Samyra retrocedió apenas un paso, rompiendo el beso como si ese contacto le hubiera quemado la piel.
El aire entre ambos se volvió inmediato, frío, demasiado consciente.
Su corazón latía con fuerza, desordenado, como si no supiera en qué dirección debía seguir.
Durante un instante fugaz, había sentido algo que no quería admitir en voz alta: ese beso se parecía demasiado a lo que alguna vez soñó.
A lo que alguna vez esperó de él.
Pero ese pensamiento solo le provocó dolor. Porque ahora ya no era suficiente. Ya era tarde.
—Vete… —dijo ella en voz baja, sin mirarlo directamente.
Omar no se movió de inmediato. Sus ojos permanecieron sobre ella, como si intentara encontrar una respuesta en su expresión.
—Samyra… —su voz salió más baja de lo habitual—. Entonces dime… ¿cómo demuestro que me importas?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
No era una promesa. No era una decisión.
Era confusión.
Samyra cerró los ojos apenas un segundo, como si esa frase le doliera más de lo que quería reconocer.
Cuando los abrió, su mirada era firme otra vez.
—Ya no lo necesito.
No añadió nada más. No porque no sintiera, sino porque ya no confiaba en lo que sentía de él.
El silencio se estiró incómodo.
Hasta que el teléfono de Omar vibró.
El sonido cortó el aire como una interrupción inevitable.
Omar miró la pantalla. Su expresión cambió de inmediato.
—Es Nayla… —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Contestó sin dudar.
—¿Qué pasó?
La voz al otro lado era urgente.
—¡Hermano, es Nayla! Se puso mal, ven al hospital ahora.
La llamada terminó.
Omar se quedó inmóvil un segundo, procesando lo que acababa de escuchar.
Luego volvió la mirada hacia Samyra.
—Es Nayla… está mal. Tengo que ir.
Samyra no reaccionó de inmediato.
Solo lo observó, con una calma que no era paz, sino desgaste.
—Haz lo que quieras —respondió finalmente—. Ya no me importa.
Esa frase no sonó fuerte. Sonó definitiva.
Omar la miró un segundo más, como si esperara que dijera algo distinto.
Pero no lo hizo.
Y eso fue lo que lo empujó a girarse.
Se fue.
Sin más palabras. Sin más intento.
Solo el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo.
Cuando la puerta se cerró, Samyra se quedó quieta.
El silencio de la habitación se sintió más pesado que antes.
Se sentó lentamente en el borde de la cama.
Sus dedos tocaron sus propios labios, como si intentara confirmar si lo que había pasado era real.
Una lágrima cayó sin permiso. No fue un llanto fuerte.
Fue una sola. Suficiente.
—¿Para qué me besaste, Omar…? —susurró—. ¿Solo para recordarme lo que nunca vas a elegir?
Se quedó en silencio.
Como si la habitación no tuviera respuesta.
***
Esa noche, el sueño no llegó fácilmente.
Samyra permaneció despierta durante horas, mirando el techo, escuchando el silencio de la villa como si fuera una sentencia.
Y cuando finalmente el cansancio la venció, el descanso fue ligero, interrumpido, incompleto.
En algún momento, escuchó pasos.
La casa no estaba completamente vacía. Omar había regresado.
Pero no entró a su habitación. No buscó dar explicaciones. No intentó hablar.
Solo estaba allí.
Cerca. Pero lejos. Como siempre.
***
Al amanecer, Samyra se levantó antes de que la casa despertara.


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