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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 191

Aníbal no pudo contenerse.

La revelación lo atravesó como una descarga brutal, imposible de asimilar sin romper algo por dentro.

No fue solo enojo. Fue una mezcla peligrosa de incredulidad, decepción y un dolor tan profundo que le dificultaba respirar con normalidad.

En un impulso desesperado, tomó a su madre por los brazos. No midió la fuerza. No midió nada.

La sacudió con violencia, como si intentara arrancarle una verdad que no encajaba en el mundo que él había construido.

—¿Cómo puedes hacerlo? —explotó con la voz quebrada—. ¿Cómo puedes ser tan perversa?

Sus manos temblaban, pero no la soltaba.

Por un instante, su mirada se perdió, como si intentara encontrar en el rostro de su madre algún rastro de humanidad que justificara lo que acababa de escuchar.

—Fuiste tú… —murmuró, más para sí mismo que para ella.

La soltó de golpe.

El contacto le resultó insoportable, como si lo hubiera quemado por dentro.

Retrocedió dos pasos. Su respiración era irregular, entrecortada. Algo en su pecho se había quebrado sin posibilidad de reparación inmediata.

—¿Cómo pudiste hacerlo? —repitió, esta vez más bajo, casi derrotado.

La mujer no mostró arrepentimiento. Su expresión se endureció aún más, como si su convicción fuera lo único que la sostenía en pie.

—¡Ella no te merece! —exclamó con una intensidad perturbadora—. Es sucia, no es suficiente para ti. La adecuada es mi ahijada… por eso lo hice.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue pesado. Denso. Irrespirable.

Aníbal sintió cómo algo dentro de él dejaba de funcionar correctamente. No era solo enojo.

Era una ruptura interna, una pérdida de fe en algo básico, elemental: su propia madre.

El aire le pesaba en los pulmones.

—¡Cállate! —estalló de pronto—. ¿Cómo pude no verlo antes?

Su voz se quebró en la última palabra.

El dolor había reemplazado a la rabia con una rapidez inquietante.

—Eres… tan cruel —susurró con repulsión—. No quiero volver a verte.

Sin esperar respuesta, la tomó del brazo con firmeza y la arrastró hacia el automóvil.

La mujer intentó resistirse, pero la decisión de Aníbal era absoluta. No había espacio para negociación, ni para dudas. Solo un cierre definitivo.

La subió al vehículo sin decir una palabra más. El motor encendió con un rugido seco.

***

El trayecto fue tenso.

Aníbal conducía sin medir la velocidad. No era solo prisa. Era fuga. Intentaba escapar de su propia mente, que no dejaba de repetir fragmentos de la conversación una y otra vez.

A su lado, su madre permanecía en silencio. Por primera vez, no parecía dominante ni segura. Solo una mujer envejecida, temblorosa, atrapada en las consecuencias de sus propias decisiones.

El sonido del motor llenaba el espacio entre ambos.

Ninguno hablaba. No hacía falta.

El ambiente estaba ya completamente roto.

***

Cuando llegaron, el destino era claro: un geriátrico privado, aislado, discreto. Un lugar que Aníbal no había elegido por crueldad, sino por incapacidad emocional de seguir cargando con ella.

Entró sin vacilar.

Su voz, al hablar con el personal, fue fría, directa, sin grietas.

—No quiero que salga de aquí —dijo con firmeza—. En ninguna circunstancia. Solo si yo lo autorizo.

Los encargados asintieron en silencio, percibiendo la gravedad del momento.

—Quiero una evaluación completa —añadió—. No está en condiciones mentales estables.

Nadie cuestionó sus palabras. No era necesario.

El ambiente ya había dicho todo.

***

Cuando Aníbal se giró para irse, la mujer intentó alcanzarlo.

Sus pasos eran torpes, desesperados.

—¡Hijo! —llamó con la voz rota—. ¡Perdóname!

Hubo un instante en el que todo pareció detenerse.

Aníbal giró lentamente.

Su mirada no era explosiva. Era fría. Definitiva. Agotada.

—Nunca te perdonaré —dijo con una calma que dolía más que cualquier grito—. No quiero volver a saber de ti. Nunca.

Y salió.

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