algo importante estaba a punto de revelarse.

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